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La Palabra de Dios nos ilumina y nos hace contemplar la verdad sobre el amor. Jesucristo ama incondicionalmente, y en Él encontramos la verdadera alegría que nos enriquece y nos hace personas consumadas, plenas, perfectas. En el siguiente pasaje del Evangelio de San Juan podemos fijarnos en algunos rasgos del amor de Jesús:

El amor mueve toda la vida de Jesús.

Jesús ama con el mismo amor con que es amado por el Padre.

Es un amor hasta la muerte, expresión suprema de su entrega.

Da alegría auténtica y plena.

Jesús quiere que su amor mueva toda nuestra vida; que en todo cumplamos su mandato del amor.

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,9-14).

El Señor nos revela qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. Por eso, nosotros alcanzamos la plenitud como hombres y mujeres amando como Jesucristo nos ama y enseña.

¿Cómo nos hace crecer el amor de Jesucristo?

El Evangelio es la Buena Noticia del amor de Dios a los hombres; lo es particularmente para el amor conyugal. Con el deseo sincero de acoger la Buena Noticia leemos el siguiente pasaje del Evangelio:

“Se acercaron unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: ¿Qué os mandó Moisés? Contestaron: Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Marcos 10, 1-9).

En toda época (en la de Jesús y en la nuestra) el amor se vive en la fragilidad y la incoherencia: es nuestra aspiración más profunda, y sin embargo con frecuencia sucumbimos al egoísmo. Ante la incapacidad de un amor total y definitivo, los hombre solemos buscar salidas precipitadas y pobres.

¿Cuál es la respuesta de Jesucristo? Para revelar el misterio del amor esponsal, Jesús se remonta al proyecto originario del Dios Creador. Así, el Señor asume el amor humano, lo purifica de todo egoísmo y lo eleva para que hombre y mujer se unan en comunión perfecta.

De este modo el matrimonio llega a la plenitud querida por Dios, y perdura el amor de los esposos.

Esta es la Buena Noticia de Jesucristo sobre el amor del hombre y la mujer. Así lo enseña el Concilio Vaticano II: “El matrimonio es una comunión íntima de vida y amor” (Gaudium et spes 48).

En este pasaje del Evangelio, ¿qué se nos revela del plan de Dios sobre el  matrimonio?
¿Qué dificultades encuentran hoy los esposos para vivir su fidelidad mutua y su entrega definitiva?

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Los primeros pasos en este camino –el enamoramiento- se conocen desde el principio: la promesa de plenitud, la llamada a una entrega, darse cuenta de que es un camino  largo… La dificultad está en hacer avanzar bien lo que comenzó bien. Es necesario  perseverar con “fidelidad creadora” ante los acontecimientos nuevos de una historia en la que Dios nos llama y nos espera. En esta nueva etapa la guía es la vocación al amor, que nos saca de nosotros mismos. Responder a la llamada será, lógicamente, salir al encuentro de la persona amada para entregarse a ella. El camino que lleva a la plenitud de vida que buscamos es el amor esponsal.

Vivir una historia de amor, puesto que se vive en libertad, implica responsabilidad. Podemos elegir unas acciones u otras, con las que nos   aproximamos a la meta o malogramos nuestro destino: podemos construir una vida o  fracasar. Para acertar es importante estar atentos a cómo se nos revela el amor; esto es,  tener la sensibilidad adecuada para descubrir y guardar las distintas “palabras de amor”  que recibimos.

Además, amar de esa manera es una decisión que tomamos libremente, y lleva consigo un riesgo: el riesgo de no ser correspondidos por la persona a la que amamos, a la que nos  confiamos, en cuyas manos nos ponemos. Quien ama, se hace vulnerable.

“El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad -sólo esta persona-, y en el sentido del «para siempre ». El amor engloba la existencia entera y en todas sus  dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 6).

En el amor conyugal, la fascinación que suscita la belleza de la persona amada hace que surja un deseo: querer compartir la vida por completo y para siempre, construir juntos un hogar. No sólo compartir cosas, sino el corazón mismo, la intimidad, uno mismo, la  propia libertad: “Me entrego a ti, te pertenezco, me debo a ti”. Y esto, mutuamente.

Pablo VI describe los rasgos fundamentales del amor conyugal:

“Es, ante todo, un amor  plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.
Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.
Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo. El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera.
Es, por fin, un amor fecundo que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. ‘El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres’ (GS 50)” (Pablo VI, Humanae vitae, 9).

El Directorio de la Pastoral familiar de la Iglesia en España n. 35, resume estos rasgos del amor esponsal:

un amor – incondicional (te creo, me fío de ti y me confío a ti);
un amor – exclusivo (para mí no hay otra persona más que tú);
un amor – definitivo (me entrego a ti por completo y para siempre);
un amor – corpóreo (amor abierto, capaz de comunicarse, que se expresa a través del cuerpo generando vida).

En el lenguaje del amor conyugal hay que tener en cuenta también el lenguaje del cuerpo. La ofrenda del cuerpo sólo es real y genuina cuando expresa auténticamente el amor de los esposos. No se vive la sexualidad separada del corazón ni de la mente; precisamente el amor es lo que les da unidad. El cuerpo del varón es para el cuerpo de la mujer, y el de la mujer para el del varón, creados ambos para la entrega recíproca. Sólo el amor conyugal tiene la llave que abre el significado de la sexualidad y revela su aspecto verdaderamente positivo para la persona. Por eso el matrimonio es la realización plenamente humana del amor sexual, pues en él se da la entrega de la sexualidad completa y fecunda, propia y exclusiva del amor entre los esposos, que excluye los demás amores. Por todo ello, saber interpretar el significado de la experiencia amorosa equivale a saber situarla en el marco de nuestra vida considerada en su globalidad.

“La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos  propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo  verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente. Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y concorde de los padres.
El único “lugar” que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo, que sólo bajo esta luz  manifiesta su verdadero significado” (Juan Pablo II, Familiaris consortio, 11).