El mundo de las emociones proviene de un viejo legado de la filosofía. Los precedentes hay que buscarlos en el pensamiento antiguo que se inicia con los presocráticos y los  pitagóricos y alcanza su madurez con Sócrates, Platón y Aristóteles. El humanismo griego tiene en ellos la base de todo el pensamiento occidental. Aristóteles designa con el término “páthe” “los movimientos del apetito sensitivo por la aprehensión del bien y del mal, con alguna mutación corpórea del estado natural al no natural”.

Aún antes de Aristóteles, son célebres el “mito de los caballos” por un lado, y “el de la  caverna”, por otro, ambos de Platón, en los que describe ya las distintas emociones que surcan al hombre.

El pensamiento antiguo se prolonga a lo largo de la historia del pensamiento. La filosofía medieval tiene personajes singulares que van desde San Agustín, Boecio, los místicos del s. XII, la escolástica, los maestros de Oxford (Bacon principalmente), y posteriormente  Santo Tomás de Aquino, etc. Aquí son continuas las referencias al mundo emocional, aunque siempre con una perspectiva puramente descriptiva.

El pensamiento moderno se inicia con Descartes, con su célebre “Discurso del Método”, a través del cual cambia la concepción de las ideas y se introducen reglas nuevas para la dirección de la inteligencia (así titula uno de sus primeros libros, “Regulae ad directionem ingenii”): la intuición, la deducción, la certeza, la extensión del pensamiento, etc. Con él se opera una verdadera revolución en torno a la afectividad y habla de las emociones como “commotiones sive pathemata”, es decir que muestran esencialmente un carácter  perturbador de la vida habitual. Hace el primer intento de introducir lo matemático en la  vertiente ideológica: “Lo matemático es lo claro, lo distinto, lo cierto. Es claro porque nos  parece evidente; es distinto porque eso que se nos aparece, sin lugar a dudas está  perfectamente definido; es cierto porque nos aproxima a la realidad en términos  matemáticos; el ideal de la ciencia sería reducirlo todo a matemático”.

El empirismo (Locke, Berkeley, Hume) dará otro empujón al pensamiento moderno  buscando la objetivación de los estados pasionales. Más tarde, Kant afinará entre los  distintos estados afectivos, que para él son “estados de conciencia”.

Tras el idealismo alemán se origina la oposición a un “sistema” que lo reduce todo a la idea. En el campo afectivo hemos de destacar a Schopenhauer (que analiza incisivamente los estados de ánimo y las emociones de matiz negativo como el pesimismo, la desilusión, la desesperación, la pérdida del sentido de la vida, etc.), Marx y Kierkegaard (con su libro “El concepto de la angustia”, obra estelar, sobre una de las emociones más universales,  hay que ponerla junto a su “Enfermedad mortal”, un auténtico “Tratado de la  Desesperación”).

La influencia del existencialismo desde el principio del s. XX ha sido evidente:  Kierkegaard, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Gabriel Marcel, Martin Heidegger, Unamuno… se recrean en bucear en las emociones, efectuando finas disecciones entre unas y otras.

Pero la ciencia positiva se ha ido imponiendo de forma paulatina. El rigor metodológico de nuestra segunda mitad del s. XX ha barrido muchas formas de elaboración de ideas y pensamientos. La expulsión de la “razón” de la emoción hace que esta última pierda inteligibilidad (que sabemos también está presente aún cuando la experiencia está  señalada por la inconsciencia), hace perder el sentido del propio sentir y empobrecer  profundamente la experiencia humana.