Entendemos por afecto cualquiera de las pasiones del ánimo especialmente la ira, el amor, el cariño, el odio etc., aunque más particularmente se toma su acepción para expresar amor o cariño. Afecto se deriva de afficere, es decir, ser afectado por algo, poner a uno en un estado determinado que implica una modificación que acontece en el sujeto en razón de algo externo.

El afecto, de hecho es en efecto, como nos recuerda su etimología, una modificación de nuestra conciencia solicitada por parte de agentes extraños al yo. Algo, y más específicamente alguien sorprende mi yo, lo toca, y yo respondo, me acerco, reduzco las distancias, le encuentro. El afecto origina una receptividad, pero es al mismo tiempo una  respuesta, una especie de “pasividad” en la actividad como dice Husserl. El afecto es fruto de un yo que percibe ser  movido, que no está tan saturado de su sentir que acepta ser fascinado por la realidad y responde tendiéndose en un abrazo que es a la vez una peculiar modalidad cognoscitiva y ética. Es decir, el yo contesta al otro y contesta de  sí (y no evita la raíz común que une la responsabilidad a la respuesta). Y eso vale sobre todo cuando el
otro real es otro sujeto que atrae y se hace desear.

El otro, sobre todo el otro sujeto, es en cambio el gran ausente del campo afectivo del hombre moderno completamente absorbido por la satisfacción emocional que podemos interpretar bien como la contraseña del individualismo narcisista actual, o bien como el síntoma del malestar de la postmodernidad.

El afecto, en sí mismo, lo percibimos a través de la conciencia, de sus manifestaciones. En cuanto tal, no produce por sí mismo una acción, sino que es un impulso directo para la misma. Por eso, al centrar nuestro estudio sobre la afectividad, precisamente en la  experiencia, ligado a la acción, es esta misma la que nos muestra la necesidad de aclarar la  hermenéutica afectiva que se produce en la realización de nuestras acciones, esto es, el  modo como conscientemente interpretamos nuestro afecto en orden a la actuación. De  este modo, las distintas formas de afecto se pueden relacionar con la realización de la  acción, y pueden ser conceptualmente distinguidas mediante una terminología adecuada.

De este modo, se evidencia la necesidad de la clarificación terminológica, sin caer en los  excesos de una absolutización del valor del término, como sucede en algunos autores.

C.S. Lewis afirma que el afecto es el amor más humilde ya que no se da importancia, como   claramente se ve en el entorno familiar. Es, pues, modesto, discreto y   pudoroso. Habitualmente son necesarios la ausencia y el dolor para que podamos alabar a quienes estamos ligados por el afecto. La relación con el otro, la relación interpersonal se  convierte en el tema clave del afecto. A su vez, cuando se dan estas características, se  siente más intensamente la necesidad de unión, de cercanía, porque el afecto se revela  como la más obligatoria de todas las necesidades.

Otra de las características del afecto es que no sería tal si se hablara de él repetidamente y a todo el mundo ya que parece como si se colara en nuestras vidas; vive en el ámbito de lo privado, de lo sencillo, sin ropajes. En el círculo familiar, proporciona un ambiente en el que, si todo va bien, el afecto surge y crece con fuerza sin exigir de nosotros unas cualidades excepcionales.

Además, el afecto nos enseña, primero a saber observar a las personas, y luego a   soportarlas, después a sonreírlas, más tarde a que nos sean gratas, y al fin a apreciarlas y a amarlas. El afecto puede amar lo que no es atractivo, como se ve, por ejemplo, en Dios y en sus mártires, que aman lo que no es amable.

Así mismo, el afecto no espera demasiado, hace la vista gorda ante los errores ajenos y se  rehace fácilmente después de una pelea. Como la caridad, sufre pacientemente, es  bondadoso y perdona. Nos descubre el bien que podíamos no haber visto o que, sin él, podríamos no haber apreciado. Lo mismo hace la humildad.

El afecto produce felicidad si hay, y solamente si hay:

a) Sentido común, es decir, razón.

b) Un dar y recibir mutuos, es decir, justicia que continuamente estimule el afecto cuando éste decae, y en cambio lo restrinja cuando olvida o va contra el “arte” de amar.

c) Honestidad, y no hay por qué ocultar que esto significa bondad, paciencia, abnegación, humildad, y la intervención continua de una clase de amor mucho más alta, amor que el afecto en sí mismo considerado nunca podrá llegar a ser. No hay que olvidar que el amor nos salva de la intransigencia y justifica nuestra existencia.

Aquí, pues, está toda la cuestión: Si tratamos de vivir sólo de afecto, éste nos hará daño.
La afectividad es la experiencia psicológica del amor y mira hacia la visión metafísica del amor tanto respecto de las personas como de las cosas. En ellas, al poner afectividad busco, en el fondo, la felicidad metafísica del amor. De otra parte, ya Ortega y Gasset definió el odio como un afecto que conduce a la aniquilación de los valores.

La afectividad está constituida por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva, diferentes de lo que es el puro conocimiento, que suelen ser difíciles de verbalizar y que provocan un cambio interior que se mueve entre dos polos extremos, como son,   del agrado-desagrado, la inclinación-rechazo, la afición- repulsa. Entre estos dos puntos  extremos se va a situar toda una “gama de vivencias” que van a constituir los elementos principales del mundo emocional.

El término “vivencia” es decisivo a la hora de comprender todos los aspectos. Ortega y Gasset fue su introductor al castellano y quiere decir experiencia vivida, es decir, que podemos definirla como el hecho de experiencia que, con participación consciente o inconsciente del sujeto, se incorpora a su personalidad. Sus principales características son:

A) Se trata de un estado subjetivo interior.

B) Es algo que es experimentado personalmente por el sujeto que la vive.

C) Su contenido es, esencialmente, un estado de ánimo que se va a manifestar a través de  las principales expresiones afectivas, como son la emoción, el sentimiento la pasión y la motivación.

D) Toda vivencia deja huella de manera que según su intensidad y duración puede ser decisiva en el curso posterior de la historia vital interna.

Según D. Von Hildebrand, podemos distinguir tres clases de vivencias:

1º) las vivencias a las que les falta todo consentimiento o rechazo por parte de la persona. Impulsos, sentimientos de estado en la persona a los que ésta no se abandona expresamente, más tampoco rechaza expresamente. En este sentido, las acciones no pueden ser nunca neutrales, pues en todo querer está siempre implícitamente contenido un consentimiento expreso.

2º) Las vivencias a las que la persona ciertamente consiente tácita o  expresamente, pero a las que les falta toda verdadera sanción. A ésta pertenece todo lo  moralmente indiferente –lo que queremos, hacemos, etc,- , pero además también, todo lo moralmente negativo con lo que uno se declara de acuerdo y a lo que uno, más o menos expresamente, se abandona.

3º) Las vivencias que son consentidas o desautorizadas por el centro moral de la persona, en las que la persona responde expresamente a la auténtica exigencia de los valores  morales. Aquí, tan pronto como se da la desautorización de un vicio, aún si éste todavía domina de hecho a la persona, ya ha perdido su poder oscurecedor de valores. Pero este poder oscurecedor lo posee mucho más en tanto que la persona está entregada a él con pleno consentimiento, sea tácita o explícitamente, más sin sanción o desautorización. Este hondo estar entregado a toda una orientación apetitiva semejante supone naturalmente, por su parte, una determinada actitud fundamental de la persona.

En conclusión: La afectividad es el modo como somos afectados interiormente por las  circunstancias que se producen a nuestro alrededor. El conocimiento afectivo proviene de  la caridad; se enmarca en la experiencia de la dulzura de las cosas que requieren  disposiciones adecuadas y producen una inflamación afectiva. Todo lo afectivo consiste en  un cambio interior que se opera de forma brusca o paulatina y que va a significar un   estado singular de encontrarse, de darse cuenta de sí mismo. Por eso se funden en él, de   algún modo, la afectividad y la conciencia; esta última como capacidad para darse cuenta   de lo que sucede, reflexionando sobre un desencadenamiento y su contenido.

Los afectos, las emociones, los sentimientos, son términos a menudo usados como  equivalentes y sin embargo son agudamente diferentes: los dos últimos son términos de  uso más reciente y los afectos de más antigua memoria pero, como veremos, no eliminables del núcleo de aquellos. Las cuatro expresiones afectivas más importantes son  las emociones, los sentimientos, las pasiones y las motivaciones.

Se trata de palabras diversas para reflejar la riqueza de un hecho de la vida de los hombres:  el primer momento de la interacción afectiva entre el mundo y la subjetividad.Ante la riqueza de este hecho, se explica que sean diversos los matices que una u otra expresión señalan, por lo que, en las diferentes ramas del saber, se tiende a  privilegiar un determinado enfoque o aspecto. Estos términos señalan el hecho de que el  hombre es afectado por la realidad. Con ello se quiere indicar cómo la persona, en su  dimensión corporal, es capaz de padecer un influjo singular del mundo exterior, es decir,  es capaz de ser atraído por algo exterior, como por ejemplo un bien, o repelido por algo  exterior, como por ejemplo un mal, creándose una relación especial entre el sujeto y  aquello que le atrae o repele.

En aquellas expresiones que acabamos de citar se encierran las claves para profundizar en  la afectividad.

Entre unas y otras no existe una separación absolutamente clara, aunque desde el punto  de vista conceptual cada una tiene peculiares características.

Lo que sucede es que la vida habitual se encarga de imbricarlas unas con otras, perdiendo  cada una sus perfiles y tornándose borrosas al ligarse entre sí.

Analicemos a continuación estos cuatro apartados.

La afectividad. Una aclaración terminológica

La fuerza más poderosa, psicológicamente hablando, en el hombre es la afectividad. Dice San Agustín: “Mi amor es mi peso. Hacia mi amor voy a donde quiera que voy”. Toda persona, que Juan Pablo II definió como un “ente con vida interior propia y específica, caracterizada por la racionalidad y llamada al encuentro con la verdad y a la realización del bien”, es una unidad irreducible y original; su personalidad se desarrolla en todas sus dimensiones, tanto corporales, físicas, psíquicas y espirituales: “Corpore et anima unus”. Una de las cuestiones que plantea con mayor fuerza la antropología es la integración de estas dimensiones humanas. Un papel clave en la solución de este problema lo desempeña la concepción que se tenga de la afectividad humana. Ser amado es el primer paso para que el hombre pueda reconocer su propia identidad. El hecho de ser un amor recibido nos abre al mundo de la afectividad cuyo estudio debe ser profundizado como un modo específico de verdad personal.

La afectividad impregna, inevitablemente en mayor o menor medida, toda la actividad psicológica del hombre. En una primera aproximación, acudiremos a la psicología la cual define la afectividad como el conjunto de reacciones psíquicas del individuo ante todo el mundo exterior. Se distingue, de una parte, la afectividad de base, que abarca los sentimientos vitales, el estado de ánimo y las emociones, y de otra, la afectividad organizada y diferenciada, que abarca manifestaciones más complejas, tales como las pasiones y los  sentimientos sociales. Para el psicoanálisis, la afectividad es el conjunto de afectos conscientes o inconscientes.

Con la introducción del concepto de inconsciente, y al plantear que la  represión impide la manifestación del afecto, S. Freud se apartó sensiblemente de la concepción psicológica de la afectividad, que se considera desde entonces como limitada e inexacta. En efecto, según S. Freud, los dos sistemas, consciente e inconsciente, luchan constantemente por asegurarse la primacía en el dominio de la afectividad. Para Freud, la afectividad se manifiesta esencialmente por una modificación del medio interior del individuo sin acción directa sobre el mundo exterior, lo que la distingue de la motricidad, que apunta a transformar el mundo exterior.

Julián Marías define la afectividad como “el mundo de los sentimientos, que es, en alguna medida, pero con enormes diferencias, el “lugar” en que se vive. Es el “envolvente” de la vida, siempre que no olvidemos que ésta puede existir en condiciones de extrema desnudez, pero que ello significa una gravísima privación, una decadencia en una de sus dimensiones esenciales, una de las peores formas de primitivismo”.

Antes de entrar de lleno en el contenido de la afectividad parece necesario determinar, aunque sólo sea someramente, algunos conceptos. Intentaremos una primera aclaración terminológica que nos sirva para proyectar una estructura cognoscitiva previa sobre la experiencia.

La mayor dificultad para una interpretación adecuada de los afectos tiene un doble origen. Por una parte, la distinción que René Descartes hizo en la persona entre la res cogitans, es decir, la espiritualidad, y la res extensa, es decir, la corporeidad. Su Tratado de las pasiones tendrá un influjo decisivo precisamente por el hecho de que priva a las pasiones de la dimensión espiritual1. Por otra parte, el enfoque del filósofo empirista David Hume que, basándose en los principios newtonianos de la ciencia experimental, excluyó todo recurso a los fines en la explicación de la naturaleza humana y de los afectos. Los afectos son vistos como algo que ocurre en la vida, y
que ocurre porque se genera por una causa neurofisiológica que podremos individuar; una vez encontrada la causa, tendremos su explicación2.

Es cierto que muchos de nuestros afectos los podemos explicar así: un mal de dientes o el mal humor provocado por el mal tiempo tienen una causa neurofisiológica. Pero no todos nuestros afectos se agotan en la causa neurofisiológica implícita. La tristeza que siento cuando me comunican la noticia de la muerte de un amigo, o la alegría que experimento cuando logro superar el bloqueo en las relaciones con un hermano que no me hablaba desde hace tiempo, indican que existen en nosotros afectos que hacer referencia no únicamente a una reacción neurofisiológica, sino más bien a un motivo que nos empuja hacia un fin, hacia una promesa. La originalidad de estos sentimientos aparece en el hecho de que implican la necesidad de comprender el motivo por el que son generados, la plenitud que prometen; se trata, entonces, de una experiencia afectiva que es en sí misma significativa e inteligible, pero al mismo tiempo intencional, porque nos dirige hacia una plenitud nueva en nuestra vida3.

Nuestros sentimientos, en cuanto motivados, aparecen como la respuesta a algo que nos llama. Lejos de encerrarnos en nosotros mismos, lo que hacen es abrirnos a la realidad que nos afecta, nos enriquece, nos seduce, nos atrae. Si seguimos la corriente del deseo que generan, llegaremos a ver dónde nos conducen, qué prometen. Nos interesa ante todo el afecto del amor, que pone en juego la   sexualidad. Podemos inmediatamente captar que un sentimiento tal implica una causa neurofisiológica en la excitación física, que es vivida con especial intensidad en la experiencia del deseo sexual. Esta experiencia, sin embargo, está cargada de sentido y reclama  siempre una interpretación adecuada4. En dicha experiencia, el cuerpo es vivido no como algo que se pone delante de mi yo, sino como mi propio cuerpo; es decir, que a través de la reacción de mi cuerpo me experimento a mí mismo como ser corpóreo. Se trata de una reacción que no ha sido originariamente producida por mi voluntad, sino que ocurre en mí. Mi cuerpo implica una pasividad intrínseca y una vulnerabilidad ante el cuerpo sexuado de modo diferente al mío. Sin embargo, se trata de una pasividad que pertenece a mi ser y, en el mismo momento en que reacciona, el sentimiento me permite personalizarla, verla como mía5.

La sexualidad se presenta, no como algo ante lo que el ‘yo’ se encuentra, una fuerza biológica o psicológica, sino como una dimensión de la persona misma, cargada de sentido6. El cuerpo sexuado aparece entonces, en su diferencia, como la ocasión de un encuentro original con el otro desde el momento en que genera una reacción singular. En esta reacción podemos darnos cuenta de cómo nuestra existencia corporal implica una dualidad esencial de nuestro ser, siempre necesitado y referido a una complementariedad sexual. El hombre se puede comprender en plenitud sólo cuando se ve en referencia al otro7.

Pero la característica más original del encuentro con el cuerpo sexuado de otra persona está en el hecho de que revela al hombre su intimidad, es decir, el universo interior de la persona, dado que la realidad lo impacta y lo atrae, y él se hace consciente de este impacto y de esta atracción. Hay una vivencia más o menos consciente de la seducción que el otro ejerce sobre nosotros y que nos revela la corriente interna de nuestro deseo. Nos revelamos a nosotros mismos deseando. Deseando, descubrimos hasta qué punto pertenecemos a la realidad, al flujo vital de la naturaleza, y hasta qué punto la realidad nos pertenece. Nuestro deseo nos vincula a la realidad, al mundo,
a la naturaleza; pero también vincula la realidad, la naturaleza y el otro a nosotros, en la medida en que los experimentamos en cierto modo presentes en nosotros, en la misma fuente del deseo.

El sentimiento revela la interioridad de la persona en cuanto habitada por otra persona. He aquí su misterio más profundo. Se trata de otra persona que en su diferencia es vista como algo que me enriquece, más aún, que me promete. Es el ‘tú’ el que me revela mi propio ‘yo’, pero se trata ahora de un ‘tú’ que, en la diferencia, me llama a algo más grande.

Descubro entonces de qué modo se abre un espacio interior a mi libertad: la presencia del otro en mí, que me enriquece, llama a mi persona a salir de sí misma para encontrar al otro en su realidad8. Pero de esta manera, el sentimiento revela también una promesa de comunión nueva con el otro. No se trata únicamente de la presencia del otro dentro de sujeto, sino de cómo el sujeto está ahora llamado a encontrar al otro de modo pleno, a entrar en comunión con él. Este es el momento en el que se revela el sentido de la libertad,
porque la libertad encuentra aquí no solamente la posibilidad de la satisfacción de un placer, sino también la posibilidad de una plenitud singular9. Se trata de la posibilidad de formar una comunión en la que ambas personas puedan ser ellas mismas poniendo en juego la totalidad de su libertad. La experiencia sexual se presenta entonces como algo dramático, puesto que enraizándose en el cuerpo compromete también la libertad de la persona, moviéndola a actuar, a conseguir la promesa que en dicha experiencia le ha sido hecha.
La experiencia amorosa vivida gracias a la sexualidad abre, entonces, a un horizonte de sentido último, en cuanto que indica al hombre y a la mujer dónde se encuentra su plenitud: en la donación recíproca de sí mismos.

La sexualidad, que al principio parecía mostrar en el hombre una vulnerabilidad originaria al abrirlo a la mujer, y viceversa, se manifiesta ahora como una fuerza que empuja a la persona al don de sí para alcanzar la comunión con el otro, para construirla. No se trata únicamente de una llamada a experimentar algo, a sentir, sino a construir algo: una comunión de personas. Nos encontramos, sin embargo, ante una comunión de personas muy original porque, mediante el don de sí en la sexualidad, es capaz de comunicar la vida, engendrar personas que puedan enriquecerse del don mismo que une a los esposos. Se trata de un don de sí que no es estéril, que no es
inútil, sino que encierra dentro de sí una posibilidad enorme de fecundidad, de comunicación, de proyección, de apertura a la sociedad, generándola.

La sexualidad no es, por tanto, algo que se coloque ante la persona y de la que ésta pueda disponer a voluntad.

Al contrario, le permite comprender y determinar en la comunión de las personas el sentido último de su propia
vida.

Esta plenitud le ha sido dada en la posibilidad maravillosa del cuerpo y esconde en sí la llamada que el otro le hace y, en definitiva, la llamada de ‘Otro’ divino. Reconocer lo que nos ha sido dado es la esencia de la filiación.

Lo que nos ha sido dado nos empuja a convertirnos en esposos, convertirnos en protagonistas. Es siendo esposo/esposa como se llega a ser padre/madre. He aquí los tres rasgos característicos de la identidad de cada persona, que son posibles gracias a la sexualidad10.
No obstante, debemos aún aclarar cuál es el papel del placer. No es un azar el que en la perspectiva pansexualista la sexualidad esté en función exclusiva del placer. Es cierto que la sexualidad se nos hace interesante por el placer que promete. Promete mucho, pero por sí sola cosecha poco. ¿Por qué?

Porque la sexualidad en el hombre es más que la sola sexualidad, porque el placer en el hombre es más que el solo placer. La experiencia sexual, al hacer referencia a una promesa de comunión, conlleva que el placer entre dentro de esta perspectivay pase a tener un   intrínseco valor simbólico y figurativo.

Símbolo, sí, ¿pero de qué? Precisamente, símbolo de la plenitud de vida que comporta una vida vivida en una comunión esponsal fecunda. Es ahí donde se encuentra una vida plena, lograda, buena, digna de ser vivida. El placer refleja así la riqueza subjetiva que este modo de vida encierra para las personas11. Pasará a ser un gozo y no únicamente un placer sensual.

Dos han sido las claves para captar el significado humano de la experiencia sexual: su intencionalidad y el modo en que implica a la libertad. De este modo, hemos podido comprender el misterio que se esconde en ella. Es en sí misma una llamada a la comunión, que arroja plena luz sobre la identidad de la persona y sobre su destino12.

Pero la experiencia afectiva está connotada por una fragilidad intrínseca: su inestabilidad y ambigüedad que se muestran con el paso del tiempo. Es verdad que el amor es siempre una respuesta, pero no tiene siempre el  mismo contenido. Es necesario por ello entender de qué modo la verdad germinal de la experiencia del amor puede permear todo el ser de la persona, integrando y plasmando todos sus dinamismos para estar en condiciones de poder guiar toda una vida y realizar la promesa del “para siempre” que es irrenunciable en todo
amor13