Llamados al amor – Archimadrid

En nuestra experiencia de amor vislumbramos que existe una realidad distinta y superior a lo que somos nosotros mismos. Hay una revelación: la alegría que encontramos en el amor puede ir a más, puede ser plena. Hay un deseo: queremos esa plenitud. Hay un impulso: estamos dispuestos a hacer todo lo necesario para alcanzarla. En el amor está implícita una trascendencia, que nos permite superar lo puramente material y dirigirnos a la plenitud de vida que anhelamos. Es una trascendencia que nos anima a salir de nosotros mismos y buscar al otro.

En la Primera Carta de San Juan encontramos afirmaciones sobre ese deseo de plenitud en el amor y en la alegría, y sobre el camino para alcanzarla. No, no es pretensión indebida, ni locura sin sentido, ni pura fantasía.

“En esto consiste el amor: no en  que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados. Queridos hermanos: si Dios nos amó de  esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud” (1 Juan 4,10-12).

Dios nos crea por amor y para el amor; pone en nosotros el deseo de amar y nos hace sentir la alegría de  amar y de ser amados. En Jesucristo nos muestra Dios el camino del amor más grande y de la perfecta alegría. ¿Podemos decir algo acerca de cómo lo que nos ha sido  revelado en Jesús influye en nuestro amor y en nuestra alegría?

Para purificar el afecto y madurar en el amor tenemos que saber discernir si lo que la sociedad nos propone, está acorde o no con la voluntad de Dios. Un texto de la carta de san  Pablo a los cristianos de Roma nos avisa de la necesidad de renovar nuestra mente:

“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a  vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Romanos 12,1-2).

¿Es verdad que a los cristianos, a veces, se nos hace difícil entender y vivir el amor en su plenitud porque nos “acomodamos al mundo presente”? ¿Se podrían  recordar algunos casos?

¿Crees que nuestra manera de vivir el amor tiene que ver  on ofrecernos a nosotros mismos “como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”?

En la Fiesta de la Sagrada Familia leemos otro pasaje de la carta de san Pablo a los Colosenses, donde nos habla del perdón:

“Sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo” (Colosenses 3, 12-15).

Seguro que hemos vivido situaciones de pedir perdón y de perdonar, también, por supuesto, en el matrimonio. ¿Cómo nos hemos sentido al perdonar o ser  perdonados? ¿Hemos tenido alguna dificultad?

En el evangelio de Juan  encontramos una bellísima imagen que utiliza Jesús para decirnos que para dar  fruto, para que nuestro amor sea de verdad ‘fecundo’, debemos permanecer unidos a Él, como los sarmientos a la vid.

“Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los  sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque  separados de mí no podéis hacer nada” (Juan 15,4-5).

¿Cómo influye la unión con Cristo en la manera de vivir nuestro amor?



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