DESCARGAR PDF: El programa Teen Star para la educación afectivo-sexual

Esta pedagogía del amor tiene lugar de muchos modos. El lugar primero donde se aprende a amar es, por vocación, la familia misma. Allí es donde se aprenden las primeras lecciones de generosidad, de escucha, de paciencia, de  sufrimiento, de atención presurosa por el otro. No es casualidad que la crisis de la afectividad esté estrechamente vinculada a la crisis de la institución familiar. Después, el círculo de amistades, los diversos elementos del tejido social, el ámbito donde las familias se encuentra con otras familias, deberían contribuir a este proceso.

De especial importancia es la ayuda que deben recibir los padres, como primeros educadores, de los colegios, así como la necesidad de una pastoral parroquial familiar donde la educación de la afectividad y sexualidad debe estar presente.

La familia es una institución natural en la que se nace, crece y se muere como persona. Es natural, no es sólo una   institución social o una creación social, si lo fuera ya habría sido sustituida dependiendo de muchos factores, fundamentalmente de índole política. Es la institución que hace posible al hombre desde el nacimiento o mejor desde el momento de la concepción, el disfrute o el ejercicio de algunos derechos esenciales.

De la misma manera que los animales necesitan un hábitat adecuado para desarrollarse plenamente, que variará dependiendo de la especie, el hombre para desarrollar plenamente sus capacidades necesita de la familia, la cual es su hábitat natural.

Por lo tanto es en el seno de la familia donde realmente crecemos como personas para el amor, donde tenemos la primera experiencia de amor y donde realmente se nos puede enseñar a amar, la familia es la verdadera escuela para la educación en el amor y los maestros son los padres, los cónyuges. Después del amor filial, el amor que descubrimos es el que se tienen nuestros padres y esta vivencia será fundamental para el amor conyugal futuro.

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S. Agustín en sus confesiones afirma que el amor es mi peso. Porque como la fuerza de la gravedad es la fuente del movimiento, que nos atrae constantemente.

A la hora de educar a nuestros hijos lo primero que tenemos que pensar es que queremos conseguir, después pensaremos como. El educador debe querer el bien para el educando. Debemos educar para preparar a los hijos para la vida, no para la buena vida, sino para la vida buena. Para reconocer el Bien, la Verdad y la Vida en función de la virtud.

La necesidad de educar en el amor se entiende cuando se conoce su fragilidad. Lo que descubrimos, el ideal que nos mueve, es una unidad singular en la comunión: “una sola carne”. Ahora bien, esta unidad ideal intuida por las personas que se enamoran encuentra distintas dificultades.

La primera dificultad es que los dinamismos activados en los enamorados sonvividos de manera distinta por las  diferentes personas. Dificultad en habérselas con el mundo del afecto, que escapa al dominio directo del hombre, o con el mundo impulsivo que presenta exigencias a la persona, o con la dificultad de vivir en la ley moral que nace de la misma estructura del amor. La fragilidad de todo amor es olvidar la verdad y riqueza de la persona.

Otra dificultad es la percepción del otro como objeto de placer. La sexualidad es fuente de placer intenso, pero este, no es el objetivo último de la misma. El uso de la sexualidad así vivida es ahora una experiencia desgajada del conjunto de
la relación entre personas, y del planteamiento general de una vida.

La tercera dificultad es la de idolatrar el placer sexual tanto como para justificar los errores por el hecho de amar a la otra persona. El hombre lleva dentro de sí la necesidad de amar y tiende a ello, por lo que la vocación al amor, independientemente de las dificultades con las que se encuentre, la tiene de manera originaria. El Amor conyugal es la manifestación más clara de esa vocación. Por tanto, es necesario educar al hijo para que sea capaz de llegar al don de sí, creando una  comunión interpersonal.

Llamados al amor – Archimadrid
La vocación al amor es la vocación fundamental de todas las personas; la llevamos inscrita en todo nuestro ser, en nuestro cuerpo y en nuestra alma. El matrimonio es respuesta a esta vocación y se funda en un amor peculiar: el amor conyugal.

El amor conyugal no es un mero impulso que nos arrastra. Nace de la admiración ante la belleza del ser del otro. Se puede decir que el amor es una revelación que recibimos. Actúa como una luz que ilumina toda nuestra vida y hace que nos conozcamos cada vez mejor, una luz que permite interpretar la propia vida en las circunstancias más diversas, una “luz que guía toda la vida hacia la plenitud”.

El amor hace crecer nuestro “yo”, y el amor conyugal con más razón… Nuestro “yo”  se despierta y se encamina hacia la madurez, cuando reconocemos un “tú” que nos sorprende amándonos, descubriéndonos, llamándonos por el nombre, haciéndonos distintos de las demás personas.
El “yo” nace siempre de una relación, pues nadie podrá jamás hacerse a sí mismo. Debo mi origen a otro y para realizarme tengo necesidad de otro.

El amor es además una llamada a la comunión con la otra persona, respetando su total libertad y reconociendo el valor absoluto de su dignidad. La persona amada nos aparece con tal valor, que entendemos que es bueno gastar la vida por ella, vivir para ella.

Como todo amor, el amor conyugal es algo que el hombre descubre en un momento determinado de su vida, no es algo deducible y planificable. El mismo contenido de este amor es una verdadera revelación; nace de la admiración ante la belleza del otro e incluye una llamada a la comunión. Tal llamada implica libertad de ambos y la totalidad de la persona. Por eso mismo, es una aceptación implícita del valor absoluto de la persona humana. La persona amada nos aparece con tal valor, que entendemos que es bueno gastar la vida por ella, vivir para ella. Esta es la revelación básica del amor conyugal.
No se trata entonces de un mero sentimiento, a merced de la inseguridad que engendra la mutabilidad de los estados de ánimo. Tampoco es un simple impulso natural irracional que parecería irrefrenable. Ambas concepciones son ajenas a la libertad humana y, por ello, incapaces de formar una verdadera comunión. Aquí nos encontramos con un amor que es aceptación de una persona en una relación específica cuyo contenido no es arbitrario (Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 60).

En esta revelación del amor, que nos fascina, la luz de la Palabra nos hace ver el amor de Dios que sale a nuestro encuentro, que está de alguna forma presente en el amor que sentimos hacia la otra persona. Nos vemos introducidos en una historia de amor a la que somos invitados personalmente como protagonistas. Dios cuenta con nosotros y con nuestra familia para desvelar y realizar su Misterio de amor.

Este encuentro entre el hombre y la mujer también expresa el anuncio de una nueva búsqueda.
Hombre y mujer no estamos hechos para nosotros mismos, sino que vivimos en la búsqueda de algo más. Queremos algo más que la vida, queremos amar y ser amados para siempre. No hemos recibido el don de la vida para sobrevivir, sino para amar y ser amados, para crecer en ese amor, para ser transformados por ese amor, para ser liberados y encontrar la felicidad. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Génesis 2,24). Será un futuro que llenará nuestras vidas y que ya ahora dirige nuestras acciones para lograr esa plenitud que vislumbramos como una promesa.

El amor nos hace ver en la persona amada –el hombre en la mujer, la mujer en el  hombre- a alguien que, con su presencia, suscita nuevas promesas y horizontes de vida, alguien con quien compartir una vida y un proyecto. La persona amada es una invitación constante a la plenitud que se alcanza formando una comunión de personas. El amor inaugura así un camino en la vida, muy diferente de una mera sucesión de momentos más o menos intensos; camino hacia la plenitud que, sin embargo, sólo se tiene en promesa: se irá recibiendo mientras se avanza guiados por la luz del amor.