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El amor lo hemos experimentado siempre: desde pequeños alguien nos ha querido y hemos querido a alguien. Quizá no lo pensábamos; simplemente lo sabíamos y éramos felices. A medida que crecíamos y nos hacíamos más independientes, hemos ampliado el círculo de relaciones, y con algunas personas hemos vivido una amistad más intensa y más consciente; saber que podíamos contar con las personas amigas nos daba confianza y nos  llenaba de alegría. Pero ha habido un momento en nuestra vida –seguro que lo recordamos bien- en que, al encontrar a otra persona, hemos sentido el amor como algo nuevo, como si fuera la primera vez que amábamos y nos sabíamos amados. Fue un verdadero descubrimiento, como una luz nueva que nos guía en nuestra vida por un camino que promete llevarnos a la felicidad plena.

¿Estás de acuerdo con esta descripción de la experiencia del amor? ¿Se parece a lo que tú has vivido?

¿Cómo ha influido en el desarrollo de tu vida sentirte amado? ¿Por qué crees que es importante?

Hay personas que no han conocido el amor. ¿Cómo crees que esto las afecta?

Verdaderamente no podemos forzar el amor para que surja en nuestra vida. Pero el hecho es que, antes de que hayamos elegido nada en la vida, ya nos sentimos amados y amando. El ser humano no podría conocer lo que es el amor si no hubiera sido amado. Es más, no podría vivir sin amor.

“El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí  mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”  (Juan Pablo II, Redemptor hominis 10).

El amor se nos va revelando: en los padres, en los hermanos, en los amigos, en el esposo o la esposa, en los hijos… A medida que lo descubrimos, nos hace vislumbrar la fuente de la que nos llega.

Nuestro amor es siempre respuesta a un amor que hemos recibido antes.
Pero ¿de dónde viene el amor que recibimos a lo largo de nuestra vida? ¿Y adónde nos lleva?

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La Palabra de Dios nos ilumina y nos hace contemplar la verdad sobre el amor. Jesucristo ama incondicionalmente, y en Él encontramos la verdadera alegría que nos enriquece y nos hace personas consumadas, plenas, perfectas. En el siguiente pasaje del Evangelio de San Juan podemos fijarnos en algunos rasgos del amor de Jesús:

El amor mueve toda la vida de Jesús.

Jesús ama con el mismo amor con que es amado por el Padre.

Es un amor hasta la muerte, expresión suprema de su entrega.

Da alegría auténtica y plena.

Jesús quiere que su amor mueva toda nuestra vida; que en todo cumplamos su mandato del amor.

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,9-14).

El Señor nos revela qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. Por eso, nosotros alcanzamos la plenitud como hombres y mujeres amando como Jesucristo nos ama y enseña.

¿Cómo nos hace crecer el amor de Jesucristo?

El Evangelio es la Buena Noticia del amor de Dios a los hombres; lo es particularmente para el amor conyugal. Con el deseo sincero de acoger la Buena Noticia leemos el siguiente pasaje del Evangelio:

“Se acercaron unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: ¿Qué os mandó Moisés? Contestaron: Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Marcos 10, 1-9).

En toda época (en la de Jesús y en la nuestra) el amor se vive en la fragilidad y la incoherencia: es nuestra aspiración más profunda, y sin embargo con frecuencia sucumbimos al egoísmo. Ante la incapacidad de un amor total y definitivo, los hombre solemos buscar salidas precipitadas y pobres.

¿Cuál es la respuesta de Jesucristo? Para revelar el misterio del amor esponsal, Jesús se remonta al proyecto originario del Dios Creador. Así, el Señor asume el amor humano, lo purifica de todo egoísmo y lo eleva para que hombre y mujer se unan en comunión perfecta.

De este modo el matrimonio llega a la plenitud querida por Dios, y perdura el amor de los esposos.

Esta es la Buena Noticia de Jesucristo sobre el amor del hombre y la mujer. Así lo enseña el Concilio Vaticano II: “El matrimonio es una comunión íntima de vida y amor” (Gaudium et spes 48).

En este pasaje del Evangelio, ¿qué se nos revela del plan de Dios sobre el  matrimonio?
¿Qué dificultades encuentran hoy los esposos para vivir su fidelidad mutua y su entrega definitiva?