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“Todo el que ama ha nacido de Dios” (1 Jn 4, 7)

La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la Humanidad nos ayuda a centrar el tema:

“Nuestro amor nace como respuesta a un amor recibido que nos antecede (cf. 1 Jn 4,10.19), y asumirlo en profundidad nos permite comprender de qué modo somos introducidos en la historia de amor de Dios, que es anterior a nosotros. La mejor forma de prepararse a ser esposo es siendo buen hijo, consciente de ser hijo de Dios” (p. 28).

“La revelación del amor ilumina nuestra vida y nos permite interpretar la diversidad de nuestras experiencias en la medida en que conducen a una vida plena” (p. 21).

“Comprendemos la importancia decisiva de la revelación del plan de amor de Dios que nos hace exclamar: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Se trata de la revelación de un amor capaz de  sanar las heridas de un hombre abatido y sin fuerzas (cf. Lc 10,30); y que lo transforma en lo más profundo al hacerlo hijo de Dios (Jn 1,12; 1 Jn 3,1)” (p. 21).

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La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la Humanidad nos ayuda a centrar el tema:

“El eje central de cualquier pastoral familiar no consiste en una sucesión de actuaciones, ni en una adecuada interrelación entre las mismas, sino en comprender realmente el plan de Dios sobre cada hombre, un plan que afecta a la historia de amor personal que cada uno ha de saber construir. En definitiva, toda pastoral familiar debe orientarse a descubrir y realizar la vocación al amor de todo hombre y de toda mujer” (p. 20).

Sabemos que Dios nos ha creado por amor y para el amor. Dios nos llama siempre al amor y espera nuestra respuesta: la historia de amor que cada uno de nosotros tenemos que escribir. Comenzó con la llamada de Dios y vamos desarrollándola a lo largo de nuestra existencia. En ello –nunca mejor dicho- nos va la vida. El itinerario fundamental, que recorremos a lo largo de esa historia, se esconde en el ser hijos para poder ser esposos y llegar a ser padres. Ahí  descubrimos el sentido de nuestra vida, que podemos acoger… o frustrar.

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La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la  Humanidad nos ayuda a centrar el tema:

“La construcción de la auténtica «comunidad de vida y amor» que es el matrimonio, requiere siempre la  ‘purificación del corazón’. Así nos lo recordaba el Siervo de Dios Juan Pablo II cuando hablaba de la ‘redención del corazón’ como un paso imprescindible para la vocación al amor. De nuevo nos lo ha señalado Benedicto XVI al insistir en el  ‘corazón que ve’ como una exigencia interna del amor, que supera el nivel  meramente afectivo y permite llegar a conocer la capacidad propia del amor para  construir una vida” (p. 30).

“Ver significa aquí desarrollar una especial sensibilidad  hacia el amor humano dentro de la niebla que extienden las  ideologías. Al mismo tiempo, es reconocer las necesidades de la vocación al amor  y ser capaz de encontrar caminos para vivirla con plenitud (p. 30).

Cuando nuestro  amor es sincero, deseamos que el amor dure. Así es el amor de los amigos,  de la familia y, sobre todo, el de los esposos. Cuando el amor se rompe,  por más que las relaciones acaben “educadamente”, es un fracaso. Las personas  que se aman, quieren permanecer en el amor.

Pero este “permanecer” no es algo  pasivo, sino que implica una tarea por nuestra parte: ser fieles al don del amor  recibido y a la promesa de plenitud que lo acompaña, para poder ser fecundos en  nuestra vida. O sea, caminar más pendientes de la persona amada que de uno  mismo, entregándole todos aquellos bienes que permiten crecer y madurar juntos.

No es posible “permanecer” en un amor estancado. A lo largo de la vida  observamos cómo el amor se transforma y se hace maduro; se hace capaz de ver y  valorar a la persona amada en todo lo que ella es, de superar el placer del instante,  de superar los meros sentimientos que en nosotros suscita.

Una experiencia  fundamental en el amor que “permanece” y busca madurar, es la del perdón, la de  perdonar y ser perdonados. El amor de Dios para con nosotros es un amor  misericordioso; Él “no guarda rencor eterno” (Jeremías 3,12). Así también el amor  humano, en un mundo marcado por el pecado, si quiere ser ‘ser perfecto’, es un  amor que perdona, ‘hasta setenta veces siete’.

Ciertamente, podemos confiar en  que nuestro amor, si se purifica, va a crecer.