La fuerza más poderosa, psicológicamente hablando, en el hombre es la afectividad. Dice San Agustín: “Mi amor es mi peso. Hacia mi amor voy a donde quiera que voy”. Toda persona, que Juan Pablo II definió como un “ente con vida interior propia y específica, caracterizada por la racionalidad y llamada al encuentro con la verdad y a la realización del bien”, es una unidad irreducible y original; su personalidad se desarrolla en todas sus dimensiones, tanto  corporales, físicas, psíquicas y espirituales: “Corpore et anima unus”. Una de las cuestiones que plantea con mayor fuerza la antropología es la integración de estas dimensiones humanas. Un papel clave en la solución de este problema lo desempeña la concepción que se tenga de la afectividad humana. Ser amado es el primer paso para que el hombre pueda reconocer su propia identidad.

El hecho de ser un amor recibido nos abre al mundo de la afectividad cuyo estudio debe ser profundizado como un modo específico de verdad personal.

La afectividad impregna, inevitablemente en mayor o menor medida, toda la actividad psicológica del hombre. En una primera aproximación, acudiremos a la psicología la cual define la afectividad como el conjunto de reacciones  psíquicas del individuo ante todo el mundo exterior. Se distingue, de una parte, la afectividad de base, que abarca los sentimientos vitales, el estado de ánimo y las emociones, y de otra, la afectividad organizada y diferenciada, que abarca manifestaciones más complejas, tales como las pasiones y los sentimientos sociales.

Para el psicoanálisis, la afectividad es el conjunto de afectos conscientes o inconscientes.

Con la introducción del concepto de inconsciente, y al plantear que la represión impide la manifestación del afecto, S. Freud se apartó sensiblemente de la concepción psicológica de la afectividad, que se considera desde entonces como limitada e inexacta.

En efecto, según S. Freud, los dos sistemas, consciente e inconsciente, luchan constantemente por asegurarse la primacía en el dominio de la afectividad.

Para Freud, la afectividad se manifiesta esencialmente por una modificación del medio interior del individuo sin acción directa sobre el mundo exterior, lo que la distingue de la motricidad, que apunta a transformar el mundo exterior.

Julián Marías define la afectividad como «el mundo de los sentimientos, que es, en alguna medida, pero con enormes diferencias, el “lugar” en que se vive.

Es el «envolvente” de la vida, siempre que no olvidemos que ésta puede existir en condiciones de extrema desnudez, pero que ello significa una gravísima privación, una decadencia en una de sus dimensiones esenciales, una de las  peores formas de primitivismo».

Antes de entrar de lleno en el contenido de la afectividad parece necesario determinar, aunque sólo sea someramente, algunos conceptos. Intentaremos una primera aclaración terminológica que nos sirva para proyectar una estructura

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S. Agustín en sus confesiones afirma que el amor es mi peso. Porque como la fuerza de la gravedad es la fuente del movimiento, que nos atrae constantemente.

A la hora de educar a nuestros hijos lo primero que tenemos que pensar es que queremos conseguir, después pensaremos como. El educador debe querer el bien para el educando. Debemos educar para preparar a los hijos para la vida, no para la buena vida, sino para la vida buena. Para reconocer el Bien, la Verdad y la Vida en función de la virtud.

La necesidad de educar en el amor se entiende cuando se conoce su fragilidad. Lo que descubrimos, el ideal que nos mueve, es una unidad singular en la comunión: “una sola carne”. Ahora bien, esta unidad ideal intuida por las personas que se enamoran encuentra distintas dificultades.

La primera dificultad es que los dinamismos activados en los enamorados sonvividos de manera distinta por las  diferentes personas. Dificultad en habérselas con el mundo del afecto, que escapa al dominio directo del hombre, o con el mundo impulsivo que presenta exigencias a la persona, o con la dificultad de vivir en la ley moral que nace de la misma estructura del amor. La fragilidad de todo amor es olvidar la verdad y riqueza de la persona.

Otra dificultad es la percepción del otro como objeto de placer. La sexualidad es fuente de placer intenso, pero este, no es el objetivo último de la misma. El uso de la sexualidad así vivida es ahora una experiencia desgajada del conjunto de
la relación entre personas, y del planteamiento general de una vida.

La tercera dificultad es la de idolatrar el placer sexual tanto como para justificar los errores por el hecho de amar a la otra persona. El hombre lleva dentro de sí la necesidad de amar y tiende a ello, por lo que la vocación al amor, independientemente de las dificultades con las que se encuentre, la tiene de manera originaria. El Amor conyugal es la manifestación más clara de esa vocación. Por tanto, es necesario educar al hijo para que sea capaz de llegar al don de sí, creando una  comunión interpersonal.

La afectividad. Una aclaración terminológica

La fuerza más poderosa, psicológicamente hablando, en el hombre es la afectividad. Dice San Agustín: “Mi amor es mi peso. Hacia mi amor voy a donde quiera que voy”. Toda persona, que Juan Pablo II definió como un “ente con vida interior propia y específica, caracterizada por la racionalidad y llamada al encuentro con la verdad y a la realización del bien”, es una unidad irreducible y original; su personalidad se desarrolla en todas sus dimensiones, tanto corporales, físicas, psíquicas y espirituales: “Corpore et anima unus”. Una de las cuestiones que plantea con mayor fuerza la antropología es la integración de estas dimensiones humanas. Un papel clave en la solución de este problema lo desempeña la concepción que se tenga de la afectividad humana. Ser amado es el primer paso para que el hombre pueda reconocer su propia identidad. El hecho de ser un amor recibido nos abre al mundo de la afectividad cuyo estudio debe ser profundizado como un modo específico de verdad personal.

La afectividad impregna, inevitablemente en mayor o menor medida, toda la actividad psicológica del hombre. En una primera aproximación, acudiremos a la psicología la cual define la afectividad como el conjunto de reacciones psíquicas del individuo ante todo el mundo exterior. Se distingue, de una parte, la afectividad de base, que abarca los sentimientos vitales, el estado de ánimo y las emociones, y de otra, la afectividad organizada y diferenciada, que abarca manifestaciones más complejas, tales como las pasiones y los  sentimientos sociales. Para el psicoanálisis, la afectividad es el conjunto de afectos conscientes o inconscientes.

Con la introducción del concepto de inconsciente, y al plantear que la  represión impide la manifestación del afecto, S. Freud se apartó sensiblemente de la concepción psicológica de la afectividad, que se considera desde entonces como limitada e inexacta. En efecto, según S. Freud, los dos sistemas, consciente e inconsciente, luchan constantemente por asegurarse la primacía en el dominio de la afectividad. Para Freud, la afectividad se manifiesta esencialmente por una modificación del medio interior del individuo sin acción directa sobre el mundo exterior, lo que la distingue de la motricidad, que apunta a transformar el mundo exterior.

Julián Marías define la afectividad como «el mundo de los sentimientos, que es, en alguna medida, pero con enormes diferencias, el “lugar” en que se vive. Es el «envolvente” de la vida, siempre que no olvidemos que ésta puede existir en condiciones de extrema desnudez, pero que ello significa una gravísima privación, una decadencia en una de sus dimensiones esenciales, una de las peores formas de primitivismo».

Antes de entrar de lleno en el contenido de la afectividad parece necesario determinar, aunque sólo sea someramente, algunos conceptos. Intentaremos una primera aclaración terminológica que nos sirva para proyectar una estructura cognoscitiva previa sobre la experiencia.