La clasificación y definición de las emociones suele ser soslayada por la mayoría de los  autores. Y lo es por interminable, algunos la califican de imposible y añaden: toda  clasificación de las emociones será siempre incompleta ya que puede verse desde tantos ángulos tan distintos y ordenarse desde coordenadas en apariencia tan opuestas, que es  una tarea sin fin. Sin embargo, Santo Tomás divide las emociones en dos grupos: el  primero lo denomina el de las emociones «concupiscibles» o «afectivas», y el segundo, el  de las emociones «irascibles» o «anímicas».

Las primeras representan la relación que tenemos con algo en la medida en que es bueno o malo. Las seis emociones afectivas que manifiestan esta relación son: el amor, el odio, el  deseo, la aversión, el gozo y la tristeza.

Atraídos por algo que nos parece bueno, experimentamos el amor, que es la primera y más importante emoción afectiva. Si amamos algo, nos movemos hacia ello con la  esperanza de hacerlo nuestro, con lo que la segunda emoción experimentada es el deseo. Si a través del deseo llegamos a poseer lo que amamos, entonces sentimos el gozo.

Si por el contrario, algo se nos aparece como malo o dañino, lo odiamos o lo despreciamos y, por eso, no tendemos hacia ello con el deseo, sino que más bien nos apartamos con aversión, y si no podemos escapar de lo que aborrecemos, no conoceremos el gozo, sino la tristeza.

Vemos entonces que hay seis emociones afectivas. Cada una constituye una respuesta frente a algo bueno o malo y la emoción que experimentamos depende de si lo que está ante nosotros es amable u horrible, y cómo es nuestra posición ante ello. Si es bueno, lo amamos, y en consecuencia lo deseamos.

Si es nefasto, lo despreciamos y nos apartamos con aversión. Si nos afecta lo que amamos, encontramos la alegría, pero si no escapamos del mal experimentamos la tristeza. Está  claro que estas emociones están agrupadas en tres pares. El amor es contrario al odio, el  deseo a la aversión y el gozo a la tristeza.

El amor es lo primero porque sólo empezamos a actuar después de ser atraídos por algún bien y sentir una afinidad con ello; sin embargo, el odio es la reacción a un mal  reconocido, especialmente si supone una amenaza para nuestro bien. En segundo lugar, existe el deseo que es la emoción por la que nos movemos a hacer lo que amamos; la  aversión es lo que sentimos ante algo malo. Finalmente, cuando poseemos lo que amamos y satisface nuestro deseo, la emoción que experimentamos es el gozo; pero la tristeza nos abruma si en vez de unirnos a nuestro  bien, nos vemos envueltos en el mal. Así pues, nos acercamos a lo que amamos y nos alejamos de lo que tememos o despreciamos. Odiamos  lo que amenaza a nuestro bien y, por ello, intentamos evitarlo.

Si llegamos al bien, gozamos, pero si prevalece el mal, sentimos tristeza. Cada una de las  emociones afectivas representa nuestra posición en relación a lo que amamos.

Esta descripción nos recuerda la importancia de una formación apropiada para nuestro crecimiento interior.

La integridad interior requiere que aprendamos a amar lo que es realmente bueno y a odiar el verdadero mal, y hacer ambas cosas con entusiasmo.

Las personas con una conciencia bien formada sienten fervor para lo realmente bueno; del mismo modo que aborrecen con fuerza el mal y la falsedad. Su proceder no es insulso, sino inspirado. No hacen el bien por un sentido del deber ni por temor, sino porque realmente aman el bien de la misma manera que evitan el mal porque lo desprecian.

Con un amor auténtico sólo podemos ser buenos cuando hacemos el bien por amor al bien mismo. Crecer en bondad requiere aprender a amar lo bueno y odiar lo malo, dado que  existen cosas que deberían atraernos y otras que nos deberían repeler. Algunas cosas  deben ser siempre motivo de escándalo para nosotros, algo que nunca consideraremos admisible porque nos horroriza: es el caso de la crueldad, del abuso, de la explotación y de la traición, ya que, si empezamos a considerarlas como posibles, paulatinamente iremos perdiendo el aborrecimiento a lo que nos separa del buen camino.

La visión de la vida como un movimiento hacia lo bueno y un alejamiento del mal parece  bastante sencilla; en verdad, demasiado sencilla porque la vida raramente es lo bastante tranquila como para permitirnos alcanzar nuestro bien cuando lo descubrimos.

Son muy numerosos los estorbos que impiden nuestro progreso hacia el bien. Hay muchas cosas dentro y fuera de nosotros que frustran nuestro amor; hay muchos elementos que operan contra nosotros, ya sea a causa de nuestra propia debilidad, o de tener el corazón dividido que van minando la creencia de que realmente podemos conseguir lo que  amamos.

Pero por eso, Santo Tomás nos dice que necesitamos un segundo grupo de emociones, las “irascibles” o “anímicas”, que nos ayudan cuando encontramos dificultades en la  búsqueda del bien y nos resulta difícil evitar el mal. Hay períodos de extrema dureza en nuestras vidas en los que necesitamos encontrar la fortaleza para continuar. Es entonces precisamente cuando entran en juego las emociones irascibles.

Como sugi e re el t é rmi no “anímico”, empiezan a actuar cuando estamos desanimados, ya sea por un disgusto extremo o simplemente por estar cansados de nuestro deseo de ser buenos.

Hay, pues, cinco emociones irascibles que son: la esperanza, la desesperación, el temor, la audacia y la ira.

Estas emociones describen nuestra relación con el bien cuando su adquisición resulta  compleja, o cuando parece imposible evitar el mal.

Si deseamos algo difícil de conseguir, surge la emoción de la esperanza; sin embargo,  sentimos desesperación cuando la dificultad parece insuperable. Experimentamos temor  ante el mal que nos acecha; pero surge la audacia para hacerle frente. La última emoción  irascible es la ira, que brota cuando vemos amenazado el bien que queremos.

Sin embargo, las emociones más irascibles están subordinadas a las afectivas, porque  cobran sentido cuando la adversidad o el desaliento hacen peligrar nuestra búsqueda del  bien. Si nuestro amor al bien no estuviera amenazado, las emociones irascibles permanecerían dormidas; existe, pues, en consideración a las emociones afectivas; están  para servir a nuestro bien y nos ayudan a conseguirlo en circunstancias difíciles. Por  ejemplo, cuando aparecen el desánimo y la tentación, la emoción irascible de la esperanza surge para fortalecernos y hacernos continuar en la búsqueda; cuando es difícil buscar lo que amamos porque muchas cosas se nos oponen, aparece la emoción de la audacia que  nos hace capaces de resistir y encontrar los recursos para seguir adelante; cuando algo  que esperábamos evitar nos cerca y amenaza nuestro bien, sentimos la emoción  de la ira.

Así pues, como nos indica la explicación de Santo Tomás de Aquino, tenemos las  emociones irascibles sólo porque existen las afectivas, dado que la esperanza, la audacia y la ira son necesarias para conseguir el bien amado, ya que, si hay algo que deseamos, también hay cosas que tememos y otras que nos tientan con la desesperación. Las  emociones irascibles toman su sentido de las afectivas porque sin amor no existiría  ninguna razón para esperar, tener audacia o enojarse. El cometido de las emociones  irascibles es salvaguardar el bien amado.

Eliminado el objeto de nuestro amor, queda eliminada la razón de la esperanza, de la  audacia y también del temor o de la desesperación. Sin un amor en el centro de la vida, la esperanza no tiene sentido, ya que no sabemos qué esperar o qué hemos de evitar como causa de desesperación; la audacia tampoco tiene sentido porque no hay razón para aguantar. Las emociones irascibles no tienen razón de ser sin las emociones afectivas.

Santo Tomás precisa: “Las pasiones irascibles están a medio camino entre las pasiones  concupiscibles, que implican un movimiento hacia el bien o el mal, y las que implican un descanso en uno u otro. Y así se muestra que las pasiones irascibles tienen su principio y  su fin en las concupiscibles”.

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La mayor dificultad para una interpretación adecuada de los afectos tiene un doble origen. Por una parte, la distinción que René Descartes hizo en la persona entre la res cogitans, es decir, la espiritualidad, y la res extensa, es decir, la corporeidad. Su Tratado de las pasiones tendrá un influjo decisivo precisamente por el hecho de que priva a las pasiones de la dimensión espiritual. Por otra parte, el enfoque del filósofo empirista David Hume que, basándose en los principios newtonianos de la ciencia experimental, excluyó todo recurso a los fines en la explicación de la naturaleza humana y de los afectos. Los afectos son vistos como algo que ocurre en la vida, y que ocurre porque se genera por una causa neurofisiológica que podremos individuar; una vez encontrada la causa, tendremos su explicación.

Es cierto que muchos de nuestros afectos los podemos explicar así: un mal de dientes o el mal humor provocado por el mal tiempo tienen una causa neurofisiológica. Pero no todos nuestros afectos se agotan en la causa neurofisiológica implícita. La tristeza que siento cuando me comunican la noticia de la muerte de un amigo, o la alegría que experimento cuando logro superar el bloqueo en las relaciones con un hermano que no me hablaba desde hace tiempo, indican que existen en nosotros afectos que hacen referencia no únicamente a una reacción neurofisiológica, sino más bien a un motivo que nos empuja hacia un fin, hacia una promesa. La originalidad de estos sentimientos aparece en el hecho de que implican la necesidad de comprender el motivo por el que son generados, la plenitud que prometen; se trata, entonces, de una experiencia afectiva que es en sí misma significativa e inteligible, pero al mismo tiempo intencional, porque nos dirige hacia una plenitud nueva en nuestra vida.

Nuestros sentimientos, en cuanto motivados, aparecen como la respuesta a algo que nos llama. Lejos de encerrarnos en nosotros mismos, lo que hacen es abrirnos a la realidad que nos afecta, nos enriquece, nos seduce, nos atrae. Si seguimos la corriente del deseo que generan, llegaremos a ver dónde nos conducen, qué prometen.

Nos interesa ante todo el afecto del amor, que pone en juego la sexualidad. Podemos inmediatamente captar que un sentimiento tal implica una causa neurofisiológica en la excitación física, que es vivida con especial intensidad en la experiencia del deseo sexual. Esta experiencia, sin embargo, está cargada de sentido y reclama siempre una interpretación adecuada. En dicha experiencia, el cuerpo es vivido no como algo que se pone delante de mi yo, sino como mi propio cuerpo; es decir, que a través de la reacción de mi cuerpo me experimento a mí mismo como ser corpóreo. Se trata de una reacción que no ha sido originariamente producida por mi voluntad, sino que ocurre en mí. Mi cuerpo implica una pasividad intrínseca y una vulnerabilidad ante el cuerpo sexuado de modo diferente al mío. Sin embargo, se trata de una pasividad que pertenece a mi ser y, en el mismo momento en que reacciona, el sentimiento me permite personalizarla, verla como mía.

La sexualidad se presenta, no como algo ante lo que el ‘yo’ se encuentra, una fuerza biológica o psicológica, sino como una dimensión de la persona misma, cargada de sentido. El cuerpo sexuado aparece entonces, en su diferencia, como la ocasión de un encuentro original con el otro desde el momento en que genera una reacción singular. En esta reacción podemos darnos cuenta de cómo nuestra existencia corporal implica una dualidad esencial de nuestro ser, siempre necesitado y referido a una complementariedad sexual. El hombre se puede comprender en plenitud sólo cuando se ve en referencia al otro.

Pero la característica más original del encuentro con el cuerpo sexuado de otra persona está en el hecho de que revela al hombre su intimidad, es decir, el universo interior de la persona, dado que la realidad lo impacta y lo atrae, y él se hace consciente de este impacto y de esta atracción. Hay una  vivencia más o menos consciente de la seducción que el otro ejerce sobre nosotros y que nos revela la corriente interna de nuestro deseo. Nos revelamos a nosotros mismos deseando. Deseando, descubrimos hasta qué punto pertenecemos a la realidad, al flujo vital de la naturaleza, y hasta qué punto la realidad nos pertenece. Nuestro deseo nos vincula a la realidad, al mundo, a la naturaleza; pero también vincula la realidad, la naturaleza y el otro a nosotros, en la medida en que los experimentamos en cierto modo presentes en nosotros, en la misma fuente del deseo.

El sentimiento revela la interioridad de la persona en cuanto habitada por otra persona. He aquí su misterio más
profundo. Se trata de otra persona que en su diferencia es vista como algo que me enriquece, más aún, que me promete. Es el ‘tú’ el que me revela mi propio ‘yo’, pero se trata ahora de un ‘tú’ que, en la diferencia, me llama a algo más grande.

Descubro entonces de qué modo se abre un espacio interior a mi libertad: la presencia del otro en mí, que me enriquece, llama a mi persona a salir de sí misma para encontrar al otro en su realidad.

Pero de esta manera, el sentimiento revela también una promesa de comunión nueva con el otro. No se trata únicamente de la presencia del otro dentro de sujeto, sino de cómo el sujeto está ahora llamado a encontrar al otro de modo pleno, a entrar en comunión con él. Este es el momento en el que se revela el sentido de la libertad, porque la libertad encuentra aquí no solamente la posibilidad de la satisfacción de un placer, sino también la posibilidad de una plenitud singular. Se trata de la posibilidad de formar una comunión en la que ambas personas puedan ser ellas mismas poniendo en juego la totalidad de su libertad. La experiencia sexual se presenta entonces como algo dramático, puesto que enraizándose en el cuerpo compromete también la libertad de la persona, moviéndola a actuar, a conseguir la promesa que en dicha experiencia le ha sido hecha.

La experiencia amorosa vivida gracias a la sexualidad abre, entonces, a un horizonte de sentido último, en cuanto que indica al hombre y a la mujer dónde se encuentra su plenitud: en la donación recíproca de sí mismos.

La sexualidad, que al principio parecía mostrar en el hombre una vulnerabilidad originaria al abrirlo a la mujer, y viceversa, se manifiesta ahora como una fuerza que empuja a la persona al don de sí para alcanzar la comunión con el otro, para construirla. No se trata únicamente de una llamada a  experimentar algo, a sentir, sino a construir algo: una comunión de personas. Nos encontramos, sin embargo, ante una comunión de personas muy original porque, mediante el don de sí en la sexualidad, es capaz de comunicar la vida, engendrar personas que puedan enriquecerse del don mismo que une a los esposos. Se trata de un don de sí que no es estéril, que no es inútil, sino que encierra dentro de sí una posibilidad enorme de fecundidad, de comunicación, de proyección, de apertura a la sociedad,  generándola.

La sexualidad no es, por tanto, algo que se coloque ante la persona y de la que ésta pueda disponer a voluntad. Al contrario, le permite comprender y determinar en la comunión de las personas el sentido último de su propia vida.

Esta plenitud le ha sido dada en la posibilidad maravillosa del cuerpo y esconde en sí la llamada que el otro le hace y, en definitiva, la llamada de ‘Otro’ divino. Reconocer lo que nos ha sido dado es la esencia de la filiación. Lo que nos ha sido dado nos empuja a convertirnos en esposos, convertirnos en protagonistas. Es siendo esposo/esposa como se llega a ser padre/madre. He aquí los tres rasgos característicos de la identidad de cada persona, que son posibles gracias a la sexualidad.

No obstante, debemos aún aclarar cuál es el papel del placer. No es un azar el que en la perspectiva pansexualista la sexualidad esté en función exclusiva del placer. Es cierto que la sexualidad se nos hace interesante por el placer que promete. Promete mucho, pero por sí sola cosecha poco. ¿Por qué?

Porque la sexualidad en el hombre es más que la sola sexualidad, porque el placer en el hombre es más que el solo placer. La experiencia sexual, al hacer referencia a una promesa de comunión, conlleva que el placer entre dentro de esta perspectiva y pase a tener un intrínseco valor simbólico y figurativo.

Símbolo, sí, ¿pero de qué? Precisamente, símbolo de la plenitud de vida que comporta una vida vivida en una comunión esponsal fecunda. Es ahí donde se encuentra una vida plena, lograda, buena, digna de ser vivida. El placer refleja así la riqueza subjetiva que este modo de vida encierra para las personas.  Pasará a ser un gozo y  no únicamente un placer sensual.

Dos han sido las claves para captar el significado humano de la experiencia sexual: su intencionalidad y el modo en que implica a la libertad. De este modo, hemos podido comprender el misterio que se esconde en ella. Es en sí misma una llamada a la comunión, que arroja plena luz sobre la identidad de la persona y sobre su destino.

Pero la experiencia afectiva está connotada por una fragilidad intrínseca: su inestabilidad y ambigüedad que se muestran con el paso del tiempo. Es verdad que el amor es siempre una respuesta, pero no tiene siempre el mismo contenido. Es necesario por ello entender de qué modo la verdad germinal de la experiencia del amor puede permear todo el ser de la persona, integrando y plasmando todos sus  dinamismos para estar en condiciones de poder guiar toda una vida y realizar la promesa del “para siempre” que es irrenunciable en todo amor.

DESCARGAR pdf: La afectividad. Una aclaración terminológica

El término emoción deriva del latín emovere, que significa agitación con lo que se destaca el aspecto impulsivo que posee, por cuanto es capaz de mover al sujeto. La emoción indica un  movimiento que proviene del interior (e-movere) y no puede ser totalmente autoreferida porque mantiene cierta visión y cierto movimiento hacia el objeto a que está dirigida. El sujeto emocionado y el objeto emocionante están unidos en una síntesis indisoluble. La emoción es una cierta manera de entender el mundo.

También procede de emotio-nis, que alude a un estado de ánimo asociado a una conmoción física, capaz de provocar un movimiento interior. En francés, la palabra emovere tiene el sentido de desplazar, sacudir, con lo que se destaca el aspecto impulsivo que posee, por cuanto es capaz de mover al sujeto.

La palabra emoción viene a delimitar o significar «estados afectivos que se presentan con una cierta agudeza, producidos casi siempre por un estímulo situacional exterior y acompañados por un correlato psicofisiológico manifiesto y evidente», por ejemplo, la emoción de cólera, la emoción de miedo, etc.

¿Qué entendemos por emoción? Entendemos por emoción la agitación del ánimo, caracterizada por una conmoción orgánica consiguiente a impresiones de los sentidos, ideas o recuerdos, la cual produce fenómenos viscerales que percibe el sujeto emocionado y con frecuencia se traduce en gestos, actitudes u otras formas de expresión.

Dar con una definición exacta y rigurosa de las emociones en plural y de cada emoción en singular es algo complejo. Para muchos estudiosos del tema, las emociones son estados de conciencia; para otros, aspectos del comportamiento; hay quienes opinan que son simples estados psicológicos subsiguientes a una movilización del sistema nervioso vegetativo.

Como hemos visto en la definición citada anteriormente, toda emoción es eso, una agitación interior que se produce como consecuencia de percepciones sensoriales, recuerdos, pensamientos, juicios, y que va a producir una vivencia, unas manifestaciones fisiológicas, un tipo de conducta y unas experiencias cognitivas.

El mundo de las emociones

El mundo de las emociones proviene de un viejo legado de la filosofía. Los precedentes hay que buscarlos en el pensamiento antiguo que se inicia con los presocráticos y los pitagóricos y alcanza su madurez con Sócrates, Platón y Aristóteles. El humanismo griego tiene en ellos la base de todo el pensamiento occidental. Aristóteles designa con el término “páthe” “los movimientos del apetito sensitivo por la aprehensión del bien y del mal, con alguna mutación corpórea del estado natural al no natural”. Aún antes de Aristóteles, son célebres el “mito de los caballos” por un lado, y “el de la caverna”, por otro, ambos de Platón, en los que describe ya las distintas emociones que surcan al hombre.

El pensamiento antiguo se prolonga a lo largo de la historia del pensamiento. La filosofía medieval tiene personajes singulares que van desde San Agustín, Boecio, los místicos del s. XII, la escolástica, los maestros de Oxford (Bacon principalmente), y posteriormente Santo Tomás de Aquino, etc. Aquí son continuas las referencias al mundo emocional, aunque siempre con una perspectiva puramente descriptiva.

El pensamiento moderno se inicia con Descartes, con su célebre “Discurso del Método”, a través del cual cambia la concepción de las ideas y se introducen reglas nuevas para la dirección de la inteligencia (así titula uno de sus primeros libros, “Regulae ad directionem ingenii”): la  intuición, la deducción, la certeza, la extensión del pensamiento, etc. Con él se opera una verdadera revolución en torno a la afectividad y habla de las emociones como “commotiones sive pathemata”, es decir que muestran esencialmente un carácter perturbador de la vida habitual. Hace el primer intento de introducir lo matemático en la vertiente ideológica: “Lo matemático es lo claro, lo distinto, lo cierto. Es claro porque nos parece evidente; es distinto porque eso que se nos aparece, sin lugar a dudas está perfectamente definido; es cierto porque nos aproxima a la realidad en términos matemáticos; el ideal de la ciencia sería reducirlo todo a matemático”. El empirismo (Locke, Berkeley, Hume) dará otro empujón al pensamiento moderno buscando la objetivación de los estados pasionales. Más tarde, Kant afinará entre los distintos estados afectivos, que para él son “estados de conciencia”. Tras el idealismo alemán se origina la oposición a un “sistema” que lo reduce todo a la idea. En el campo afectivo hemos de destacar a Schopenhauer (que analiza incisivamente los estados de ánimo y las emociones de matiz negativo como el pesimismo, la desilusión, la desesperación, la pérdida del sentido de la vida, etc.), Marx y Kierkegaard (con su libro “El concepto de la angustia”, obra estelar, sobre una de las emociones más universales, hay que ponerla junto a su “Enfermedad mortal”, un auténtico “Tratado de la Desesperación”). La influencia del existencialismo desde el principio del s. XX ha sido evidente: Kierkegaard, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Gabriel Marcel, Martin Heidegger, Unamuno… se recrean en bucear en las  emociones, efectuando finas disecciones entre unas y otras.

Pero la ciencia positiva se ha ido imponiendo de forma paulatina. El rigor metodológico de nuestra segunda mitad del s. XX ha barrido muchas formas de elaboración de ideas y pensamientos. La expulsión de la “razón” de la emoción hace que esta última pierda inteligibilidad (que sabemos también está presente aún cuando la experiencia está señalada por la inconsciencia), hace perder el sentido del propio sentir y empobrecer profundamente la experiencia humana.

Tipos de emociones

La clasificación y definición de las emociones suele ser soslayada por la mayoría de los autores. Y lo es por interminable, algunos la califican de imposible y añaden: toda clasificación de las emociones será siempre incompleta ya que puede verse desde tantos ángulos tan distintos y ordenarse desde coordenadas en apariencia tan opuestas, que es una tarea sin fin. Sin embargo, Santo Tomás divide las emociones en dos grupos: el primero lo denomina el de las emociones «concupiscibles» o «afectivas», y el segundo, el de las emociones «irascibles» o «anímicas».

Las primeras representan la relación que tenemos con algo en la medida en que es bueno o malo. Las seis emociones afectivas que manifiestan esta relación son: el amor, el odio, el deseo, la aversión, el gozo y la tristeza. Atraídos por algo que nos parece bueno, experimentamos el amor, que es la primera y más importante emoción afectiva. Si amamos algo, nos movemos hacia ello con la esperanza de hacerlo nuestro, con lo que la segunda emoción experimentada es el deseo. Si a través del deseo llegamos a poseer lo que amamos, entonces sentimos el gozo.

Si por el contrario, algo se nos aparece como malo o dañino, lo odiamos o lo despreciamos y, por eso, no tendemos hacia ello con el deseo, sino que más bien nos apartamos con aversión, y si no podemos escapar de lo que aborrecemos, no conoceremos el gozo, sino la tristeza.

Vemos entonces que hay seis emociones afectivas. Cada una constituye una respuesta frente a algo bueno o malo y la emoción que  experimentamos depende de si lo que está ante nosotros es amable u horrible, y cómo es nuestra posición ante ello. Si es bueno, lo amamos, y en consecuencia lo deseamos. Si es nefasto, lo despreciamos y nos apartamos con aversión. Si nos afecta lo que amamos, encontramos la alegría, pero si no escapamos del mal experimentamos la tristeza. Está claro que estas emociones están agrupadas en tres pares. El amor es contrario al odio, el deseo a la aversión y el gozo a la tristeza.

El amor es lo primero porque sólo empezamos a actuar después de ser atraídos por algún bien y sentir una afinidad con ello; sin embargo, el odio es la reacción a un mal reconocido,  especialmente si supone una amenaza para nuestro bien. En segundo lugar, existe el deseo que es la emoción por la que nos movemos a hacer lo que amamos; la aversión es lo que sentimos ante algo malo. Finalmente, cuando poseemos lo que amamos y satisface nuestro deseo, la emoción que experimentamos es el gozo; pero la tristeza nos abruma si en vez de unirnos a nuestro bien, nos vemos envueltos en el mal. Así pues, nos acercamos a lo que amamos y nos alejamos de lo que tememos o despreciamos. Odiamos lo que amenaza a nuestro bien y, por ello, intentamos evitarlo.

Si llegamos al bien, gozamos, pero si prevalece el mal, sentimos tristeza. Cada una de las emociones afectivas representa nuestra posición en relación a lo que amamos.

Esta descripción nos recuerda la importancia de una formación apropiada para nuestro crecimiento interior. La integridad interior requiere que aprendamos a amar lo que es realmente bueno y a odiar el verdadero mal, y hacer ambas cosas con entusiasmo. Las personas con una conciencia bien formada sienten fervor para lo realmente bueno; del mismo modo que aborrecen con fuerza el mal y la falsedad. Su proceder no es insulso, sino inspirado. No hacen el bien por un sentido del deber ni por temor, sino porque realmente aman el bien de la misma manera que evitan el mal porque lo desprecian.

Con un amor auténtico sólo podemos ser buenos cuando hacemos el bien por amor al bien mismo. Crecer en bondad requiere aprender a amar lo bueno y odiar lo malo, dado que existen cosas que deberían atraernos y otras que nos deberían repeler. Algunas cosas deben ser  siempre motivo de escándalo para nosotros, algo que nunca consideraremos admisible porque nos horroriza: es el caso de la crueldad, del abuso, de la explotación y de la traición, ya que, si empezamos a considerarlas como posibles, paulatinamente iremos perdiendo el  aborrecimiento a lo que nos separa del buen camino.

La visión de la vida como un movimiento hacia lo bueno y un alejamiento del mal parece bastante sencilla; en verdad, demasiado sencilla porque la vida raramente es lo bastante tranquila como para permitirnos alcanzar nuestro bien cuando lo descubrimos. Son muy numerosos los estorbos que impiden nuestro progreso hacia el bien. Hay muchas cosas dentro y fuera de nosotros que frustran nuestro amor; hay muchos elementos que operan contra nosotros, ya sea a causa de nuestra propia debilidad, o de tener el corazón dividido que van minando la creencia de que realmente podemos conseguir lo que amamos.

Pero por eso, Santo Tomás nos dice que necesitamos un segundo grupo de emociones, las “irascibles” o “anímicas”, que nos ayudan cuando encontramos dificultades en la búsqueda del bien y nos resulta difícil evitar el mal. Hay períodos de extrema dureza en nuestras vidas en los que necesitamos encontrar la fortaleza para continuar. Es entonces precisamente cuando entran en juego las emociones irascibles. Como sugi e re el t é rmi no “anímico”, empiezan a actuar cuando estamos desanimados, ya sea por un disgusto extremo o simplemente por estar cansados de nuestro deseo de ser buenos.

Hay, pues, cinco emociones irascibles que son: la esperanza, la desesperación, el temor, la audacia y la ira.

Estas emociones describen nuestra relación con el bien cuando su adquisición resulta compleja, o cuando parece imposible evitar el mal. Si deseamos algo difícil de conseguir, surge la emoción de la esperanza; sin embargo, sentimos desesperación cuando la dificultad parece insuperable. Experimentamos temor ante el mal que nos acecha; pero surge la audacia para hacerle frente. La última emoción irascible es la ira, que brota cuando vemos amenazado el bien que queremos.

Sin embargo, las emociones más irascibles están subordinadas a las afectivas, porque cobran sentido cuando la adversidad o el desaliento hacen peligrar nuestra búsqueda del bien. Si nuestro amor al bienno estuviera amenazado, las emociones irascibles permanecerían dormidas; existe, pues, en consideración a las emociones afectivas; están para servir a nuestro bien y nos ayudan a conseguirlo en circunstancias difíciles. Por ejemplo, cuando aparecen el desánimo y la tentación, la emoción irascible de la esperanza surge para fortalecernos y  hacernos continuar en la búsqueda; cuando es difícil buscar lo que amamos porque muchas cosas se nos oponen, aparece la emoción de la audacia que nos hace capaces de resistir y encontrar los recursos para seguir adelante; cuando algo que esperábamos evitar nos cerca y amenaza nuestro bien, sentimos la emoción de la ira.

Así pues, como nos indica la explicación de Santo Tomás de Aquino, tenemos las emociones irascibles sólo porque existen las afectivas, dado que la esperanza, la audacia y la ira son necesarias para conseguir el bien amado, ya que, si hay algo que deseamos, también hay cosas que tememos y otras que nos tientan con la desesperación. Las emociones irascibles toman su sentido de las afectivas porque sin amor no existiría ninguna razón para esperar, tener audacia o enojarse. El cometido de las emociones irascibles es salvaguardar el bien amado. Eliminado el objeto de nuestro amor, queda eliminada la razón de la esperanza, de la audacia y también del temor o de la desesperación. Sin un amor en el centro de la vida, la esperanza no tiene sentido, ya que no sabemos qué esperar o qué hemos de evitar como causa de desesperación; la audacia tampoco tiene sentido porque no hay razón para aguantar. Las emociones irascibles no tienen razón de ser sin las emociones afectivas.

Santo Tomás precisa: “Las pasiones irascibles están a medio camino entre las pasiones concupiscibles, que implican un movimiento hacia el bien o el mal, y las que implican un descanso en uno u otro. Y así se muestra que las pasiones irascibles tienen su principio y su fin en las concupiscibles”.