La educación al amor de los adolescentes

Romano Guardini, en su conocida obra “Las etapas de la vida”1, afirma que en la crisis de la pubertad aparecen fuertemente subraya dos  impulsos básicos: la autoafirmación individual y el instinto sexual. Del primero nace la constante rebelión del adolescente, la oposición a toda autoridad, la desconfianza hacia lo que otros dicen o la facilidad para ser seducido por las ideas más necias.

Del segundo, al no estar todavía integrada la sexualidad en la persona y no saber interpretarla bien, surge la inseguridad, la tendencia a replegarse sobre sí mismo, la formación de un ámbito de intimidad que pierde con frecuencia la relación con el entorno y la realidad.

Las dos dimensiones señaladas, el deseo de autoafirmación y la ambigüedad de su sexualidad, convergen hacia el gran objetivo de la educación en esta etapa de la vida: que el joven logre dar una respuesta a la pregunta por la propia identidad. La identidad del hombre es narrativa2. Es decir, la pregunta ¿quién soy yo? es abierta, existencial, está siempre presente en la vida de cada uno de nosotros y provoca nuestra libertad. Pero en esta edad de la adolescencia se hace especialmente urgente y acuciante, pues la respuesta inicial “soy hijo de” se percibe ahora como totalmente precaria e insuficiente. En efecto, el paso de la niñez a la adultez supone la maduración del amor filial y fraternal. Las experiencias de la filiación y la fraternidad han de consentir un crecimiento hacia un amor esponsal sea en su modalidad virginal o conyugal. Tanto el amor virginal como el amor conyugal son irrevocables.

La resistencia de los adolescentes a una elección definitiva no es de hoy3. Sin embargo, percibimos que franquear esta crisis se hace actualmente singularmente difícil y dramático, por múltiples y complejos motivos. La raíz de esta ambigüedad se encuentra en que para entregar la vida es preciso apoyarse en una autoridad que aparece ahora como ausente, evanescente, totalmente inevidente.

Me limitaré a señalar únicamente dos factores culturales que contribuyen a una notable ralentización en la maduración de las personas: se podrían designar de modo sintético como el adolescentrismo y el pansexualismo. Cada uno de ellos afecta respectivamente a los dos impulsos básicos mencionados por Guardini.

Un breve análisis de estos factores nos puede ayudar a interpretar mejor la realidad y el entorno en que vivimos, para poder encontrar en sus luces y sus sombras, en sus posibilidades y dificultades, algunas pistas y caminos por los que podamos afrontar la educación al amor de nuestros adolescentes.