DESCARGAR PDF: Educación de la sexualidad como educación al amor

Hoy día nos encontramos frente a una cierta ambigüedad en la propuesta de una educación de la sexualidad. La ambigüedad se centra en la imágen simbólica que la sexualidad tiene para nuestros jóvenes: es, simplemente la posibilidad de un placer. Educar la sexualidad viene a ser reducido hoy en día a enseñar a los jóvenes un uso de la sexualidad que no ocasione problemas.

Nuestra sociedad es muy sensible, con razón, a las enfermedades de transmisión sexual y a las  consecuencias no deseadas de la sexualidad. Todos comprendemos el límite enorme de un  planteamiento educativo que reduzca la sexualidad a un problema solucionable técnicamente. Nuestros jóvenes se hacen así idea de un fabuloso sexual que llega a dejarles en la mayor soledad.

Si la educación sexual se reduce a una cuestión técnica, se deja de lado la gran cuestión de fondo: esto es, el sentido de la sexualidad. Es entonces cuando surge claro que la educación sexual es una educación al amor. Y aquí aparece de nuevo un gran ambigüedad. La ambigüedad se encuentra precisamente en el hecho de que lo que los padres y la Iglesia quieren transmitir sirviéndose de la categoría “amor” no es recibido, o es recibido dentro de un malentendido fundamental. Se quiere hablar de “amor”, es decir, de relación interpersonal, de don de sí, de intimidad, de reciprocidad, de  irrevocabilidad, de fidelidad. Pero lo que los jóvenes reciben es entendido como sentimiento, afecto, emoción. Hay una especie de cortocircuito que impide a las personas captar de veras el sentido de lo que la Iglesia intenta transmitir y que, en consecuencia, se recibe en otro registro y produce como resultado una sinfonía totalmente diferente.

La gran apuesta hecha por el Concilio Vaticano II y, con él, de la gran mayoría de la reflexión teológica y pastoral, al poner de relieve el puesto decisivo del amor en la relación hombre-mujer, parece ahora venirse abajo.

El mismo tentativo de Benedicto XVI de abrir el camino del amor amenaza con derrumbarse. La reducción del amor a un sentimiento ha conllevado un repliegue de las personas que viven la experiencia del amor en un intimismo fundamental, cuyo valor corresponde a la intensidad de sentimiento que ofrece.

De este modo, se separa en el sujeto una doble dimensión: su espíritu de la corporeidad, que pasa a ser vista como mera ocasión para producir placer. El amor deja en este momento de vivirse en esperanza y comienza a ver el futuro como un enemigo, concentrando en el instante, por lo que el sujeto pierde en su experiencia un verdadero criterio de unidad y de verificación. Las distintas experiencias serán vistas en sí mismas, sin ninguna referencia a la vida de la persona en su globalidad. Más aún, desde el momento en que la persona no puede encontrar en las propias experiencias un principio de unidad auténtico, ya que se trata de experiencias siempre diferentes, hará acto de presencia sobre la escena un nuevo principio que es decisivo para la comprensión de la actual visión del amor: el principio de la ‘sinceridad’. He aquí lo que se propone como verdadero constitutivo formal de la identidad de la persona: ser sinceros con los propios sentimientos.

Ahora se puede entender por qué la predicación de la Iglesia sobre el amor humano se percibe bajo una ambigüedad fundamental: por un lado, parece que la Iglesia promueve el amor; y, por otro, que lo quiere hacer imposible, al reprimir la espontaneidad que le es implícita con la criminalización de ciertas manifestaciones afectivas, que en realidad no son vividas por la gente como algo negativo, malo, sino más bien todo lo contrario.

Aquí está en el fondo la acusación de que la Iglesia ha envenenado el amor humano, llamado a ser la chispa de la vida mientras sin embargo ha quedado sofocado por un moralismo exacervante. Hablar de educación de la sexualidad es visto por tantos jóvenes como el intento de imposición moralística de una determinada forma de conducta sexual pasada de moda y contraria a lo que es el deseo sexual y amoroso.

¿Acaso no surgen inquietantes increpaciones y acusaciones continuas a la Iglesia? Se hecha en cara: ¿Cómo es posible que la Iglesia sostenga todavía que las relaciones prematrimoniales no son buenas, si en ellas se puede comenzar a vivir una plenitud de amor? ¿Cómo es posible que la Iglesia sostenga aún que la contracepción no es admisible, cuando es precisamente la contracepción la que permite vivir un amor más espontáneo, más ‘responsable’, más sincero precisamente porque es menos angustioso? ¿Cómo es posible que la Iglesia continúe obligando a la gente a vivir en el infierno de una relación vacía de amor, impidiendo reconstruir una nueva vida con una pareja nueva? ¿Cómo es posible que la Iglesia se oponga a que las parejas lleguen a realizar el noble deseo de tener un hijo recurriendo a las distintas técnicas que hoy día la ciencia pone a su disposición para satisfacer dicho deseo? ¿Cómo es que la Iglesia se enfrenta al amor sincero de un hombre con un hombre o una mujer con una mujer? En el fondo, la Iglesia, ¿cree o no en el amor? He aquí el cortocircuito.

¿Qué es lo que está en la base de tal enfoque? Una concepción del amor reducido a sentimiento, y un sentimiento que adquiere el papel de criterio de acción dentro de un ámbito privado, íntimo. La afectividad se convierte en el único criterio de conducta, siempre que no se nieguen la libertad y los derechos del otro. Así, será bueno lo que está de acuerdo con mi afecto y el otro lo quiere también.

Pero, ¿es en realidad el afecto el criterio de conducta? Me gustaría retomar la cuestión en toda su  amplitud y darle respuesta precisamente en la misma perspectiva. Sí, es cierto, el afecto es el criterio de conducta, de bondad y de maldad moral. Más aún, es el afecto el que constituye nuestra identidad.

Entonces, ¿cómo escapar de una crítica radical de subjetivismo y de relativismo? ¿No es precisamente el individuo, sólo él, el que percibe los propios afectos y el único que los puede evaluar? Precisamente aquí se encuentra el desafío, que no se resuelve negando la parte de verdad que implica el  descubrimiento del afecto, sino penetrando en su interior e iluminando su intrínseca profundidad.

Dos cuestiones nos ayudarán a entrar en ese interior:

– En primer lugar, ¿Es verdad que nuestros afectos no tienen otra verdad interna que su intensidad? ¿No sería mejor decir que en ellos se encuentra un germen de verdad que puede crecer y permear sus diversas dimensiones hasta convertirse en un verdadero principio de unidad y de conducta? Aquí se encuentra el primer reto de la educación de la sexualidad: ayudar a interpretar el sentido de la experiencia amorosa que implica la sexualidad – En segundo lugar, ¿es posible amar cuando la experiencia amorosa se vive en una fragmentación de sus dimensiones y las fuerzas que comporta? ¿No encontramos hoy una dificultad esencial precisamente en este aspecto? Aquí se encuentra el segundo reto de la educación de la sexualidad: en qué manera es posible integrar adecuadamente la sexualidad en el amor a la persona.