La educación al amor de los adolescentes

Este proceso de trivialización y banalización del sexo, que favorece su creciente omnipresencia invasora como producto de consumo, está además blindado contra toda valoración moral negativa. En efecto, cuando la libertad individual de cada uno se erige en el supremo criterio ético, lo que parece signo de tolerancia y liberalidad, se convierte en realidad muy pronto en un nuevo y verdadero dogmatismo que excluye cualquier otra posición que no sea la relativista. De este modo, se convierte en totalmente inadmisible la expresión pública de todo juicio moral auténtico que ha de quedar confinado en la conciencia de cada uno.

A través de esta censura implícita se prohíbe toda crítica y oposición moral a esta invasión que se contempla como positiva en cuanto que supone una aparente ampliación del ámbito de libertad. Como resultado de los dos primeros factores, se considera esta forma genital de la sexualidad como un bien especial de consumo que ha de ser moralmente apreciado, o cuando menos liberado de toda sospecha moral puritana negativa.

Dentro del marco de creciente libertad y ampliación de derechos, se reivindica de un modo bien particular el derecho al placer sexual de todas las personas. Cualquier sospecha que se pueda levantar al respecto es inmediatamente censurada y tachada de intolerante,  fundamentalista o integrista.

De este modo, el relativismo moral según el cual cualquier opinión en temas morales sería igualmente válida, consiente la difusión de este fenómeno sin que se encuentren resistencias morales.