DESCARGAR PDF: El programa Teen Star para la educación afectivo-sexual

Esta pedagogía del amor tiene lugar de muchos modos. El lugar primero donde se aprende a amar es, por vocación, la familia misma. Allí es donde se aprenden las primeras lecciones de generosidad, de escucha, de paciencia, de  sufrimiento, de atención presurosa por el otro. No es casualidad que la crisis de la afectividad esté estrechamente vinculada a la crisis de la institución familiar. Después, el círculo de amistades, los diversos elementos del tejido social, el ámbito donde las familias se encuentra con otras familias, deberían contribuir a este proceso.

De especial importancia es la ayuda que deben recibir los padres, como primeros educadores, de los colegios, así como la necesidad de una pastoral parroquial familiar donde la educación de la afectividad y sexualidad debe estar presente.

La familia es una institución natural en la que se nace, crece y se muere como persona. Es natural, no es sólo una   institución social o una creación social, si lo fuera ya habría sido sustituida dependiendo de muchos factores, fundamentalmente de índole política. Es la institución que hace posible al hombre desde el nacimiento o mejor desde el momento de la concepción, el disfrute o el ejercicio de algunos derechos esenciales.

De la misma manera que los animales necesitan un hábitat adecuado para desarrollarse plenamente, que variará dependiendo de la especie, el hombre para desarrollar plenamente sus capacidades necesita de la familia, la cual es su hábitat natural.

Por lo tanto es en el seno de la familia donde realmente crecemos como personas para el amor, donde tenemos la primera experiencia de amor y donde realmente se nos puede enseñar a amar, la familia es la verdadera escuela para la educación en el amor y los maestros son los padres, los cónyuges. Después del amor filial, el amor que descubrimos es el que se tienen nuestros padres y esta vivencia será fundamental para el amor conyugal futuro.

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El amor lo hemos experimentado siempre: desde pequeños alguien nos ha querido y hemos querido a alguien. Quizá no lo pensábamos; simplemente lo sabíamos y éramos felices. A medida que crecíamos y nos hacíamos más independientes, hemos ampliado el círculo de relaciones, y con algunas personas hemos vivido una amistad más intensa y más consciente; saber que podíamos contar con las personas amigas nos daba confianza y nos  llenaba de alegría. Pero ha habido un momento en nuestra vida –seguro que lo recordamos bien- en que, al encontrar a otra persona, hemos sentido el amor como algo nuevo, como si fuera la primera vez que amábamos y nos sabíamos amados. Fue un verdadero descubrimiento, como una luz nueva que nos guía en nuestra vida por un camino que promete llevarnos a la felicidad plena.

¿Estás de acuerdo con esta descripción de la experiencia del amor? ¿Se parece a lo que tú has vivido?

¿Cómo ha influido en el desarrollo de tu vida sentirte amado? ¿Por qué crees que es importante?

Hay personas que no han conocido el amor. ¿Cómo crees que esto las afecta?

Verdaderamente no podemos forzar el amor para que surja en nuestra vida. Pero el hecho es que, antes de que hayamos elegido nada en la vida, ya nos sentimos amados y amando. El ser humano no podría conocer lo que es el amor si no hubiera sido amado. Es más, no podría vivir sin amor.

“El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí  mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”  (Juan Pablo II, Redemptor hominis 10).

El amor se nos va revelando: en los padres, en los hermanos, en los amigos, en el esposo o la esposa, en los hijos… A medida que lo descubrimos, nos hace vislumbrar la fuente de la que nos llega.

Nuestro amor es siempre respuesta a un amor que hemos recibido antes.
Pero ¿de dónde viene el amor que recibimos a lo largo de nuestra vida? ¿Y adónde nos lleva?

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El amor va guiando el desarrollo de nuestra vida, va construyendo nuestro hogar: primero el amor que es propio de hijos y hermanos, luego la amistad, el enamoramiento, y, sobre todo, el amor adulto y maduro de esposos y padres…

Hay un momento en que nos damos más cuenta de lo que verdaderamente queremos en la vida. No nos basta saber que vivimos; necesitamos sobre todo saber para qué vivimos. Se nos impone con fuerza la pregunta: ¿quién quiero ser? La respuesta se nos va aclarando mientras avanzamos en el amor. En nuestro crecimiento personal hacia la madurez y la vida plena, el amor es fuerza que impulsa, ánimo que sostiene, meta que atrae. Es luz que nos guía. El amor se nos revela en la relación con otras personas.

El amor conyugal es, sin duda, expresión sublime del amor humano. En la vocación al amor conyugal se necesita una “ayuda adecuada”; es imprescindible que exista un(a) co-protagonista especial en nuestra vida, a quien “reconozcamos” y que haga posible una tarea común incomparable: construir un hogar.

Nos convertimos en protagonistas porque hemos conocido el amor y hemos creído en él (1 Jn 4, 16). En nuestra historia, ese amor más decisivo siempre tiene un nombre, un rostro, por el que merece la pena entregar la vida. Todo amor verdaderamente humano requiere un nombre para conservar su dignidad.

Si somos capaces de dar un nombre personal a nuestro amor, nos resultará posible  escribir nuestra historia; habrá una persona con quien buscar una vida en comunión, habrá un camino que recorrer hacia esa comunión de personas, y no quedaremos a merced de las circunstancias y de la volubilidad de los estados de ánimo.

No debemos engañarnos y llamar amor verdadero a lo que no es más que una atracción superficial. Es fácil quedarse con lo que más nos gusta, confeccionar un amor a la carta, que no nos  exija demasiado. Pero resultará pasajero, puramente sentimental, y no nos hará felices.

Quien confunde el amor con un mero sentimiento o con un impulso irrefrenable de la pasión, es que no ha descubierto aún a la persona a la que entregarse, en entera libertad, para un amor fecundo. En realidad, está aún inmerso en una angustiosa soledad. Ni ha conocido el amor ni ha creído en él. Hoy son muchos los que, confundidos, llaman amor a lo que no lo es y se  incapacitan para salir de la soledad. Decir: “Te amo, porque te necesito”, es muy distinto de decir: “Te necesito, porque te amo”.

Recordemos cada uno a personas concretas a las que amamos, sobre todo de nuestra  familia.
Mi amor hacia ellos, ¿cómo ha enriquecido mi vida? (Si no las amara, ¿sería yo la misma persona?) El amor que me tienen, ¿cómo me ha hecho crecer? El testimonio de amor de matrimonios que conozco, ¿me estimula y ayuda?