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El amor va guiando el desarrollo de nuestra vida, va construyendo nuestro hogar: primero el amor que es propio de hijos y hermanos, luego la amistad, el enamoramiento, y, sobre todo, el amor adulto y maduro de esposos y padres…

Hay un momento en que nos damos más cuenta de lo que verdaderamente queremos en la vida. No nos basta saber que vivimos; necesitamos sobre todo saber para qué vivimos. Se nos impone con fuerza la pregunta: ¿quién quiero ser? La respuesta se nos va aclarando mientras avanzamos en el amor. En nuestro crecimiento personal hacia la madurez y la vida plena, el amor es fuerza que impulsa, ánimo que sostiene, meta que atrae. Es luz que nos guía. El amor se nos revela en la relación con otras personas.

El amor conyugal es, sin duda, expresión sublime del amor humano. En la vocación al amor conyugal se necesita una “ayuda adecuada”; es imprescindible que exista un(a) co-protagonista especial en nuestra vida, a quien “reconozcamos” y que haga posible una tarea común incomparable: construir un hogar.

Nos convertimos en protagonistas porque hemos conocido el amor y hemos creído en él (1 Jn 4, 16). En nuestra historia, ese amor más decisivo siempre tiene un nombre, un rostro, por el que merece la pena entregar la vida. Todo amor verdaderamente humano requiere un nombre para conservar su dignidad.

Si somos capaces de dar un nombre personal a nuestro amor, nos resultará posible  escribir nuestra historia; habrá una persona con quien buscar una vida en comunión, habrá un camino que recorrer hacia esa comunión de personas, y no quedaremos a merced de las circunstancias y de la volubilidad de los estados de ánimo.

No debemos engañarnos y llamar amor verdadero a lo que no es más que una atracción superficial. Es fácil quedarse con lo que más nos gusta, confeccionar un amor a la carta, que no nos  exija demasiado. Pero resultará pasajero, puramente sentimental, y no nos hará felices.

Quien confunde el amor con un mero sentimiento o con un impulso irrefrenable de la pasión, es que no ha descubierto aún a la persona a la que entregarse, en entera libertad, para un amor fecundo. En realidad, está aún inmerso en una angustiosa soledad. Ni ha conocido el amor ni ha creído en él. Hoy son muchos los que, confundidos, llaman amor a lo que no lo es y se  incapacitan para salir de la soledad. Decir: “Te amo, porque te necesito”, es muy distinto de decir: “Te necesito, porque te amo”.

Recordemos cada uno a personas concretas a las que amamos, sobre todo de nuestra  familia.
Mi amor hacia ellos, ¿cómo ha enriquecido mi vida? (Si no las amara, ¿sería yo la misma persona?) El amor que me tienen, ¿cómo me ha hecho crecer? El testimonio de amor de matrimonios que conozco, ¿me estimula y ayuda?

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Si la experiencia del amor nos ha abierto un camino y nos ha mostrado la posibilidad de una plenitud, falta todavía que cada uno recorra realmente ese camino que lleva a la plenitud. Esto no lo podremos hacer sin un proceso de maduración de nuestros sentimientos y deseos; es decir, purificando nuestros afectos. Éste es el único modo de hacer crecer el amor en la verdad para que alcance su auténtica grandeza.

El primer paso en la purificación del amor es precisamente el firme deseo de permanecer en el amor. Puede parecer muy simple, pero es indispensable. El amor es en sí mismo una llamada a la fidelidad, pero  responder a esta llamada exige compromiso y esfuerzo. Ya no se trata sólo de “estar enamorado”, sino de “permanecer en el amor”, de dejar que este amor sea purificado y madurado. No es verdadero ni maduro el amor que no es fiel a la promesa que conlleva.

En el amor esponsal, junto a la llamada a la fidelidad, existe otro aspecto indispensable: la llamada a la fecundidad. El amor verdadero y maduro no se encierra en sí mismo, sino que sale de sí mismo, se expande, es fecundo, crea nueva vida. El amor auténtico puede no ser fértil, pero nunca es infecundo: siempre da frutos de vida eterna, produce ‘vida abundante’.

Son dos significados que nutren internamente al amor y que corresponde a los cónyuges saber vivir en su convivencia. La comunión única que es el matrimonio, y que no se confunde con ninguna otra, se define por estos dos bienes: la unión personal y definitiva de los cónyuges en la mutua fidelidad, y la procreación. “La unión de los esposos y la transmisión de la vida implican una sola realidad en el dinamismo del amor, no dos, y por ello no son separables, como si se pudiera elegir una u otra sin que el significado humano del amor conyugal quedase alterado” (CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 66)

Recordamos y compartimos las experiencias de fidelidad, a pesar de las dificultades, en la amistad, en el amor de esposos, en el amor de padres… Experiencias que hemos vivido nosotros  mismos o que, por ser de personas que nos son cercanas, influyen en nosotros. Recordamos y compartimos también situaciones en las que resulta difícil  “permanecer en el amor” a causa del egoísmo, o por vivir la sexualidad desligada  del amor y la procreación, o por reducir el amor al mero sentimiento, o por no   aceptar al otro tal como es sino sólo algunas de sus cualidades, o por no ser  capaces de perdonar… A la luz de nuestra experiencia o de las personas que  conocemos, ¿qué acontecimientos han sido importantes para madurar en el amor? ¿cuáles han sido los obstáculos?

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Comprendemos bien que crecer en el amor no significa ahogar nuestros afectos, sino hacerlos duraderos, sanos, fuertes.

Teniendo en cuenta nuestras experiencias que hemos recordado al principio, así como los textos bíblicos que hemos leído y comentado:

¿Qué debemos hacer y que debemos evitar para que nuestro amor madure y vaya hacia su plenitud? Los cristianos sabemos que para que nuestro amor sea auténtico debemos permanecer unidos a Cristo. ¿Qué debemos hacer para permanecer unidos a Cristo? Los  cristianos también debemos ser testigos del amor de Dios en este mundo.

¿Qué debemos hacer para que nuestro amor sea verdaderamente fecundo, dando vida a nuestro alrededor?