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Como consecuencia del primer factor, se verifica una ilimitada invasión de mensajes de contenido sexual, la exaltación de la llamada libertad sexual, la omnipresencia de lo sexual en todos los ámbitos culturales: publicidad, prensa, radio, cine, televisión, internet, espectáculos, educación, ocio, deporte, trabajo… Estudios recientes han mostrado que el 75% de las películas que se ven en la televisión por cable son pornográficas, con escenas cada vez más violentas y agresivas, porcentaje que aumenta hasta un 92% entre los clientes de los  hoteles. La proliferación de imágenes sexuales demuestra que vivimos en una sociedad erotizada, que permanentemente excita a los individuos desde el punto de vista sexual, condicionando fuertemente la elaboración de la sexualidad juvenil. Muchos jóvenes, de hecho, visitan las páginas web pornográficas, y algunos de ellos, así alimentados, se encierran en una sexualidad imaginaria y violenta, en la que domina una masturbación vivida como fracaso de llegar al otro y que por lo tanto puede complicar la elaboración del impulso sexual. La masturbación, si dura en el tiempo, es siempre síntoma de un problema afectivo y de una falta de madurez sexual.

La propaganda tiende, pues, a cosificar la sexualidad y a hacer de ella objeto de consumo. Se trata de una concepción utilitarista que se aplica a la sexualidad considerándola un producto de consumo. La sociedad del bienestar basa su éxito en la promesa de satisfacción de los deseos humanos en un modo inimaginable. Esta sociedad logra hacer permanente la no-satisfacción. Como toda relación es débil, tratemos de tener cuantas más mejor, de modo que podamos encontrar aquí y allá algo que nos satisfaga, comprensión o simpatía. El criterio comercial para extender su consumición es claro: más cantidad, mayor rapidez de excitación, más intensidad de placer.

Este uso de la sexualidad genera, además, una gran cantidad de intereses económicos que la convierten en un mercado atractivo y floreciente que rinde cuantiosos beneficios y que, por ello, se extiende en numerosas ramificaciones: el negocio de la pornografía, la prostitución, los medios anticonceptivos, el aborto, etc. La sexualidad se considera un fin lucrativo y de compraventa. Su oferta genera y promueve una repetición de experiencias sexuales, cuya consumición masiva es el fin que se persigue. La invasión y saturación de sexo parece atravesar transversalmente toda la cultura de la sociedad actual, que sorprende al hombre en cualquier esquina, anuncio, revista, programa, película, dirección de internet… creando una sensación de indefensión que resulta no pocas veces abrumadora, con la tentación de resignarse a no poder hacer nada, a tener que “habituarse a convivir” con todo ello.



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