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La familia, imagen de Dios

Vamos a hablar de la familia.
De esposos, de padres e hijos;
de la convivencia, la comunicación, la educación…
De la felicidad que sentimos cuando sabemos que estamos unidos,
y de dificultades, problemas, luchas, logros y fracasos…
Pero lo primero de todo será hablar del amor.
Es el fundamento de la familia.
Sin el amor, no damos un paso.
No nos contentamos con intercambiar ideas y opiniones.
Eso nos ayudaría a saber más, pero saber no es suficiente.
Compartiremos criterios, valoraciones, sentimientos… la vida.
Compartiremos nuestra búsqueda.
Y la fe en Jesucristo,
que nos hace ver la vida con más claridad, y nos da fuerza para afrontarla.
Queremos vivir la familia, como Dios nos ha hecho capaces de vivirla.
Lo sabemos:
¡con Cristo es posible!

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El amor lo hemos experimentado siempre: desde pequeños alguien nos ha querido y hemos querido a alguien. Quizá no lo pensábamos; simplemente lo sabíamos y éramos felices. A medida que crecíamos y nos hacíamos más independientes, hemos ampliado el círculo de relaciones, y con algunas personas hemos vivido una amistad más intensa y más consciente; saber que podíamos contar con las personas amigas nos daba confianza y nos  llenaba de alegría. Pero ha habido un momento en nuestra vida –seguro que lo recordamos bien- en que, al encontrar a otra persona, hemos sentido el amor como algo nuevo, como si fuera la primera vez que amábamos y nos sabíamos amados. Fue un verdadero descubrimiento, como una luz nueva que nos guía en nuestra vida por un camino que promete llevarnos a la felicidad plena.

¿Estás de acuerdo con esta descripción de la experiencia del amor? ¿Se parece a lo que tú has vivido?

¿Cómo ha influido en el desarrollo de tu vida sentirte amado? ¿Por qué crees que es importante?

Hay personas que no han conocido el amor. ¿Cómo crees que esto las afecta?

Verdaderamente no podemos forzar el amor para que surja en nuestra vida. Pero el hecho es que, antes de que hayamos elegido nada en la vida, ya nos sentimos amados y amando. El ser humano no podría conocer lo que es el amor si no hubiera sido amado. Es más, no podría vivir sin amor.

“El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí  mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”  (Juan Pablo II, Redemptor hominis 10).

El amor se nos va revelando: en los padres, en los hermanos, en los amigos, en el esposo o la esposa, en los hijos… A medida que lo descubrimos, nos hace vislumbrar la fuente de la que nos llega.

Nuestro amor es siempre respuesta a un amor que hemos recibido antes.
Pero ¿de dónde viene el amor que recibimos a lo largo de nuestra vida? ¿Y adónde nos lleva?

Llamados al amor – Archimadrid
Este amor, don de Dios que nos hace parecidos a Él, nos dirige hacia el cumplimiento de su firme promesa: la plenitud de nuestro ser, de nuestra felicidad, de nuestro amor. Ahora gozamos sólo de un anticipo, pero nos basta para mantener vivo el deseo sincero de alcanzarla.

Necesitamos ayudarnos a reconocer los signos del amor de Dios, recordarnos que Dios nos hace sujetos activos en la historia que Él quiere vivir con la humanidad. ¿Cómo ayudarnos a darnos más cuenta de los signos del amor de Dios?

Con nuestras acciones buscamos siempre colaborar en el cumplimiento de aquella promesa de plenitud.
Cuando vemos que el amor fracasa a nuestro alrededor, y también en nosotros mismos, necesitamos tener la certeza de que la llamada de Dios es firme y su amor es fiel. ¿Cómo cultivar la esperanza en nuestro amor?

Todos necesitamos ser ayudados en el aprendizaje del amor, para poder llegar a la madurez de una entrega libre y a ser capaces de descubrir la verdad de este amor hermoso. Sólo se puede enseñar a amar amando y es, precisamente, la familia el lugar ineludible para ello, escuela de humanidad y de amor. ¿Cómo cultivar en el matrimonio, en la familia, el deseo del amor auténtico?