descargar PDF: Llamados al amor – Archimadrid

En el amor hay siempre un “girarse” hacia el otro, por el que comprendo que hay otro que “vive para mi” y que yo soy “para” él. Pero es propio de la madurez del amor que no se “gire” sólo hacia una particularidad del otro, sino que abrace la totalidad de su existencia y todas sus dimensiones, que incluya a la persona en su integridad.

Al “volvernos” hacia el otro, nuestro amor se hace más valioso según su capacidad de buscar el auténtico bien para la persona amada, y no tanto por la intensidad del sentimiento que genera.

“Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca” (Deus caritas est, n.6).

El amor auténtico dirige realmente nuestras acciones y es capaz de construir una vida en común,   sostenida por bienes objetivos. En esto se distingue el amor verdadero, al que  somos llamados, de los amores falsos que tratan de seducirnos. Un amor que se reduce a una de las dimensiones de la persona, sin tener en cuenta la totalidad y  la integridad de la persona, está falseado. Origina una peligrosa desviación del  camino que nos habíamos propuesto, ya que puede atentar contra la dignidad del otro, e incluso deshumanizarlo.

Hoy es muy fuerte la tendencia a reducir el amor a pura excitación sexual. Se diría que vivimos rodeados de un pansexualismo ambiental. a) La sexualidad se reduce a simple genitalidad. b) Esta sexualidad es tratada como objeto de consumo. c) Se reclama la presencia de la genitalidad y su consumo como un hecho normal e incluso se considera buena la tendencia social que orienta hacia dicho consumo. Sin embargo, someterse a estos principios  materialistas y consumistas, dejándose llevar por el principio del placer más intenso, engendra un gran vacío y una profunda tristeza.

“Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo. Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro ‘sexo’, se convierte en mercancía, en simple ‘objeto’ que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su ser, para emplearla y  explotarla de modo calculador. Una parte, además, que no aprecia como ámbito de su libertad, sino como algo que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez. En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. La aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza. Ciertamente, el eros quiere remontarnos ‘en éxtasis’ hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación” (Deus caritas est, n. 5).

En este camino de maduración y crecimiento siempre estará presente la figura del perdón, un don nuevo que brota de lo profundo del amor de Dios. En el seno familiar, el perdón arranca del mismo amor conyugal. Transformado por el Espíritu, el amor conyugal se hace participación del amor de Cristo que perdona; se convierte en amor de misericordia.

¿Podrán perdonarse los esposos? Sí, si reconocen que la fuente de su amor es un amor de misericordia que está por encima de ellos y los une. Sí, si son sensibles a la debilidad del cónyuge que necesita un amor renovado para poder alcanzar la plenitud prometida.

La  necesidad de perdón –y el perdonar- cabe perfectamente en el crecimiento del amor. El amor verdadero es capaz de generar una entrega nueva de sí mismo, alcanzando una plenitud nueva. La palabra perdón, compuesta de per y don, quiere decir don consumado; igual que per-fecto quiere decir “completamente hecho”, o per-durar quiere decir “prolongar la duración”.

“Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la familia cristiana es la acogida de la llamada evangélica a la conversión, dirigida a todos los cristianos que no siempre permanecen fieles a la «novedad» del bautismo que los ha hecho ‘santos’. Tampoco la familia es siempre coherente con la ley de la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en el sacramento del matrimonio.

El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI en la encíclica Humanae vitae (n. 25): ‘Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia’.

La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión de la familia, los esposos y todos los  miembros de la familia son alentados al encuentro con Dios ‘rico en misericordia’ (Ef 2,4), el cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión familiar” (Familiaris consortio, n. 58).

Tendríamos que llegar a querer lo mismo que el Señor. La unión con Él hace posible que lleguemos a ver y a sentir como Él mismo. El encuentro con Cristo llega a transformar el sentimiento, dándole un gusto nuevo. Así nace en nosotros un corazón nuevo, purificado, capaz de apreciar lo que verdaderamente construye una amistad, y especialmente, la necesidad de amor que sienten las personas.

“[Dios] nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este ‘antes’ de Dios puede nacer



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