DESCARGAR PDF:  El programa Teen Star para la educación afectivo-sexual
S. Agustín en sus confesiones afirma que el amor es mi peso. Porque como la fuerza de la gravedad es la fuente del movimiento, que nos atrae constantemente.

A la hora de educar a nuestros hijos lo primero que tenemos que pensar es que queremos conseguir, después pensaremos como. El educador debe querer el bien para el educando. Debemos educar para preparar a los hijos para la vida, no para la buena vida, sino para la vida buena. Para reconocer el Bien, la Verdad y la Vida en función de la virtud.

La necesidad de educar en el amor se entiende cuando se conoce su fragilidad. Lo que descubrimos, el ideal que nos mueve, es una unidad singular en la comunión: “una sola carne”. Ahora bien, esta unidad ideal intuida por las personas que se enamoran encuentra distintas dificultades.

La primera dificultad es que los dinamismos activados en los enamorados sonvividos de manera distinta por las  diferentes personas. Dificultad en habérselas con el mundo del afecto, que escapa al dominio directo del hombre, o con el mundo impulsivo que presenta exigencias a la persona, o con la dificultad de vivir en la ley moral que nace de la misma estructura del amor. La fragilidad de todo amor es olvidar la verdad y riqueza de la persona.

Otra dificultad es la percepción del otro como objeto de placer. La sexualidad es fuente de placer intenso, pero este, no es el objetivo último de la misma. El uso de la sexualidad así vivida es ahora una experiencia desgajada del conjunto de
la relación entre personas, y del planteamiento general de una vida.

La tercera dificultad es la de idolatrar el placer sexual tanto como para justificar los errores por el hecho de amar a la otra persona. El hombre lleva dentro de sí la necesidad de amar y tiende a ello, por lo que la vocación al amor, independientemente de las dificultades con las que se encuentre, la tiene de manera originaria. El Amor conyugal es la manifestación más clara de esa vocación. Por tanto, es necesario educar al hijo para que sea capaz de llegar al don de sí, creando una  comunión interpersonal.



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