DESCARGAR PDF: El programa Teen Star para la educación afectivo-sexual
“El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido sino se le revela el amor, si no lo experimenta y lo hace propia, si no participa en el vivamente.”

Son tres las razones fundamentales por lo que es imprescindible educar para el amor:

1. “El hombre permanece para sí mismo un ser incomprensible” si en su vida no encuentra el amor. La experiencia de amar da sentido a la persona como ser único en la creación. Está hecho para amar. Sin embargo, siendo una vocación natural, no está preparado naturalmente para amar. Porque el amor implica una entrega en totalidad que requiere la integración, orden que no posee.

2. Por el pecado original se ensombrece, se vuelve opaco, turbio lo que antes era diáfano y ocurría de forma natural. Ahora el Bien nos atrae y la Belleza y el Goce como un imán. Esa fuerza magnética está como contrarrestada velada por
otras ajenas a la persona y que nos alejan del bien, de la belleza, del goce y de la plenitud.

3. Hoy por hoy parece predominar de modo casi exclusivo el sujeto pasional.

El hombre de hoy es víctima de un desequilibrio: los valores materiales (la técnica, lo útil, el placer, las cosas…) impera claramente en la vida social sobre los valores espirituales. El progreso material no se ha correspondido con el cultural, moral religioso. Este desequilibrio ejerce una formidable presión sobre cada vida personal. Las personas corren grave riesgo de hacer lo más fácil; adaptarse pasivamente a un mundo superficial.

Enrique Aranda Aguilar y Concepción Valera Gil.
Coordinadores TeenStar España.

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La Palabra de Dios nos ilumina y nos hace contemplar la verdad sobre el amor. Jesucristo ama incondicionalmente, y en Él encontramos la verdadera alegría que nos enriquece y nos hace personas consumadas, plenas, perfectas. En el siguiente pasaje del Evangelio de San Juan podemos fijarnos en algunos rasgos del amor de Jesús:

El amor mueve toda la vida de Jesús.

Jesús ama con el mismo amor con que es amado por el Padre.

Es un amor hasta la muerte, expresión suprema de su entrega.

Da alegría auténtica y plena.

Jesús quiere que su amor mueva toda nuestra vida; que en todo cumplamos su mandato del amor.

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,9-14).

El Señor nos revela qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. Por eso, nosotros alcanzamos la plenitud como hombres y mujeres amando como Jesucristo nos ama y enseña.

¿Cómo nos hace crecer el amor de Jesucristo?

El Evangelio es la Buena Noticia del amor de Dios a los hombres; lo es particularmente para el amor conyugal. Con el deseo sincero de acoger la Buena Noticia leemos el siguiente pasaje del Evangelio:

“Se acercaron unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: ¿Qué os mandó Moisés? Contestaron: Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Marcos 10, 1-9).

En toda época (en la de Jesús y en la nuestra) el amor se vive en la fragilidad y la incoherencia: es nuestra aspiración más profunda, y sin embargo con frecuencia sucumbimos al egoísmo. Ante la incapacidad de un amor total y definitivo, los hombre solemos buscar salidas precipitadas y pobres.

¿Cuál es la respuesta de Jesucristo? Para revelar el misterio del amor esponsal, Jesús se remonta al proyecto originario del Dios Creador. Así, el Señor asume el amor humano, lo purifica de todo egoísmo y lo eleva para que hombre y mujer se unan en comunión perfecta.

De este modo el matrimonio llega a la plenitud querida por Dios, y perdura el amor de los esposos.

Esta es la Buena Noticia de Jesucristo sobre el amor del hombre y la mujer. Así lo enseña el Concilio Vaticano II: “El matrimonio es una comunión íntima de vida y amor” (Gaudium et spes 48).

En este pasaje del Evangelio, ¿qué se nos revela del plan de Dios sobre el  matrimonio?
¿Qué dificultades encuentran hoy los esposos para vivir su fidelidad mutua y su entrega definitiva?

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Si la experiencia del amor nos ha abierto un camino y nos ha mostrado la posibilidad de una plenitud, falta todavía que cada uno recorra realmente ese camino que lleva a la plenitud. Esto no lo podremos hacer sin un proceso de maduración de nuestros sentimientos y deseos; es decir, purificando nuestros afectos. Éste es el único modo de hacer crecer el amor en la verdad para que alcance su auténtica grandeza.

El primer paso en la purificación del amor es precisamente el firme deseo de permanecer en el amor. Puede parecer muy simple, pero es indispensable. El amor es en sí mismo una llamada a la fidelidad, pero  responder a esta llamada exige compromiso y esfuerzo. Ya no se trata sólo de “estar enamorado”, sino de “permanecer en el amor”, de dejar que este amor sea purificado y madurado. No es verdadero ni maduro el amor que no es fiel a la promesa que conlleva.

En el amor esponsal, junto a la llamada a la fidelidad, existe otro aspecto indispensable: la llamada a la fecundidad. El amor verdadero y maduro no se encierra en sí mismo, sino que sale de sí mismo, se expande, es fecundo, crea nueva vida. El amor auténtico puede no ser fértil, pero nunca es infecundo: siempre da frutos de vida eterna, produce ‘vida abundante’.

Son dos significados que nutren internamente al amor y que corresponde a los cónyuges saber vivir en su convivencia. La comunión única que es el matrimonio, y que no se confunde con ninguna otra, se define por estos dos bienes: la unión personal y definitiva de los cónyuges en la mutua fidelidad, y la procreación. “La unión de los esposos y la transmisión de la vida implican una sola realidad en el dinamismo del amor, no dos, y por ello no son separables, como si se pudiera elegir una u otra sin que el significado humano del amor conyugal quedase alterado” (CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 66)

Recordamos y compartimos las experiencias de fidelidad, a pesar de las dificultades, en la amistad, en el amor de esposos, en el amor de padres… Experiencias que hemos vivido nosotros  mismos o que, por ser de personas que nos son cercanas, influyen en nosotros. Recordamos y compartimos también situaciones en las que resulta difícil  “permanecer en el amor” a causa del egoísmo, o por vivir la sexualidad desligada  del amor y la procreación, o por reducir el amor al mero sentimiento, o por no   aceptar al otro tal como es sino sólo algunas de sus cualidades, o por no ser  capaces de perdonar… A la luz de nuestra experiencia o de las personas que  conocemos, ¿qué acontecimientos han sido importantes para madurar en el amor? ¿cuáles han sido los obstáculos?