DESCARGAR PDF: El programa Teen Star para la educación afectivo-sexual

Esta pedagogía del amor tiene lugar de muchos modos. El lugar primero donde se aprende a amar es, por vocación, la familia misma. Allí es donde se aprenden las primeras lecciones de generosidad, de escucha, de paciencia, de  sufrimiento, de atención presurosa por el otro. No es casualidad que la crisis de la afectividad esté estrechamente vinculada a la crisis de la institución familiar. Después, el círculo de amistades, los diversos elementos del tejido social, el ámbito donde las familias se encuentra con otras familias, deberían contribuir a este proceso.

De especial importancia es la ayuda que deben recibir los padres, como primeros educadores, de los colegios, así como la necesidad de una pastoral parroquial familiar donde la educación de la afectividad y sexualidad debe estar presente.

La familia es una institución natural en la que se nace, crece y se muere como persona. Es natural, no es sólo una   institución social o una creación social, si lo fuera ya habría sido sustituida dependiendo de muchos factores, fundamentalmente de índole política. Es la institución que hace posible al hombre desde el nacimiento o mejor desde el momento de la concepción, el disfrute o el ejercicio de algunos derechos esenciales.

De la misma manera que los animales necesitan un hábitat adecuado para desarrollarse plenamente, que variará dependiendo de la especie, el hombre para desarrollar plenamente sus capacidades necesita de la familia, la cual es su hábitat natural.

Por lo tanto es en el seno de la familia donde realmente crecemos como personas para el amor, donde tenemos la primera experiencia de amor y donde realmente se nos puede enseñar a amar, la familia es la verdadera escuela para la educación en el amor y los maestros son los padres, los cónyuges. Después del amor filial, el amor que descubrimos es el que se tienen nuestros padres y esta vivencia será fundamental para el amor conyugal futuro.

descargar PDF: Llamados al amor – Archimadrid

Cuando el pueblo de Israel cuenta los orígenes de la humanidad, reconoce que el amor existía desde el principio. Dios creó al hombre por amor, y lo ha llamado también al amor, que es la vocación fundamental que resuena en el corazón de todo ser humano. Amamos porque hemos conocido el amor. Dios ha querido que necesitáramos el amor para desarrollarnos, y, creándonos a su imagen, nos ha hecho capaces de amar.

“El Señor Dios se dijo: -No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los  animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que le ayudase.
Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: -¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre se  unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro” (Génesis 2,18-25).

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor, no puede vivir solo, sin alguien a quien amar y por quien ser amado.

No encuentra compañía entre todos los animales creados por Dios. Sólo reconoce como “otro yo” al ser que ha sido tomado de su cuerpo. Algo sorprendente se despierta tras el encuentro entre el hombre y la mujer. De ahí arranca el primer canto de la humanidad que aparece en la Sagrada Escritura: “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Génesis 2,23). El yo despierta sorprendido por el tú. Dios saca al hombre de la soledad y le pone en el camino de la vida plena.

En lo más profundo de nosotros estamos marcados por el amor que llega de Dios, nuestro Padre y nuestro Creador. El amor es como un regalo “caído del cielo”, nos sorprende, irrumpe en nuestra vida y nos revela su sentido, nos orienta hacia un destino aún mayor que cualquier deseo que podamos concebir.

El amor de Dios es fiel, inspira confianza, hace crecer. Ver cómo es el amor que Dios nos tiene nos hace desear ese amor. Dios, nuestro Padre, que nos ha creado para el amor, mantiene su llamada.
Nos provoca.

“Y ahora, así dice el Señor, el que te creó, Jacob; el que te formó, Israel: No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre y eres mío. Si atraviesas las aguas, yo estaré contigo; los ríos no te anegarán. Si pasas por el fuego, no te quemarás; la llama no te abrasará. Porque yo soy el Señor, tu Dios; el Santo de Israel, tu salvador. He entregado a Egipto, Etiopía y Saba, como precio de rescate por ti; y es que tú vales mucho para mí, eres valioso y yo te amo” (Is 43,1-4).

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Hijo único” (Juan 3,16). El designio de Dios que comenzó en la Creación y los profetas no dejaron de recordar al pueblo de Israel, se manifestó y se cumplió plenamente en su Hijo Jesucristo. No sólo nos llama al amor; nos da su Espíritu que nos hace capaces de amar como verdaderos hijos suyos.

“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos
creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor  permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4,16-17).

Después de leer y tratar de asimilar estos textos, ¿qué podemos decir de Dios y de su relación con nosotros?

¿Qué podemos decir de nosotros mismos, y de la vida a la que Dios nos llama?

descargar PDF: Llamados al amor – Archimadrid

“Cuando comprendimos que estábamos hecho el uno para el otro, nos declaramos lo que ardía en nuestro corazón: amarnos para siempre. Sin embargo, teníamos muchos interrogantes. ¿Por qué se separan tantos matrimonios? ¿Cómo
podíamos saber si un día no nos ocurriría también a nosotros? En la preparación al matrimonio nos dimos cuenta de la grandeza del sacramento del matrimonio y de cómo el amor conyugal es un reflejo del amor trinitario. Aunque nuestro amor parezca el más bello y el más fuerte de todos, nos damos cuenta de que todo amor, para durar, debe beber en esta fuente divina.

Nos hemos casado como respuesta a la vocación que Dios nos había mostrado. Desde el principio nos había parecido importante no encerrarnos en nosotros mismos, sino procurar permanecer abiertos a los demás. Esta apertura al mundo no quita nada a nuestro amor; al contrario, nos hace ser más delicados el uno con el otro. A pesar de ser jóvenes e inexpertos, Santo Padre, hemos experimentado la gran verdad contenida en su Encíclica Deus caritas est, en la que nos dice que un amor fundado sobre la fe e impregnado de fe, enriquece el eros con el ágape y lo hace cada vez más semejante al amor divino”.

Testimonio de José Manuel Torralba y Myriam García (España), El amor es para siempre, en el V Encuentro Mundial de las Familias, Valencia 2006.