DESCARGAR PDF: Educación de la sexualidad como educación al amor

La educación sexual participa de la crisis global que sobre la educación como tal pesa. Es cierto que muchas veces los jóvenes no nos entienden. Más aún, se produce un malentendido. Dicho  malentendido no proviene únicamente del hecho de que muchas personas que nos rodean tengan una concepción sentimental o incluso pansexual del amor, de modo que el amor y la sexualidad se vean y se vivan separados del matrimonio, de la fecundidad y, en último término, de la persona misma, reduciéndose así a utilizar la sexualidad en sí misma como un objeto de consumo. La razón de ese malentendido está también en el hecho de que nosotros no logramos presentar una  concepción dramática del amor que logre mostrar cómo la experiencia del amor contiene una verdad intrínseca que constituye nuestra identidad única e irrepetible. Es cierto que somos  personas, pero este dato se especifica en el modo en el que la persona determina el destino de la propia vida a partir de la experiencia afectiva y de los vínculos irrevocables que con ella genera. Así se constituye una concepción dinámica de la persona, en cuanto que lleva en sí una vocación originaria al amor: reconocerse como hijo/hija, para convertirse en esposo/esposa y llegar así a ser padre/madre.

La pregunta inicial buscaba saber si el afecto es el criterio de verdad de nuestro obrar. Podemos ahora captar mejor el contenido de esta hipótesis. Es cierto que el afecto es el criterio, pero se trata del afecto que implica un amor verdadero, del afecto integrado, plasmado y modelado por la razón. El afecto que se ha convertido en habilidad, arte, excelencia, es decir: virtud. Y la virtud del amor tiene un nombre concreto. Se llama castidad, es decir, una cualificación original del sujeto en todos sus dinamismos amorosos para que pueda ofrecer, según su estado de vida, un amor íntegro, sin pliegues, capaz de construir con originalidad y creatividad una verdadera comunión de personas en una amplia y variada gama de acciones. La virtud de la castidad nos da un gusto nuevo en la experiencia del amor.

Al centrar nuestra reflexión en el papel que juega el deseo y en cómo existe una verdad interna al deseo que es una llamada a permear todos los dinamismos y a integrarlos, podemos comprender que la ambigüedad o incluso la sospecha con la que es acogida una auténtica educación sexual es simplemente aparente. En el fondo, el problema no es que muchas personas acusen a la Iglesia de querer reprimir y culpabilizar el amor. El problema no es que la Iglesia continúe sosteniendo hoy día que las relaciones prematrimoniales o la actuación homosexual sean ilícitas. El problema es otro: ¿por qué deseo?, ¿qué deseo?, ¿cómo es mi deseo?, ¿se trata de un deseo verificado, más aún, integrado? Aquí está el problema. No todos los deseos nos conducen a una vida plena. Existen  sentimientos falsos como existen sentimientos verdaderos. Y no siempre lo queremos ver.

En esta cultura pansexual se nos presenta el más radical de los desafíos. Se trata, en primer lugar, de ayudar a las personas a mirar a lo lejos, de mostrarles el amplio horizonte de la experiencia  amorosa, de delinear el rostro auténtico de una vida verdaderamente lograda, de ayudarles a “enganchar su arado a una estrella”. Pero también, y sobre todo, se trata de ayudar a las personas a engendrar las virtudes, es decir, configurar o edificar sujetos capaces de amarse con un amor maduro, integrado.

La Iglesia es Madre, y en cuanto Madre no es únicamente capaz de comunicar la vida y el amor que  ha recibido de su Esposo, sino que es también capaz de educar, es decir, de ayudar a sus hijos a madurar la experiencia del amor. Ésta es la apasionante tarea de los padres en la educación de sus hijos.

DESCARGAR pdf: La educación al amor de los adolescentes

La cultura dominante que configura nuestra sociedad es ciertamente muy compleja y cambiante. Es un hecho constatable por todos que la cultura está cargada de una fuerte dosis de laicismo radical y excluyente. Este horizonte cultural secularizado, que excluye  positivamente toda referencia a Dios, presenta un modo particular de comprender la realidad sexual y todos los valores morales en correlación con la misma. El ambiente cultural que respiramos se puede denominar como “pansexual”. En él se está verificando a ritmo vertiginoso un cambio en las relaciones cultura-naturaleza y persona-naturaleza. Si para articular de modo conveniente el primer nexo es importante profundizar en una adecuada racionalidad humana, para vincular el segundo nexo es singularmente relevante profundizar en la libertad humana.

El término pansexual puede resultar un tanto extraño, pero encierra ya en su misma etimología con el prefijo griego “pan”, una pretensión ideológica de comprensión global de la cultura, centrada en una comprensión de la sexualidad humana bien determinada. Esta visión de la sexualidad se caracteriza por tres notas fundamentales: la identificación de sexualidad y genitalidad, la consideración de la misma como un mero objeto de consumo, y el relativismo de la libertad individual. Expliquemos un poco más detalladamente las tres notas enumeradas:

Educación de la sexualidad como educación al amor

La educación sexual participa de la crisis global que sobre la educación como tal pesa. Es cierto que muchas veces los jóvenes no nos entienden. Más aún, se produce un malentendido.Dicho malentendido no proviene únicamente del hecho de que muchas personas que nos rodean tengan una concepción sentimental o incluso pansexual del amor, de modo que el amor y la sexualidad se vean y se vivan separados del matrimonio, de la fecundidad y, en último término, de la persona misma, reduciéndose así a utilizar la sexualidad en sí misma como un objeto de consumo. La razón de ese malentendido está también en el hecho de que nosotros no logramos presentar una concepción dramática del amor que logre mostrar cómo la experiencia del amor contiene una verdad intrínseca que constituye nuestra identidad única e irrepetible. Es cierto que somos personas, pero este dato se especifica en el modo en el que la persona determina el destino de la propia vida a partir de la experiencia afectiva y de los vínculos irrevocables que con ella genera. Así se constituye una concepción dinámica de la persona, en cuanto que lleva en sí una vocación originaria al amor: reconocerse como hijo/hija, para convertirse en esposo/esposa y llegar así a ser padre/madre.

La pregunta inicial buscaba saber si el afecto es el criterio de verdad de nuestro obrar. Podemos ahora captar mejor el contenido de esta hipótesis. Es cierto que el afecto es el criterio, pero se trata del afecto que implica un amor  verdadero, del afecto integrado, plasmado y modelado por la razón. El afecto que se ha convertido en habilidad, arte, excelencia, es decir: virtud. Y la virtud del amor tiene un nombre concreto. Se llama castidad, es decir, una cualificación original del sujeto en todos sus dinamismos amorosos para que pueda ofrecer, según su estado de vida, un amor íntegro, sin pliegues, capaz de construir con originalidad y creatividad una verdadera comunión de personas en una amplia y variada gama de acciones. La virtud de la castidad nos da un gusto nuevo en la experiencia del amor.

Al centrar nuestra reflexión en el papel que juega el deseo y en cómo existe una verdad interna al deseo que es una llamada a permear todos los dinamismos y a integrarlos, podemos comprender que la ambigüedad o incluso la sospecha con la que es acogida una auténtica educación sexual es simplemente aparente. En el fondo, el problema no es que muchas personas acusen a la Iglesia de querer reprimir y culpabilizar el amor. El problema no es que la Iglesia continúe sosteniendo hoy día que las relaciones prematrimoniales o la actuación homosexual sean ilícitas. El problema es otro: ¿por qué deseo?, ¿qué deseo?, ¿cómo es mi deseo?, ¿se trata de un deseo verificado, más aún, integrado? Aquí está el problema. No todos los deseos nos conducen a una vida plena. Existen sentimientos falsos como existen sentimientos verdaderos. Y no siempre lo queremos ver.

En esta cultura pansexual se nos presenta el más radical de los desafíos. Se trata, en primer lugar, de ayudar a las personas a mirar a lo lejos, de mostrarles el amplio horizonte de la experiencia amorosa, de delinear el rostro auténtico de una vida verdaderamente lograda, de ayudarles a “enganchar su arado a una estrella”. Pero también, y sobre todo, se trata de ayudar a las personas a engendrar las virtudes, es decir, configurar o edificar sujetos capaces de amarse con un amor maduro, integrado. La Iglesia es Madre, y en cuanto Madre no es únicamente capaz de comunicar la vida y el amor que ha recibido de su Esposo, sino que es también capaz de educar, es decir, de ayudar a sus hijos a madurar la experiencia del amor. Ésta es la apasionante tarea de los padres en la educación de sus hijos.