DESCARGAR pdf:  El programa Teen Star para la educación afectivo-sexual
El gran reto educativo es que el joven haga suyo, la sexualidad que nace en el joven sin pedirle permiso. La sexualidad es un componente esencial de la persona humana, en la sociedad actual tiene una gran importancia la cultura del cuerpo, con sus aspectos positivos y negativos. Es positivo el hecho de que se valora el cuidado del cuerpo, se luche contra su degradación, se rechace la tortura y la pena de muerte, se trabaje contra la manipulación de órganos y se defienda una sexualidad plena, pero también tiene aspectos negativos, tales como: se reduce el cuerpo a un mero  reclamo publicitario, se compra y vende el cuerpo, se separa el sexo del afecto y se banaliza el lenguaje del cuerpo.

Todo esto induce a unas pautas de comportamiento sexual en el sentido de que hay una reducción de lo sexual a lo  genital, se busca en todo momento la ambigüedad en la diferenciación sexual y se incita a lo instintivo y se justifican o se evitan las consecuencias.

En resumen las pautas perseguidas son que el único fin del sexo sea el placer y que este placer no suponga riesgo ni responsabilidad alguna.

Todo ello no hace que nuestros jóvenes se sientan más felices, sino que al contrario se frustran con una realidad sexual que no se corresponde con la naturaleza de la persona.

Ante la situación actual a nuestra juventud, desde diversas instancias, se le hacen las siguientes propuestas:

1.- Prohibir totalmente ciertos comportamientos, imponiéndose “desde fuera” sin dar razones que involucren la capacidad de reflexión crítica, ni la capacidad de informarse.

2. Facilitar anticonceptivos: De este modo se separa totalmente el acto sexual de sus consecuencias naturales, quitándoles el peso de una responsabilidad.

Ambas propuestas han demostrado ampliamente su inefectividad ya que ninguna de las dos afronta una de las tareas más importante del desarrollo del joven: la integración de la recientemente desarrollada capacidad sexual con la personalidad total del joven como hombre y mujer.

Ambos enfoques son inherentemente no educativos.

Ante la educación de la sexualidad hay padres que prohíben tajantemente “ciertos temas” o bien se evaden y los ignoran, como consecuencia de ambas posturas los jóvenes crecen desorientados y con dudas, dudas que resolverán ¡por supuesto! a veces en el momento menos oportunos, por la persona menos indicada y con una información seguramente no del todo correcta. Más vale llegar 15 minutos antes que un segundo tarde.

Esto se traduce también en dos posturas educativas: “la vida misma educara a nuestros hijos, sin necesidad de la intervención de los adultos” y “es mejor que otros más especializados se encarguen de la educación de mis hijos. La realidad tal y como se ha comentado anteriormente es que no sólo es posible que los padres eduquen a los hijos, también sexualmente, sino que es una necesidad vital.

Son necesarios algunos aspectos a tener en cuenta a la hora de evaluar y elegir un programa de educación afectivo-sexual que nos pueda servir de alternativa frente a los poderosos programas, ya en uso y favorecidos por instancias oficiales en todos los países con la participación de conocidas organizaciones internacionales.

Estos criterios nacen de la convicción que el fundamento de la educación es la realidad. Y cuando se aprende a reconocer en el propio cuerpo los signos de la fecundidad y de todos los fenómenos que la acompañan, vemos cómo miles y miles de jóvenes de numerosos países del mundo entero descubren con asombro que todo lo humano está interrelacionado en lo más hondo, hasta comprobar que la plenitud de la persona humana corresponde a la profundidad del deseo abrigado por su propio corazón.

1. Un programa tiene que ser “abierto”, en el sentido que pueda responder a las preguntas de cualquier grupo de  adolescentes, independientemente del nivel cultural, económico o religioso.

2. Un programa de educación de la afectividad y de la sexualidad tiene que educar a los jóvenes a percibir la sexualidad como una totalidad orgánica que implica todas las dimensiones de la propia experiencia humana: razón, libertad, afectividad, superando la corriente que separa la dimensión afectiva de las exigencias de la corporeidad, y corrigiendo la idea errónea de que las acciones de un sujeto sólo pueden tener una resonancia externa, pero no acarrean consecuencias para la dimensión psíquico – afectiva.

3. Tiene que responder a la búsqueda de tantos adultos (en primer lugar los padres y maestros), seriamente preocupados por la tarea educativa, que sienten la urgencia de ayudar a las nuevas generaciones a redescubrir el valor de la propia sexualidad, pero no entendida como un mero recurso cuyo manejo hay que conocer, para utilizarlo con las menores consecuencias posibles, sino más bien como un don y una riqueza que requieren cultivo a través de una verdadera educación sexual, cuidadosa de la totalidad de la persona.

4. Un programa de educación de los jóvenes para la afectividad y la sexualidad y para el amor, presupone una adecuada comprensión del misterio de la persona humana, una antropología muy definida, que hoy en día se ve ampliamente abandonada por la cultura dominante en la que estamos inmersos.

5. En todo programa hay que encontrar una respuesta articulada a un problema central de doctrina y de praxis pedagógica: la relación entre los afectos y la razón. Vivimos en un contexto donde la afectividad queda cada vez más separada de la racionalidad. ¿Es posible educar para una afectividad razonable y para una razón aleccionada por la  experiencia? Se trata de una pregunta teórica y práctica a la vez. La respuesta clásica y cristiana es la siguiente: Sí, es posible. La realización de una afectividad razonable y de una razón experimentada constituye justamente la  virtud. Estos mismos planteamientos pueden hacerse también desde un discurso acerca de la educación para la libertad: ¿coinciden, o no, libertad y espontaneidad?15 Lo que importa es por lo tanto mostrar cómo una adecuada educación de la afectividad y de la sexualidad abre el camino para la realización humana dentro de aquella síntesis de afección y razón que está exigida por la verdad y por el bien de la persona humana.

6. Cambiar comportamientos sólo es posible por una adhesión libre a razones reconocidas en su fundamento profundo. Estas razones tienen en el adulto un invalorable referente de propuestas, que los chicos y las chicas podrán verificar personalmente durante un periodo de tiempo.

7. Sería necesario que el adulto acompañe a los jóvenes sosteniendo su libertad; que el proceso se desarrolle en un conveniente espacio de tiempo; y, que la actividad de grupo quede integrada por coloquios personales periódicos entre el educador y cada uno de sus alumnos.

8. Una de las afirmaciones más importantes de la visión cristiana del ser humano es que la persona se realiza verdadera y plenamente en el don auténtico de sí misma: no en el “préstamo” de sí misma a los demás, sino en el “don”. Para donarse hay que poseerse, uno no puede dar lo que no tiene. Sólo mediante la libertad puede la persona humana poseerse operativamente a sí misma16. Los programas afectivo-sexuales deben hacer posible que los jóvenes puedan ser educados para la libertad, que jamás se reduce a mera espontaneidad, sino que, más bien, da respuesta a la verdad reconocida de cara al verdadero bien.

9. Ciertamente la educación de la sexualidad se refiere sólo a una dimensión de la persona; pero es precisamente gracias a esta dimensión cómo toda la persona puede liberarse. A través de la educación de la sexualidad la persona toda se educa para el amor, en cuanto se educa para reconocer la verdad de la persona misma; se educa para la veneración y el respeto de la persona del otro. Es esta veneración lo que permite distinguir entre lo que es verdaderamente bueno de lo que es simplemente deseable.

10. La educación sexual debe ser: veraz, conservando el misterio, dada con naturalidad y ¡¡¡ a tiempo!!! .



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