Entendemos por afecto cualquiera de las pasiones del ánimo especialmente la ira, el amor, el cariño, el odio etc., aunque más particularmente se toma su acepción para expresar amor o cariño. Afecto se deriva de afficere, es decir, ser afectado por algo, poner a uno en un estado determinado que implica una modificación que acontece en el sujeto en razón de algo externo.

El afecto, de hecho es en efecto, como nos recuerda su etimología, una modificación de nuestra conciencia solicitada por parte de agentes extraños al yo. Algo, y más específicamente alguien sorprende mi yo, lo toca, y yo respondo, me acerco, reduzco las distancias, le encuentro. El afecto origina una receptividad, pero es al mismo tiempo una  respuesta, una especie de “pasividad” en la actividad como dice Husserl. El afecto es fruto de un yo que percibe ser  movido, que no está tan saturado de su sentir que acepta ser fascinado por la realidad y responde tendiéndose en un abrazo que es a la vez una peculiar modalidad cognoscitiva y ética. Es decir, el yo contesta al otro y contesta de  sí (y no evita la raíz común que une la responsabilidad a la respuesta). Y eso vale sobre todo cuando el
otro real es otro sujeto que atrae y se hace desear.

El otro, sobre todo el otro sujeto, es en cambio el gran ausente del campo afectivo del hombre moderno completamente absorbido por la satisfacción emocional que podemos interpretar bien como la contraseña del individualismo narcisista actual, o bien como el síntoma del malestar de la postmodernidad.

El afecto, en sí mismo, lo percibimos a través de la conciencia, de sus manifestaciones. En cuanto tal, no produce por sí mismo una acción, sino que es un impulso directo para la misma. Por eso, al centrar nuestro estudio sobre la afectividad, precisamente en la  experiencia, ligado a la acción, es esta misma la que nos muestra la necesidad de aclarar la  hermenéutica afectiva que se produce en la realización de nuestras acciones, esto es, el  modo como conscientemente interpretamos nuestro afecto en orden a la actuación. De  este modo, las distintas formas de afecto se pueden relacionar con la realización de la  acción, y pueden ser conceptualmente distinguidas mediante una terminología adecuada.

De este modo, se evidencia la necesidad de la clarificación terminológica, sin caer en los  excesos de una absolutización del valor del término, como sucede en algunos autores.

C.S. Lewis afirma que el afecto es el amor más humilde ya que no se da importancia, como   claramente se ve en el entorno familiar. Es, pues, modesto, discreto y   pudoroso. Habitualmente son necesarios la ausencia y el dolor para que podamos alabar a quienes estamos ligados por el afecto. La relación con el otro, la relación interpersonal se  convierte en el tema clave del afecto. A su vez, cuando se dan estas características, se  siente más intensamente la necesidad de unión, de cercanía, porque el afecto se revela  como la más obligatoria de todas las necesidades.

Otra de las características del afecto es que no sería tal si se hablara de él repetidamente y a todo el mundo ya que parece como si se colara en nuestras vidas; vive en el ámbito de lo privado, de lo sencillo, sin ropajes. En el círculo familiar, proporciona un ambiente en el que, si todo va bien, el afecto surge y crece con fuerza sin exigir de nosotros unas cualidades excepcionales.

Además, el afecto nos enseña, primero a saber observar a las personas, y luego a   soportarlas, después a sonreírlas, más tarde a que nos sean gratas, y al fin a apreciarlas y a amarlas. El afecto puede amar lo que no es atractivo, como se ve, por ejemplo, en Dios y en sus mártires, que aman lo que no es amable.

Así mismo, el afecto no espera demasiado, hace la vista gorda ante los errores ajenos y se  rehace fácilmente después de una pelea. Como la caridad, sufre pacientemente, es  bondadoso y perdona. Nos descubre el bien que podíamos no haber visto o que, sin él, podríamos no haber apreciado. Lo mismo hace la humildad.

El afecto produce felicidad si hay, y solamente si hay:

a) Sentido común, es decir, razón.

b) Un dar y recibir mutuos, es decir, justicia que continuamente estimule el afecto cuando éste decae, y en cambio lo restrinja cuando olvida o va contra el “arte” de amar.

c) Honestidad, y no hay por qué ocultar que esto significa bondad, paciencia, abnegación, humildad, y la intervención continua de una clase de amor mucho más alta, amor que el afecto en sí mismo considerado nunca podrá llegar a ser. No hay que olvidar que el amor nos salva de la intransigencia y justifica nuestra existencia.

Aquí, pues, está toda la cuestión: Si tratamos de vivir sólo de afecto, éste nos hará daño.
La afectividad es la experiencia psicológica del amor y mira hacia la visión metafísica del amor tanto respecto de las personas como de las cosas. En ellas, al poner afectividad busco, en el fondo, la felicidad metafísica del amor. De otra parte, ya Ortega y Gasset definió el odio como un afecto que conduce a la aniquilación de los valores.

La afectividad está constituida por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva, diferentes de lo que es el puro conocimiento, que suelen ser difíciles de verbalizar y que provocan un cambio interior que se mueve entre dos polos extremos, como son,   del agrado-desagrado, la inclinación-rechazo, la afición- repulsa. Entre estos dos puntos  extremos se va a situar toda una “gama de vivencias” que van a constituir los elementos principales del mundo emocional.

El término “vivencia” es decisivo a la hora de comprender todos los aspectos. Ortega y Gasset fue su introductor al castellano y quiere decir experiencia vivida, es decir, que podemos definirla como el hecho de experiencia que, con participación consciente o inconsciente del sujeto, se incorpora a su personalidad. Sus principales características son:

A) Se trata de un estado subjetivo interior.

B) Es algo que es experimentado personalmente por el sujeto que la vive.

C) Su contenido es, esencialmente, un estado de ánimo que se va a manifestar a través de  las principales expresiones afectivas, como son la emoción, el sentimiento la pasión y la motivación.

D) Toda vivencia deja huella de manera que según su intensidad y duración puede ser decisiva en el curso posterior de la historia vital interna.

Según D. Von Hildebrand, podemos distinguir tres clases de vivencias:

1º) las vivencias a las que les falta todo consentimiento o rechazo por parte de la persona. Impulsos, sentimientos de estado en la persona a los que ésta no se abandona expresamente, más tampoco rechaza expresamente. En este sentido, las acciones no pueden ser nunca neutrales, pues en todo querer está siempre implícitamente contenido un consentimiento expreso.

2º) Las vivencias a las que la persona ciertamente consiente tácita o  expresamente, pero a las que les falta toda verdadera sanción. A ésta pertenece todo lo  moralmente indiferente –lo que queremos, hacemos, etc,- , pero además también, todo lo moralmente negativo con lo que uno se declara de acuerdo y a lo que uno, más o menos expresamente, se abandona.

3º) Las vivencias que son consentidas o desautorizadas por el centro moral de la persona, en las que la persona responde expresamente a la auténtica exigencia de los valores  morales. Aquí, tan pronto como se da la desautorización de un vicio, aún si éste todavía domina de hecho a la persona, ya ha perdido su poder oscurecedor de valores. Pero este poder oscurecedor lo posee mucho más en tanto que la persona está entregada a él con pleno consentimiento, sea tácita o explícitamente, más sin sanción o desautorización. Este hondo estar entregado a toda una orientación apetitiva semejante supone naturalmente, por su parte, una determinada actitud fundamental de la persona.

En conclusión: La afectividad es el modo como somos afectados interiormente por las  circunstancias que se producen a nuestro alrededor. El conocimiento afectivo proviene de  la caridad; se enmarca en la experiencia de la dulzura de las cosas que requieren  disposiciones adecuadas y producen una inflamación afectiva. Todo lo afectivo consiste en  un cambio interior que se opera de forma brusca o paulatina y que va a significar un   estado singular de encontrarse, de darse cuenta de sí mismo. Por eso se funden en él, de   algún modo, la afectividad y la conciencia; esta última como capacidad para darse cuenta   de lo que sucede, reflexionando sobre un desencadenamiento y su contenido.

Los afectos, las emociones, los sentimientos, son términos a menudo usados como  equivalentes y sin embargo son agudamente diferentes: los dos últimos son términos de  uso más reciente y los afectos de más antigua memoria pero, como veremos, no eliminables del núcleo de aquellos. Las cuatro expresiones afectivas más importantes son  las emociones, los sentimientos, las pasiones y las motivaciones.

Se trata de palabras diversas para reflejar la riqueza de un hecho de la vida de los hombres:  el primer momento de la interacción afectiva entre el mundo y la subjetividad.Ante la riqueza de este hecho, se explica que sean diversos los matices que una u otra expresión señalan, por lo que, en las diferentes ramas del saber, se tiende a  privilegiar un determinado enfoque o aspecto. Estos términos señalan el hecho de que el  hombre es afectado por la realidad. Con ello se quiere indicar cómo la persona, en su  dimensión corporal, es capaz de padecer un influjo singular del mundo exterior, es decir,  es capaz de ser atraído por algo exterior, como por ejemplo un bien, o repelido por algo  exterior, como por ejemplo un mal, creándose una relación especial entre el sujeto y  aquello que le atrae o repele.

En aquellas expresiones que acabamos de citar se encierran las claves para profundizar en  la afectividad.

Entre unas y otras no existe una separación absolutamente clara, aunque desde el punto  de vista conceptual cada una tiene peculiares características.

Lo que sucede es que la vida habitual se encarga de imbricarlas unas con otras, perdiendo  cada una sus perfiles y tornándose borrosas al ligarse entre sí.

Analicemos a continuación estos cuatro apartados.

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La experiencia afectiva no es vivida por la persona como algo simple y claro desde el inicio. En la novedad que conlleva, se revela la riqueza de dimensiones que pone en juego y, a la vez, se descubre su complejidad. En la propia reacción ante la persona sexuada diferentemente, el sujeto puede darse cuenta de su vulnerabilidad frente a los valores sexuales y afectivos de la otra persona y de qué  modo dichos valores le atraen y le prometen satisfacción y placer. Pero, al mismo tiempo, tal  reacción indica que los dinamismos que pone en juego no están integrados por la naturaleza, sino que más bien se le aparecen a veces como contrapuestos. Esto se debe a que los valores sexuales atraen hacia sí mismos, intentando imponerse a los valores afectivos y llegando a veces a negar el valor espiritual de la persona.

La experiencia elemental del pudor revela la originalidad de la subjetividad humana, que no quiere estar sometida a fuerzas infrahumanas. A la vez, dicha experiencia revela la unicidad del otro y cómo yo no puedo reducirlo a un objeto de uso o de simple placer. Se comprende así por qué se tiende a evitar mostrar el cuerpo en sus valores sexuales, cuando éstos puedan ser deseados por sí mismos, independientemente de una referencia intrínseca a la persona. El pudor es, por tanto, una llamada a dirigir la atención a la subjetividad para que los diferentes dinamismos del amor se integren en la búsqueda de una auténtica comunión.

¿Cómo pueden integrarse los diferentes dinamismos del amor, en particular la razón y el afecto? Una reflexión de carácter fenomenológico ha puesto de relieve, ya desde la antigüedad clásica, que  existen cuatro diversos tipos de integración: la del continente, la del virtuoso, la del incontinente y, por fin, la del intemperante.

-El continente es la persona que en su propia razón y voluntad valora positivamente y acepta el ideal de vida buena en el que ha sido educado pero, por otro lado, experimenta en el afecto y en el cuerpo la atracción de los pequeños placeres que los valores sensuales y afectivos le ofrecen. Sin embargo, no interpreta esta atracción atisbando de qué es signo y cuál es la promesa que encierra. Por ello, no la plasma ni la integra, sino que se limita a contenerla, a controlarla. El motivo para obrar o no, no será el del ideal de vida, sino la norma moral –es decir, si se trata de algo prohibido o mandado- o el respeto humano –si alguien se va a enterar- o las consecuencias positivas o negativas que puedan producirse. Ahora bien, si no existieran estos condicionamientos, seguiría con toda seguridad lo que le atrae. En el momento en el que hay una norma que lo prohíbe, actúa con firmeza y estabilidad, reprimiendo el afecto. Pero de este modo, no encuentra gozo alguno en lo que hace. -El virtuoso también ha sido educado dentro de una tradición y valora positivamente lo que le ha sido  transmitido, acepta el ideal de vida buena. Este ideal de vida le sirve para interpretar la propia experiencia afectiva y reconoce en ella el signo y la promesa de algo más grande, de un ideal de vida digno de ser vivido, perseguido por sí mismo porque implica una comunión interpersonal. Por ello, al interpretar la propia experiencia afectiva, quiere plasmarla, integrarla a la luz de lo que ha  descubierto y ordenar los propios deseos. El motivo de su obrar será muy diferente del continente, puesto que actuará a causa del sentido que se esconde en los placeres que lo atraen. Su reacción afectiva ante los valores sensuales y afectivos, al tratarse de un afecto plasmado por la razón, le indicará la llamada que otra persona le hace para entrar en una comunión. Por ello, el virtuoso podrá actuar con firmeza y estabilidad, pero encontrará en lo que hace un gozo verdadero.

-El incontinente, a su vez, ha sido también educado dentro de una tradición en la que ha podido captar el sentido de un ideal que aprecia y acepta.

A diferencia del continente, no tiene una voluntad firme y estable, es débil y, ante una atracción de los valores sensuales y afectivos, elige seguirlos a causa del placer que ofrecen y hace traición a su ideal de vida.

Ciertamente, encuentra un placer en su obrar, pero que dura tanto cuanto la acción. Una vez que la misma se agota, se recrimina haber actuado así, porque siente que ha traicionado algo que considera precioso.

-El intemperante, al contrario, no ha sido educado en el contexto de una tradición en la que pueda haber captado el sentido de un ideal de vida buena digno de ser vivido. La atracción de los valores sensuales y afectivos la considera en y por sí misma, en cuanto que estos valores permiten una experiencia de satisfacción. Esta será la motivación de su acción: la satisfacción.

Y la buscará con firmeza y estabilidad, experimentando una gran insatisfacción en lo profundo, por lo que se verá obligado a multiplicar las ocasiones de placer con experiencias cada vez más excitantes.

Esta tipología moral nos ayuda a entender, no tanto el modo en que una persona vive la atracción de los valores sensuales y afectivos, sino cuál es el principio de unidad del comportamiento de las personas: la norma moral – en el caso del continente-, el deseo integrado –para el virtuoso-, o no integrado –en el incontinente-, o la sola pasión –como ocurre con el intemperante.

Es importante subrayar que en los cuatro tipos morales examinados no solo la acción es diferente, sino especialmente la reacción afectiva es diversa, pues depende del grado con el que la razón ha plasmado dicha reacción. Sólo en el caso del virtuoso se trata de una reacción afectiva que está acompañada por un elemento lleno de racionalidad que hace que la persona pueda reaccionar bien e identificarse plenamente con la propia reacción, en cuanto que está en juego una promesa de comunión. Este hecho nos permite comprender que, para el virtuoso, plasmar el afecto le permite no sólo obrar bien, sino sobre todo reaccionar bien, con el discernimiento el verdadero bien. Es este último aspecto el que falta en los tres tipos restantes: los tres reaccionan ante un bien que conviene, ciertamente, pero que conviene sólo en apariencia, y por ello necesitan la ley para poder discernir si hay que seguir o no la propia reacción.

Precisamente en esto consiste el drama de la afectividad: favorece la experiencia del bien, pero por sí sola no garantiza que sea un verdadero bien en vez de un bien aparente; para ello se necesita una afectividad virtuosa. ¿Qué es entonces la virtud?

Para la reflexión moderna y contemporánea, la virtud, entendida siempre en singular, es un rasgo del carácter gracias al cual la voluntad se inclina a obedecer a la norma moral. Así, es comprensible que se la rechace. Paul Valéry nos da testimonio de esta situación: “La palabra virtud está muerta, o como poco, está moribunda. No se habla de ella, ni siquiera de pasada… Por lo que a mí respecta, la he escuchado raramente, y siempre utilizada de manera irónica”. El malestar se hace aún más evidente por una determinada crítica del egoísmo refinado que implicaría una ética de la virtud.

Pero las virtudes, entendidas en plural, son propiamente la extensión del verdadero amor a todos los dinamismos afectivos de la persona, es decir, su integración en el amor personal. A partir del don, que el amor implica en cuanto presencia del amado en el amante, se puede comprender que dicha presencia conlleva una transformación original del sujeto y una primera integración de sus dinamismos para la consecución de la comunión con el otro.

Ciertamente, el don del amor ha sido posible porque había una vulnerabilidad originaria, que implicaba ciertas inclinaciones naturales. Pero estas inclinaciones naturales, que son a su vez los  gérmenes de las virtudes, necesitan, para desarrollarse, del don del amor que dé lugar a una primera integración sobre la que realizar un trabajo personalizado.

Entonces, el amor podrá permear los diferentes dinamismos, integrándolos, plasmándolos con el don recibido para hacer que se configuren juntos en una respuesta estable y plenamente humana al valor que el otro es en sí mismo.

En la tradición agustiniana, las virtudes se veían como el orden del amor y la proyección del mismo. Es propiamente el amor el que ordena el alma y así se expande en las diversas virtudes, cada una de las cuales constituye una subespecie del amor: la prudencia es el amor inteligente que sabe discernir el bien del amado; la justicia, el amor que promueve el bien para el amado; la fortaleza, el amor que lucha por el amado; y la castidad, el amor que se entrega en totalidad al amado.

Por tanto, las virtudes tienen una dimensión intencional intrínseca que deriva del amor recibido y que dirigen la persona hacia diferentes modos de comunión, en los que encontrar el verdadero bien común. Lejos de encerrar a la persona en una angustiosa búsqueda de autoperfección, la abren a la posibilidad maravillosa de una verdadera comunión en su obrar concreto y particularizado.

El motivo de esto se encuentra en el hecho de que las virtudes no confieren únicamente una energía que permite llevar a cabo lo que se ha decidido, sino que son también en sí mismas una luz para la elección. Su influjo se sitúa en el momento intencional del obrar, y por esto posibilitan la buena elección. Ya Tomás de Aquino había indicado cómo no puede existir la prudencia sin las virtudes morales, precisamente por la necesidad que, para la construcción de la acción, tiene la razón práctica de apoyarse no únicamente en las inclinaciones naturales, que son demasiado generales, sino de un modo más específico sobre los deseos rectos presentes actualmente en el sujeto: esto es, sobre las virtudes.

Por ello, podemos comprender por qué la verdad de nuestro obrar, es decir, la verdadera bondad, viene determinada no sólo ni principalmente por la conformidad de la acción a la norma moral, sino principalmente por su adecuación al deseo recto. Precisamente ésta es la perspectiva fascinante que abre el Aquinate cuando quiere definir qué debe entenderse por verdad práctica: aquella verdad del juicio de elección que corresponde al deseo recto, es decir, al deseo plasmado por la razón según el ideal de vida buena entrevisto en la experiencia afectiva.

La acción es siempre particular, contingente, concreta, parcial. Necesita ser medida para ser buena. Sin duda, es la razón la que mide, ¿pero con qué criterio? Según su adecuación al deseo recto. Y al ser éste un deseo plasmado por la razón, se trata de un deseo que está abierto a la realidad. Más aún,  un deseo que abre el hombre a la realidad, dirigiéndolo intencionalmente hacia modos excelentes de amor que integran en sí mismos la justicia.

La persona podrá conocer la conformidad de la acción que lo atrae con su deseo recto precisamente en la reacción afectiva. Por ello, la afectividad ofrece una luz decisiva para la construcción de la acción, porque está enraizada intencionalmente en una comunión que es vista como algo   absoluto. Favorece un gusto nuevo, sano, que permite a la persona discernir la bondad o maldad del obrar. Son las virtudes las que permiten superar el gran dilema que se esconde en la elección, el dilema del “bien aparente”, para llegar al bien que no lo es únicamente en apariencia, sino en realidad.

Y ¿qué papel juegan las normas morales en la educación de la sexualidad? Ciertamente, las normas morales tienen un valor esencial en la vida moral. En primer lugar, ofrecen un criterio pedagógico decisivo para la adquisición de las virtudes, puesto que proporcionan al deseo un criterio de objetividad que permite superar todo posible repliegue sobre uno mismo: el deseo sexual, curioso y caprichoso, es ahora forjado en una verdad que supera su particularidad y se abre así a la totalidad de la felicidad, evitando que se confunda la felicidad con el placer. Al mismo tiempo, la ley moral indica el límite humano de todo deseo, de la realización del amor: más allá de la ley moral no existe un auténtico deseo humano, no existe una auténtica realización amorosa. Lo que es decisivo es captar la racionalidad intrínseca del deseo: no todo se puede desear de una manera razonable.

Detrás de esta teoría hay una concepción antropológica enormemente dinámica. El ser humano se muestra como un ser abierto a la realidad, vulnerable, plasmable, con capacidad de crecimiento, de transformación. En la propia subjetividad encuentra un auténtico criterio de verdad del obrar, ya que se trata de una subjetividad racional, abierta estructuralmente a la realidad.

Aquí, la afectividad juega un papel decisivo de mediación.

Educación de la sexualidad como educación al amor

La experiencia afectiva no es vivida por la persona como algo simple y claro desde el inicio. En la novedad que conlleva, se revela la riqueza de dimensiones que pone en juego y, a la vez, se descubre su complejidad. En la propia reacción ante la persona sexuada diferentemente, el sujeto puede darse cuenta de su vulnerabilidad frente a los  valores sexuales y afectivos de la otra persona y de qué modo dichos valores le atraen y le prometen satisfacción y  placer. Pero, al mismo tiempo, tal reacción indica que los dinamismos que pone en juego no están integrados por la naturaleza, sino que más bien se le aparecen a veces como contrapuestos. Esto se debe a que los valores sexuales atraen hacia sí mismos, intentando imponerse a los valores afectivos y llegando a veces a negar el valor espiritual de la persona.

La experiencia elemental del pudor revela la originalidad de la subjetividad humana, que no quiere estar sometida a fuerzas infrahumanas14. A la vez, dicha experiencia revela la unicidad del otro y cómo yo no puedo reducirlo a un  objeto de uso o de simple placer15. Se comprende así por qué se tiende a evitar mostrar el cuerpo en sus valores  sexuales, cuando éstos puedan ser deseados por sí mismos, independientemente de una referencia intrínseca a la persona. El pudor es, por tanto, una llamada a dirigir la atención a la subjetividad para que los diferentes dinamismos del amor se integren en la búsqueda de una auténtica comunión.

¿Cómo pueden integrarse los diferentes dinamismos del amor, en particular la razón y el afecto?

Una reflexión de carácter fenomenológico ha puesto de relieve, ya desde la antigüedad clásica, que existen cuatro diversos tipos de integración: la del continente, la del virtuoso, la del incontinente y, por fin, la del intemperante16.

-El continente es la persona que en su propia razón y voluntad valora positivamente y acepta el ideal de vida buena en el que ha sido educado pero, por otro lado, experimenta en el afecto y en el cuerpo la atracción de los pequeños placeres que los valores sensuales y afectivos le ofrecen. Sin embargo, no interpreta esta atracción atisbando de qué es signo y cuál es la promesa que encierra. Por ello, no la plasma ni la integra, sino que se limita a contenerla, a  controlarla. El motivo para obrar o no, no será el del ideal de vida, sino la norma moral –es decir, si se trata de algo prohibido o mandado- o el respeto humano –si alguien se va a enterar- o las consecuencias positivas o negativas que puedan producirse. Ahora bien, si no existieran estos condicionamientos, seguiría con toda seguridad lo que le atrae. En el momento en el que hay una norma que lo prohíbe, actúa con firmeza y estabilidad, reprimiendo el afecto.

Pero de este modo, no encuentra gozo alguno en lo que hace.

-El virtuoso también ha sido educado dentro de una tradición y valora positivamente lo que le ha sido transmitido, acepta el ideal de vida buena. Este ideal de vida le sirve para interpretar la propia experiencia afectiva y reconoce en ella el signo y la promesa de algo más grande, de un   ideal de vida digno de ser vivido, perseguido por sí mismo porque implica una comunión interpersonal. Por ello, al interpretar la propia experiencia afectiva, quiere plasmarla, integrarla a la luz de lo que ha descubierto y ordenar los propios deseos. El motivo de su obrar será muy diferente del continente, puesto que actuará a causa del sentido que se esconde en los placeres que lo atraen. Su reacción afectiva ante los valores sensuales y afectivos, al tratarse de un afecto plasmado por la razón, le indicará la llamada que otra persona le hace para entrar en una comunión. Por ello, el virtuoso podrá actuar con firmeza y estabilidad, pero encontrará en lo que hace un gozo verdadero.

-El incontinente, a su vez, ha sido también educado dentro de una tradición en la que ha podido captar el sentido de un ideal que aprecia y acepta.

A diferencia del continente, no tiene una voluntad firme y estable, es débil y, ante una atracción de los     valoressensuales y afectivos, elige seguirlos a causa del placer que ofrecen y hace traición a su ideal de vida.

Ciertamente, encuentra un placer en su obrar, pero que dura tanto cuanto la acción. Una vez que la misma se agota, se recrimina haber actuado así, porque siente que ha traicionado algo que considera precioso.

-El intemperante, al contrario, no ha sido educado en el contexto de una tradición en la que pueda haber captado el sentido de un ideal de vida buena digno de ser vivido. La atracción de los valores sensuales y afectivos la considera en y por sí misma, en cuanto que estos valores permiten una experiencia de satisfacción. Esta será la motivación de su acción: la satisfacción.

Y la buscará con firmeza y estabilidad, experimentando una gran insatisfacción en lo profundo, por lo que se verá  obligado a multiplicar las ocasiones de placer con experiencias cada vez más excitantes.

Esta tipología moral nos ayuda a entender, no tanto el modo en que una persona vive la atracción de los valores sensuales y afectivos, sino cuál es el principio de unidad del comportamiento de las personas: la norma moral –
en el caso del continente-, el deseo integrado –para el virtuoso-, o no integrado –en el incontinente-, o la sola
pasión –como ocurre con el intemperante.

Es importante subrayar que en los cuatro tipos morales examinados no solo la acción es diferente, sino especialmente la reacción afectiva es diversa, pues depende del grado con el que la razón ha plasmado dicha reacción. Sólo en el caso del virtuoso se trata de una reacción afectiva que está acompañada por un elemento lleno de racionalidad que hace que la persona pueda reaccionar bien e identificarse plenamente con la propia reacción, en cuanto que está en juego una promesa de comunión. Este hecho nos permite comprender que, para el virtuoso, plasmar el afecto le permite no sólo obrar bien, sino sobre todo reaccionar bien, con el discernimiento el verdadero bien. Es este último aspecto el que falta en los tres tipos restantes: los tres reaccionan ante un bien que conviene, ciertamente, pero que conviene sólo en apariencia, y por ello necesitan la ley para poder discernir si hay que seguir o no la propia reacción.
Precisamente en esto consiste el drama de la afectividad: favorece la experiencia del bien, pero por sí sola no  garantiza que sea un verdadero bien en vez de un bien aparente; para ello se necesita una afectividad virtuosa.

¿Qué es entonces la virtud?

Para la reflexión moderna y contemporánea, la virtud, entendida siempre en singular, es un rasgo del carácter gracias al cual la voluntad se inclina a obedecer a la norma moral17. Así, es comprensible que se la rechace. Paul Valéry nos da testimonio de esta situación: “La palabra virtud está muerta, o como poco, está moribunda. No se habla de ella, ni siquiera de pasada… Por lo que a mí respecta, la he escuchado raramente, y siempre utilizada de manera irónica”18. El malestar se hace aún más evidente por una determinada crítica del egoísmo refinado que implicaría una ética de la virtud.

Pero las virtudes, entendidas en plural, son propiamente la extensión del verdadero amor a todos los dinamismos afectivos de la persona, es decir, su integración en el amor personal. A partir del don, que el amor implica en cuanto presencia del amado en el amante, se puede comprender que dicha presencia conlleva una transformación original del sujeto y una primera integración de sus dinamismos para la consecución de la comunión con el otro.

Ciertamente, el don del amor ha sido posible porque había una vulnerabilidad originaria, que implicaba ciertas inclinaciones naturales. Pero estas inclinaciones naturales, que son a su vez los gérmenes de las virtudes, necesitan, para desarrollarse, del don del amor que dé lugar a una primera integración sobre la que realizar un trabajo  personalizado.

Entonces, el amor podrá permear los diferentes dinamismos, integrándolos, plasmándolos con el don recibido
para hacer que se configuren juntos en una respuesta estable y plenamente humana al valor que el otro es en sí
mismo19.

En la tradición agustiniana, las virtudes se veían como el orden del amor y la proyección del mismo. Es propiamente el amor el que ordena el alma y así se expande en las diversas virtudes, cada una de las cuales constituye una subespecie del amor: la prudencia es el amor inteligente que sabe discernir el bien del amado; la justicia, el amor que promueve el bien para el amado; la fortaleza, el amor que lucha por el amado; y la castidad, el amor que se entrega en totalidad al amado20.

Por tanto, las virtudes tienen una dimensión intencional intrínseca que deriva del amor recibido y que dirigen la persona hacia diferentes modos de comunión, en los que encontrar el verdadero bien común21. Lejos de encerrar a la persona en una angustiosa búsqueda de autoperfección, la abren a la posibilidad maravillosa de una verdadera  comunión en su obrar concreto y particularizado.

El motivo de esto se encuentra en el hecho de que las virtudes no confieren únicamente una energía que permite llevar a cabo lo que se ha decidido, sino que son también en sí mismas una luz para la elección. Su influjo se sitúa en el momento intencional del obrar, y por esto posibilitan la buena elección. Ya Tomás de Aquino había indicado cómo no puede existir la prudencia sin las virtudes morales, precisamente por la necesidad que, para la construcción de la acción, tiene la razón práctica de apoyarse no únicamente en las inclinaciones naturales, que son demasiado generales, sino de un modo más específico sobre los deseos rectos presentes actualmente en el sujeto: esto es, sobre las virtudes22.

Por ello, podemos comprender por qué la verdad de nuestro obrar, es decir, la verdadera bondad, viene determinada no sólo ni principalmente por la conformidad de la acción a la norma moral, sino principalmente por su adecuación al deseo recto23. Precisamente ésta es la perspectiva fascinante que abre el Aquinate cuando quiere definir qué debe entenderse por verdad práctica: aquella verdad del juicio de elección que corresponde al deseo recto, es decir, al deseo plasmado por la razón según el ideal de vida buena entrevisto en la experiencia afectiva.

La acción es siempre particular, contingente, concreta, parcial. Necesita ser medida para ser buena. Sin duda, es la razón la que mide, ¿pero con qué criterio? Según su adecuación al deseo recto. Y al ser éste un deseo plasmado por la razón, se trata de un deseo que está abierto a la realidad. Más aún, un deseo que abre el hombre a la realidad,  dirigiéndolo intencionalmente hacia modos excelentes de amor que integran en sí mismos la justicia.

La persona podrá conocer la conformidad de la acción que lo atrae con su deseo recto precisamente en la reacción afectiva24. Por ello, la afectividad ofrece una luz decisiva para la construcción de la acción, porque está enraizada intencionalmente en una comunión que es vista como algo absoluto25. Favorece un gusto nuevo, sano, que permite a la persona discernir la bondad o maldad del obrar. Son las virtudes las que permiten superar el gran dilema que se esconde en la elección, el dilema del “bien aparente”, para llegar al bien que no lo es únicamente en apariencia, sino en realidad.

Y ¿qué papel juegan las normas morales en la educación de la sexualidad? Ciertamente, las normas morales tienen un valor esencial en la vida moral. En primer lugar, ofrecen un criterio pedagógico decisivo para la adquisición de las  virtudes, puesto que proporcionan al deseo un criterio de objetividad que permite superar todo posible repliegue sobre uno mismo: el deseo sexual, curioso y caprichoso, es ahora forjado en una verdad que supera su particularidad y se abre así a la totalidad de la felicidad, evitando que se confunda la felicidad con el placer. Al mismo tiempo, la ley moral indica el límite humano de todo deseo, de la realización del amor: más allá de la ley moral no existe un auténtico deseo humano, no existe una auténtica realización amorosa. Lo que es decisivo es captar la racionalidad intrínseca del deseo: no todo se puede desear de una manera razonable26.

Detrás de esta teoría hay una concepción antropológica enormemente dinámica. El ser humano se muestra como un ser abierto a la realidad, vulnerable, plasmable, con capacidad de crecimiento, de transformación. En la propia  subjetividad encuentra un auténtico criterio de verdad del obrar, ya que se trata de una subjetividad racional, abierta estructuralmente a la realidad.

Aquí, la afectividad juega un papel decisivo de mediación.

13 Cfr. A. SCOLA, La “cuestión decisiva” del amor. Hombre-Mujer, Ed. Encuentro, Madrid 2003.

14 Cfr. V. SOLOV’ËV, La justification du bien, Editions Slatkine, Genève 1997, 28-34, 44-61.

15 Cfr. K. WOJTYLA, Amor y responsabilidad, Razón y Fe, Madrid 21979, 162-184.

16 Cfr. ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, especialmente el libro VII.

17 Cfr. A. MACINTYRE, Tras la virtud, Crítica, Barcelona 1988.

18 P. VALERY, Varieté IV, en Oeuvres I, Gallimard, Paris 1962, 440.

19 Cfr. D. VON HILDEBRAND, La esencia del amor, EUNSA, Pamplona 1998, 47-74.

20 S. AGUSTÍN, De moribus Ecclesiae Catholicae et de moribus manichaeorum libri duo, l. 1, c. 15, 25 (PL 32,1322).

21 Cfr. M.C. NUSSBAUM, La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega, Visor, Madrid 1995, 441; y A. MACINTYRE, Dependent Rational Animals. Why Human Beings
Need the Virtues, Duckworth, London 1999, 81-118.

22 Cfr. S. TOMÁS DE AQUINO, STh., I-II, q. 58, a. 5; y el comentario de: G. ABBA, Lex et virtus, Las, Roma 1983.

23 Cfr. L. MELINA, La conoscenza morale. Linee di riflessione sul Commento di san Tommaso all’Etica Nicomachea, Città Nuova, Roma 1987, 96-118.

24 Cfr. R.T. CALDERA, Le jugement par inclination chez saint Thomas d’Aquin, Vrin, Paris 1980, 80-96.

25 Cfr. L. MELINA, “Actuar por el bien de la comunión”, en L. MELINA- J. NORIEGA-J.J. PÉREZSOBA, La plenitud del obrar cristiano, cit., 379-401.

26 Cfr. M. RHONHEIMER, La perspectiva de la moral, Rialp, Madrid 2001, 41-62.