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“Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza; llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor”.

Dios crea y orienta al hombre hacia su meta final que es el amor y a la vez le da la capacidad y la responsabilidad de la comunión y del amor. El amor es la vocación fundamental (constituye a la persona) e innata (dentro de la persona) de todo ser humano.

Aunque la persona tiene distintas dimensiones, es una sola persona, es un cuerpo informado por un espíritu inmortal, por lo que la vocación al amor abarca tanto el cuerpo como el espíritu, es una vocación en totalidad.

“Ciertamente, el Eros quiere remontarnos en “éxtasis” hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación”

Esta totalidad, se corresponde con una fecundidad responsable. La verdad que comparten un hombre y una mujer es el “bien de una comunión” que se expande a otros, que se hace fecunda.

La elección consciente y libre con que el hombre y la mujer aceptan una comunidad íntima de vida, es decir el matrimonio, es la manera adecuada donde se puede hacer posible la donación entre ambos.

“Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor”. Dios nos crea por amor y para que amemos, el mandamiento nuevo que nos trae Cristo es el que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado, el amor corresponde a la persona, es como el zapato de nuestra talla para nuestro pie, es para lo que hemos sido creados, la manera que tenemos de llegar al Creador que a su vez es nuestro fin y es Amor. El amor es lo que nos realiza, lo que nos hace crecer. Lo que realmente nos dignifica como persona es amar y ser amado, y en la medida que tenemos capacidad de amar nos acercamos al creador, sin que olvidemos nunca que la capacidad de amar nos la da Otro que es el que nos sostiene en todo momento.

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Cuando el pueblo de Israel cuenta los orígenes de la humanidad, reconoce que el amor existía desde el principio. Dios creó al hombre por amor, y lo ha llamado también al amor, que es la vocación fundamental que resuena en el corazón de todo ser humano. Amamos porque hemos conocido el amor. Dios ha querido que necesitáramos el amor para desarrollarnos, y, creándonos a su imagen, nos ha hecho capaces de amar.

“El Señor Dios se dijo: -No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los  animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que le ayudase.
Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: -¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre se  unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro” (Génesis 2,18-25).

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor, no puede vivir solo, sin alguien a quien amar y por quien ser amado.

No encuentra compañía entre todos los animales creados por Dios. Sólo reconoce como “otro yo” al ser que ha sido tomado de su cuerpo. Algo sorprendente se despierta tras el encuentro entre el hombre y la mujer. De ahí arranca el primer canto de la humanidad que aparece en la Sagrada Escritura: “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Génesis 2,23). El yo despierta sorprendido por el tú. Dios saca al hombre de la soledad y le pone en el camino de la vida plena.

En lo más profundo de nosotros estamos marcados por el amor que llega de Dios, nuestro Padre y nuestro Creador. El amor es como un regalo “caído del cielo”, nos sorprende, irrumpe en nuestra vida y nos revela su sentido, nos orienta hacia un destino aún mayor que cualquier deseo que podamos concebir.

El amor de Dios es fiel, inspira confianza, hace crecer. Ver cómo es el amor que Dios nos tiene nos hace desear ese amor. Dios, nuestro Padre, que nos ha creado para el amor, mantiene su llamada.
Nos provoca.

“Y ahora, así dice el Señor, el que te creó, Jacob; el que te formó, Israel: No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre y eres mío. Si atraviesas las aguas, yo estaré contigo; los ríos no te anegarán. Si pasas por el fuego, no te quemarás; la llama no te abrasará. Porque yo soy el Señor, tu Dios; el Santo de Israel, tu salvador. He entregado a Egipto, Etiopía y Saba, como precio de rescate por ti; y es que tú vales mucho para mí, eres valioso y yo te amo” (Is 43,1-4).

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Hijo único” (Juan 3,16). El designio de Dios que comenzó en la Creación y los profetas no dejaron de recordar al pueblo de Israel, se manifestó y se cumplió plenamente en su Hijo Jesucristo. No sólo nos llama al amor; nos da su Espíritu que nos hace capaces de amar como verdaderos hijos suyos.

“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos
creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor  permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4,16-17).

Después de leer y tratar de asimilar estos textos, ¿qué podemos decir de Dios y de su relación con nosotros?

¿Qué podemos decir de nosotros mismos, y de la vida a la que Dios nos llama?

Ponencia de Concepción Medialdea en la presentación de la colección de libros y manuales del IVAF, 26 de NOVIEMBRE 2001 Centro cultural Bancaja.

En la actualidad entre los valores de la LOGSE no se encuentran valores como el autodominio, la capacidad de esfuerzo o la capacidad de compromiso, sí en cambio otros y destaca especialmente el valor de la autoestima al que hoy en día se le da una importancia inusitada. Pero valdría la pena plantearse qué es más importante, la autoestima o el autodominio. Es más importante el autodominio puesto que quien es dueño de si mismo, de sus impulsos, quien sabe lo que quiere y es capaz de ponerlo en práctica aunque le suponga un esfuerzo, ese/a tendrá de rebote una buena autoestima mientras que quien se deja llevar habitualmente por las mareas de la vida, quien no puede tomar decisiones y ponerlas en práctica aun considerando que es lo mejor para el/ella y para los demás porque ello le supone un esfuerzo del que no es capaz, será alguien inseguro/a de si mismo/a y falto de autoestima. Muchos profesores se quejan de que no pueden ejercer como tales, de que los niños son blandos y de que sus padres los protegen demasiado, se procura que los hijos estén bien y tengan una vida fácil quitándoles todos los obstáculos del camino, así los hijos se sienten bien, pueden con la vida y están llenos de autoestima, pero es un autoestima engañosa. Pronto los padres no podrán seguir quitándoles los obstáculos y protegiéndolos y los hijos no tendrán más remedio que esforzarse para intentar superarlos, la vida se va complicando y tendrán que luchar o bien tirar la toalla, y ese tirar la toalla, huir del esfuerzo y el compromiso puede consistir en dejar a su mujer o a su marido en el camino, abandonar el trabajo con el que mantiene a su familia o conformarse con vivir una vida mediocre. Cuando educamos a nuestros hijos desde pequeños, a los 2, 3, 4…7, 8 años y en adelante no tendríamos que pensar en educarlos para que se porten bien, no causen problemas en la vida familiar cotidiana o para que los demás piensen que somos unos grandes educadores. Deberíamos educarlos ya desde pequeños para que el día de mañana sean libres, felices y capaces de amar. Por supuesto que en esta vida no podemos tener una libertad o una felicidad absoluta pero para que sean lo más libres, lo más felices y lo más capaces de amar posible y esto solo podrá ser así si hemos sabido educarles en la capacidad de esfuerzo, en la capacidad de compromiso, en definitiva ayudándoles para que consigan poco a poco el dominio de sí mismos, que en eso consiste la madurez, en ser capaz de posponer aquello que me gusta o me apetece por un bien mayor, por algo mejor. Con el autodominio tenemos la gran batalla quienes nos dedicamos a la educación de adolescentes, a la educación sexual de adolescentes. Es muy importante lo que han adquirido hasta llegar a esta etapa, así como el modo en que vivan durante la misma. La etapa de la adolescencia es una etapa de transición entre la niñez y la vida adulta y se supone que en esos años han de alcanzar el dominio de sí mismos para llegar a ser adultos responsables capaces de mejorar la sociedad. Hasta la adolescencia hay que enseñar a los hijos a adquirir los valores e ir enseñándoles al mismo tiempo a hacerlo así por amor: porque mamá está contenta, porque hago feliz a papá, porque la profesora o el profesor se alegra, eso será suficiente y muy bueno porque de paso van aprendiendo a amar. Pero al llegar la adolescencia eso se ha terminado y es bueno que sea así. Ya no lo harán más porque quiere su madre, su padre o el profesor, romperán con esa dependencia y si siguen haciéndolo así será solo porque les da la gana que es la mejor razón para hacer las cosas siempre que previa formación se haya aprendido a reconocer y querer el bien. Han de empezar a ser ellos mismos, a tener criterio propio, a ejercer su libertad y responsabilidad en aras del amor y la felicidad que suelen ir siempre de la mano. La educación de la sexualidad es una educación para el amor. La sexualidad no es algo corporal sino algo personal, la persona es hombre o es mujer y lo es en todo lo que hace y es. La mujer, el hombre, cualquier persona, independientemente de sus muchas particularidades desea ser feliz, ha nacido para amar que es la vocación de todo ser humano y solo será feliz en la medida de su capacidad de amar. Amar es dar hasta el punto de darse uno mismo del todo al otro(no haría falta precisar “darse del todo” porque darse no es prestarse). El amor posibilita la entrega a Dios en exclusiva y esa es la vocación de algunos de los que están en esta sala o en esta mesa o bien darse a Dios y por Dios a su mujer o a su marido para hacerle feliz y formar una familia y esa es la vocación de la mayoría de los que estamos aquí y en este grupo me incluyo. Hay que educar a los hijos, a los alumnos o tutorandos para que sean capaces de amar y dignos de ser amados, para que sean capaces de formar un matrimonio unido y una familia estable si esa es su vocación, una familia capaz de transmitir valores, de cambiar el mundo para hacelo mejor, por hacerlo más humano. Concepción Medialdea. Centro Cultural Bancaja. Valencia, 26 de Noviembre del 2001.