descargar PDF: Llamados al amor – Archimadrid

Si la experiencia del amor nos ha abierto un camino y nos ha mostrado la posibilidad de una plenitud, falta todavía que cada uno recorra realmente ese camino que lleva a la plenitud. Esto no lo podremos hacer sin un proceso de maduración de nuestros sentimientos y deseos; es decir, purificando nuestros afectos. Éste es el único modo de hacer crecer el amor en la verdad para que alcance su auténtica grandeza.

El primer paso en la purificación del amor es precisamente el firme deseo de permanecer en el amor. Puede parecer muy simple, pero es indispensable. El amor es en sí mismo una llamada a la fidelidad, pero  responder a esta llamada exige compromiso y esfuerzo. Ya no se trata sólo de “estar enamorado”, sino de “permanecer en el amor”, de dejar que este amor sea purificado y madurado. No es verdadero ni maduro el amor que no es fiel a la promesa que conlleva.

En el amor esponsal, junto a la llamada a la fidelidad, existe otro aspecto indispensable: la llamada a la fecundidad. El amor verdadero y maduro no se encierra en sí mismo, sino que sale de sí mismo, se expande, es fecundo, crea nueva vida. El amor auténtico puede no ser fértil, pero nunca es infecundo: siempre da frutos de vida eterna, produce ‘vida abundante’.

Son dos significados que nutren internamente al amor y que corresponde a los cónyuges saber vivir en su convivencia. La comunión única que es el matrimonio, y que no se confunde con ninguna otra, se define por estos dos bienes: la unión personal y definitiva de los cónyuges en la mutua fidelidad, y la procreación. “La unión de los esposos y la transmisión de la vida implican una sola realidad en el dinamismo del amor, no dos, y por ello no son separables, como si se pudiera elegir una u otra sin que el significado humano del amor conyugal quedase alterado” (CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 66)

Recordamos y compartimos las experiencias de fidelidad, a pesar de las dificultades, en la amistad, en el amor de esposos, en el amor de padres… Experiencias que hemos vivido nosotros  mismos o que, por ser de personas que nos son cercanas, influyen en nosotros. Recordamos y compartimos también situaciones en las que resulta difícil  “permanecer en el amor” a causa del egoísmo, o por vivir la sexualidad desligada  del amor y la procreación, o por reducir el amor al mero sentimiento, o por no   aceptar al otro tal como es sino sólo algunas de sus cualidades, o por no ser  capaces de perdonar… A la luz de nuestra experiencia o de las personas que  conocemos, ¿qué acontecimientos han sido importantes para madurar en el amor? ¿cuáles han sido los obstáculos?

No hay una experiencia humana más ilusionante y más prometedora que el nacimiento del amor entre un hombre y una mujer. En esos momentos La vida de las personas ante el hecho acontecido toma un color muy distinto, capaz de
despertar energía y genialidades hasta entonces insospechadas.

No somos libres de sentir. Sentimos porque en nuestro ser, cuerpo-afectividadespíritu, se da una vulnerabilidad original que nos hace capaces de reaccionar ante determinados valores. Sentimos porque somos hombres, pero el hecho de consentir a lo que ha acontecido implica la libertad misma. Sólo la libertad permite que lo que ha sucedido en nuestro interior se haga estable, firme, nos configure, nos descubramos libres.

El ser humano para amar necesita una armonía, un orden y esto requiere una integración de los tres niveles que constituyen a la persona (corporal, afectivo y espiritual). El hombre de manera natural no los tiene integrados, el ámbito instintual es inmediato, por encima de este el afectivo que es más duradero (amor, odio, tristeza) y por último el espiritual (inteligencia, voluntad). Estos niveles no son independientes unos de otros, sino que están íntimamente
relacionados.

El hombre no está preparado por naturaleza para amar1, tiene que desarrollar las virtudes naturales para ello. La situación actual confunde cada vez más.