DESCARGAR PDF: El programa Teen Star para la educación afectivo-sexual

Hemos visto anteriormente que tanto la cultura dominante como el pecado son dos handicaps importantísimos para amar, pero aun siendo estos importantes, lo trascendente es que el hombre creado para amar no tiene la integración necesaria de sus diferentes niveles (corporal, afectivo y espiritual) para conseguirlo de manera natural.

Lo que pretendemos educando para el amor es ayudar al niño a que integreencaje- armonice-  acople su ser persona con sus distintas dimensiones.

El hombre no es unión sino unidad. No es la unión de la biología, psicología y espíritu, sino una unidad de estas tres facetas, y la maduración consiste en la ordenación de las tres hacia el bien.

El hombre es un ser sexuado desde el momento de la concepción y ama bien como hombre bien como mujer, utilizando su cuerpo como ser corpóreo que es, cuerpo que encierra un misterio. “Camino elegido por Dios para permitir a la creación entera que manifieste a la creación entera que su ser es un don y su finalidad entregarse”. “El cuerpo y sólo él es capaz de hacer visible lo invisible:
lo espiritual y lo divino”. El cuerpo tiene su propio lenguaje y ese lenguaje expresa a la persona en su totalidad.

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Si la experiencia del amor nos ha abierto un camino y nos ha mostrado la posibilidad de una plenitud, falta todavía que cada uno recorra realmente ese camino que lleva a la plenitud. Esto no lo podremos hacer sin un proceso de maduración de nuestros sentimientos y deseos; es decir, purificando nuestros afectos. Éste es el único modo de hacer crecer el amor en la verdad para que alcance su auténtica grandeza.

El primer paso en la purificación del amor es precisamente el firme deseo de permanecer en el amor. Puede parecer muy simple, pero es indispensable. El amor es en sí mismo una llamada a la fidelidad, pero  responder a esta llamada exige compromiso y esfuerzo. Ya no se trata sólo de “estar enamorado”, sino de “permanecer en el amor”, de dejar que este amor sea purificado y madurado. No es verdadero ni maduro el amor que no es fiel a la promesa que conlleva.

En el amor esponsal, junto a la llamada a la fidelidad, existe otro aspecto indispensable: la llamada a la fecundidad. El amor verdadero y maduro no se encierra en sí mismo, sino que sale de sí mismo, se expande, es fecundo, crea nueva vida. El amor auténtico puede no ser fértil, pero nunca es infecundo: siempre da frutos de vida eterna, produce ‘vida abundante’.

Son dos significados que nutren internamente al amor y que corresponde a los cónyuges saber vivir en su convivencia. La comunión única que es el matrimonio, y que no se confunde con ninguna otra, se define por estos dos bienes: la unión personal y definitiva de los cónyuges en la mutua fidelidad, y la procreación. “La unión de los esposos y la transmisión de la vida implican una sola realidad en el dinamismo del amor, no dos, y por ello no son separables, como si se pudiera elegir una u otra sin que el significado humano del amor conyugal quedase alterado” (CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 66)

Recordamos y compartimos las experiencias de fidelidad, a pesar de las dificultades, en la amistad, en el amor de esposos, en el amor de padres… Experiencias que hemos vivido nosotros  mismos o que, por ser de personas que nos son cercanas, influyen en nosotros. Recordamos y compartimos también situaciones en las que resulta difícil  “permanecer en el amor” a causa del egoísmo, o por vivir la sexualidad desligada  del amor y la procreación, o por reducir el amor al mero sentimiento, o por no   aceptar al otro tal como es sino sólo algunas de sus cualidades, o por no ser  capaces de perdonar… A la luz de nuestra experiencia o de las personas que  conocemos, ¿qué acontecimientos han sido importantes para madurar en el amor? ¿cuáles han sido los obstáculos?

La educación al amor de los adolescentes

Romano Guardini, en su conocida obra “Las etapas de la vida”1, afirma que en la crisis de la pubertad aparecen fuertemente subraya dos  impulsos básicos: la autoafirmación individual y el instinto sexual. Del primero nace la constante rebelión del adolescente, la oposición a toda autoridad, la desconfianza hacia lo que otros dicen o la facilidad para ser seducido por las ideas más necias.

Del segundo, al no estar todavía integrada la sexualidad en la persona y no saber interpretarla bien, surge la inseguridad, la tendencia a replegarse sobre sí mismo, la formación de un ámbito de intimidad que pierde con frecuencia la relación con el entorno y la realidad.

Las dos dimensiones señaladas, el deseo de autoafirmación y la ambigüedad de su sexualidad, convergen hacia el gran objetivo de la educación en esta etapa de la vida: que el joven logre dar una respuesta a la pregunta por la propia identidad. La identidad del hombre es narrativa2. Es decir, la pregunta ¿quién soy yo? es abierta, existencial, está siempre presente en la vida de cada uno de nosotros y provoca nuestra libertad. Pero en esta edad de la adolescencia se hace especialmente urgente y acuciante, pues la respuesta inicial “soy hijo de” se percibe ahora como totalmente precaria e insuficiente. En efecto, el paso de la niñez a la adultez supone la maduración del amor filial y fraternal. Las experiencias de la filiación y la fraternidad han de consentir un crecimiento hacia un amor esponsal sea en su modalidad virginal o conyugal. Tanto el amor virginal como el amor conyugal son irrevocables.

La resistencia de los adolescentes a una elección definitiva no es de hoy3. Sin embargo, percibimos que franquear esta crisis se hace actualmente singularmente difícil y dramático, por múltiples y complejos motivos. La raíz de esta ambigüedad se encuentra en que para entregar la vida es preciso apoyarse en una autoridad que aparece ahora como ausente, evanescente, totalmente inevidente.

Me limitaré a señalar únicamente dos factores culturales que contribuyen a una notable ralentización en la maduración de las personas: se podrían designar de modo sintético como el adolescentrismo y el pansexualismo. Cada uno de ellos afecta respectivamente a los dos impulsos básicos mencionados por Guardini.

Un breve análisis de estos factores nos puede ayudar a interpretar mejor la realidad y el entorno en que vivimos, para poder encontrar en sus luces y sus sombras, en sus posibilidades y dificultades, algunas pistas y caminos por los que podamos afrontar la educación al amor de nuestros adolescentes.