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La familia, imagen de Dios

Vamos a hablar de la familia.
De esposos, de padres e hijos;
de la convivencia, la comunicación, la educación…
De la felicidad que sentimos cuando sabemos que estamos unidos,
y de dificultades, problemas, luchas, logros y fracasos…
Pero lo primero de todo será hablar del amor.
Es el fundamento de la familia.
Sin el amor, no damos un paso.
No nos contentamos con intercambiar ideas y opiniones.
Eso nos ayudaría a saber más, pero saber no es suficiente.
Compartiremos criterios, valoraciones, sentimientos… la vida.
Compartiremos nuestra búsqueda.
Y la fe en Jesucristo,
que nos hace ver la vida con más claridad, y nos da fuerza para afrontarla.
Queremos vivir la familia, como Dios nos ha hecho capaces de vivirla.
Lo sabemos:
¡con Cristo es posible!

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La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la  Humanidad nos ayuda a centrar el tema:

“La construcción de la auténtica «comunidad de vida y amor» que es el matrimonio, requiere siempre la  ‘purificación del corazón’. Así nos lo recordaba el Siervo de Dios Juan Pablo II cuando hablaba de la ‘redención del corazón’ como un paso imprescindible para la vocación al amor. De nuevo nos lo ha señalado Benedicto XVI al insistir en el  ‘corazón que ve’ como una exigencia interna del amor, que supera el nivel  meramente afectivo y permite llegar a conocer la capacidad propia del amor para  construir una vida” (p. 30).

“Ver significa aquí desarrollar una especial sensibilidad  hacia el amor humano dentro de la niebla que extienden las  ideologías. Al mismo tiempo, es reconocer las necesidades de la vocación al amor  y ser capaz de encontrar caminos para vivirla con plenitud (p. 30).

Cuando nuestro  amor es sincero, deseamos que el amor dure. Así es el amor de los amigos,  de la familia y, sobre todo, el de los esposos. Cuando el amor se rompe,  por más que las relaciones acaben “educadamente”, es un fracaso. Las personas  que se aman, quieren permanecer en el amor.

Pero este “permanecer” no es algo  pasivo, sino que implica una tarea por nuestra parte: ser fieles al don del amor  recibido y a la promesa de plenitud que lo acompaña, para poder ser fecundos en  nuestra vida. O sea, caminar más pendientes de la persona amada que de uno  mismo, entregándole todos aquellos bienes que permiten crecer y madurar juntos.

No es posible “permanecer” en un amor estancado. A lo largo de la vida  observamos cómo el amor se transforma y se hace maduro; se hace capaz de ver y  valorar a la persona amada en todo lo que ella es, de superar el placer del instante,  de superar los meros sentimientos que en nosotros suscita.

Una experiencia  fundamental en el amor que “permanece” y busca madurar, es la del perdón, la de  perdonar y ser perdonados. El amor de Dios para con nosotros es un amor  misericordioso; Él “no guarda rencor eterno” (Jeremías 3,12). Así también el amor  humano, en un mundo marcado por el pecado, si quiere ser ‘ser perfecto’, es un  amor que perdona, ‘hasta setenta veces siete’.

Ciertamente, podemos confiar en  que nuestro amor, si se purifica, va a crecer.