Rebeca Reynaud

Se puede decir que la vida es una especie de preparatoria donde el único tema que debe aprenderse es el amor, donde las únicas calificaciones que interesan son las que se refieren a la asignatura del amor, donde la única reprobada absoluta es la de los que no aprenden a amar.

Si tu novio te pide la “prueba de amor” puedes estar segura de que se ama a él mismo, pero a ti, no te ama lo suficiente: Te quiere usar para su placer. “La persona ha de ser siempre afirmada o querida por sí misma”; nunca se le puede tratar como un medio para alcanzar placer, poder o dinero…, porque la rebajamos. En el noviazgo la entrega es espiritual, justamente porque los novios se están apenas conociendo, y no saben si sus caracteres son compatibles, si llegarán al matrimonio…  por convicción.

Las relaciones sexuales crean vínculos, así lo ha establecido la naturaleza. Si un hombre y una mujer adolescentes tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio, están creando vínculos muy fuertes, y conllevan la posibilidad de ser padres.

Los jóvenes no comprenden porqué es tan dolorosa la separación cuando han tenido relaciones sexuales. Desconocen que las relaciones sexuales son vinculantes, es decir, crean fuertes lazos, propios del matrimonio. Si ese noviazgo es limpio, el matrimonio será más sólido.

Cada ser humano es mucho más que un evento fisiológico, es más que una combinación de informaciones. Cada existencia humana entraña una novedad de ser, que no se da en las demás criaturas. Cada persona es única e irrepetible. Si comparamos al hombre y a la mujer con los demás seres, advertimos de inmediato su superioridad, por el lenguaje, la cultura y su dominio sobre las cosas.

Occidente está en peligro de muerte si el amor fracasa. Esta es la enfermedad que nos consume, porque la salud verdadera sólo reside en la persona que es capaz de amar…, y se está olvidando cómo amar. El único problema realmente importante en la vida es éste: aprender a amar. No es fácil perseguir realmente el bien del otro. Sin embargo, el ser humano es capaz de poner entre paréntesis su conveniencia cuando ha aprendido a amar.

El ser humano ha sido llamado a la vida para amar; tiene la capacidad, la tendencia y la necesidad de amar. Sin embargo, un factor poderoso actúa dentro de él que le impide amar, e incluso entender en la práctica la naturaleza verdadera del amor: el egoísmo.

La vocación fundamental de la persona humana es el amor. El hombre permanece para sí mismo un ser incomprensible si no se le revela el amor. Sólo la persona puede amar y sólo la persona puede ser amada. El amor es una exigencia ética de la persona, y es un sentimiento tan maravilloso, que se ha de guardar celosamente para que no lo robe quien no lo va a apreciar.

Ante todo el amor es cuestión de conocer y de querer; sin embargo, fácilmente se le hace depender de los sentimientos o de caricias físicas que constituyen el nivel más superficial del amor. Amar significa dar y, en la práctica, vemos que es difícil que el amor esté libre de cálculos. Amar implica sacrificarse, implica respetar a la mujer amada… Y si algunos varones no lo hacen es porque no saben amar.

El joven libertino se mueve a impulsos de sus apetencias y reduce las otras personas a medios para sus fines egoístas. Esta conducta le lleva a la destrucción de su personalidad, o, dicho en lenguaje religioso, a su condenación.

Lo malo de mucha gente no es su falta de ideas, sino el exceso de confianza en las pocas que tienen.

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La Palabra de Dios nos ilumina y nos hace contemplar la verdad sobre el amor. Jesucristo ama incondicionalmente, y en Él encontramos la verdadera alegría que nos enriquece y nos hace personas consumadas, plenas, perfectas. En el siguiente pasaje del Evangelio de San Juan podemos fijarnos en algunos rasgos del amor de Jesús:

El amor mueve toda la vida de Jesús.

Jesús ama con el mismo amor con que es amado por el Padre.

Es un amor hasta la muerte, expresión suprema de su entrega.

Da alegría auténtica y plena.

Jesús quiere que su amor mueva toda nuestra vida; que en todo cumplamos su mandato del amor.

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,9-14).

El Señor nos revela qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. Por eso, nosotros alcanzamos la plenitud como hombres y mujeres amando como Jesucristo nos ama y enseña.

¿Cómo nos hace crecer el amor de Jesucristo?

El Evangelio es la Buena Noticia del amor de Dios a los hombres; lo es particularmente para el amor conyugal. Con el deseo sincero de acoger la Buena Noticia leemos el siguiente pasaje del Evangelio:

“Se acercaron unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: ¿Qué os mandó Moisés? Contestaron: Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Marcos 10, 1-9).

En toda época (en la de Jesús y en la nuestra) el amor se vive en la fragilidad y la incoherencia: es nuestra aspiración más profunda, y sin embargo con frecuencia sucumbimos al egoísmo. Ante la incapacidad de un amor total y definitivo, los hombre solemos buscar salidas precipitadas y pobres.

¿Cuál es la respuesta de Jesucristo? Para revelar el misterio del amor esponsal, Jesús se remonta al proyecto originario del Dios Creador. Así, el Señor asume el amor humano, lo purifica de todo egoísmo y lo eleva para que hombre y mujer se unan en comunión perfecta.

De este modo el matrimonio llega a la plenitud querida por Dios, y perdura el amor de los esposos.

Esta es la Buena Noticia de Jesucristo sobre el amor del hombre y la mujer. Así lo enseña el Concilio Vaticano II: “El matrimonio es una comunión íntima de vida y amor” (Gaudium et spes 48).

En este pasaje del Evangelio, ¿qué se nos revela del plan de Dios sobre el  matrimonio?
¿Qué dificultades encuentran hoy los esposos para vivir su fidelidad mutua y su entrega definitiva?