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La familia, imagen de Dios

Vamos a hablar de la familia.
De esposos, de padres e hijos;
de la convivencia, la comunicación, la educación…
De la felicidad que sentimos cuando sabemos que estamos unidos,
y de dificultades, problemas, luchas, logros y fracasos…
Pero lo primero de todo será hablar del amor.
Es el fundamento de la familia.
Sin el amor, no damos un paso.
No nos contentamos con intercambiar ideas y opiniones.
Eso nos ayudaría a saber más, pero saber no es suficiente.
Compartiremos criterios, valoraciones, sentimientos… la vida.
Compartiremos nuestra búsqueda.
Y la fe en Jesucristo,
que nos hace ver la vida con más claridad, y nos da fuerza para afrontarla.
Queremos vivir la familia, como Dios nos ha hecho capaces de vivirla.
Lo sabemos:
¡con Cristo es posible!

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“Todo el que ama ha nacido de Dios” (1 Jn 4, 7)

La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la Humanidad nos ayuda a centrar el tema:

“Nuestro amor nace como respuesta a un amor recibido que nos antecede (cf. 1 Jn 4,10.19), y asumirlo en profundidad nos permite comprender de qué modo somos introducidos en la historia de amor de Dios, que es anterior a nosotros. La mejor forma de prepararse a ser esposo es siendo buen hijo, consciente de ser hijo de Dios” (p. 28).

“La revelación del amor ilumina nuestra vida y nos permite interpretar la diversidad de nuestras experiencias en la medida en que conducen a una vida plena” (p. 21).

“Comprendemos la importancia decisiva de la revelación del plan de amor de Dios que nos hace exclamar: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Se trata de la revelación de un amor capaz de  sanar las heridas de un hombre abatido y sin fuerzas (cf. Lc 10,30); y que lo transforma en lo más profundo al hacerlo hijo de Dios (Jn 1,12; 1 Jn 3,1)” (p. 21).

Llamados al amor – Archimadrid
La vocación al amor es la vocación fundamental de todas las personas; la llevamos inscrita en todo nuestro ser, en nuestro cuerpo y en nuestra alma. El matrimonio es respuesta a esta vocación y se funda en un amor peculiar: el amor conyugal.

El amor conyugal no es un mero impulso que nos arrastra. Nace de la admiración ante la belleza del ser del otro. Se puede decir que el amor es una revelación que recibimos. Actúa como una luz que ilumina toda nuestra vida y hace que nos conozcamos cada vez mejor, una luz que permite interpretar la propia vida en las circunstancias más diversas, una “luz que guía toda la vida hacia la plenitud”.

El amor hace crecer nuestro “yo”, y el amor conyugal con más razón… Nuestro “yo”  se despierta y se encamina hacia la madurez, cuando reconocemos un “tú” que nos sorprende amándonos, descubriéndonos, llamándonos por el nombre, haciéndonos distintos de las demás personas.
El “yo” nace siempre de una relación, pues nadie podrá jamás hacerse a sí mismo. Debo mi origen a otro y para realizarme tengo necesidad de otro.

El amor es además una llamada a la comunión con la otra persona, respetando su total libertad y reconociendo el valor absoluto de su dignidad. La persona amada nos aparece con tal valor, que entendemos que es bueno gastar la vida por ella, vivir para ella.

Como todo amor, el amor conyugal es algo que el hombre descubre en un momento determinado de su vida, no es algo deducible y planificable. El mismo contenido de este amor es una verdadera revelación; nace de la admiración ante la belleza del otro e incluye una llamada a la comunión. Tal llamada implica libertad de ambos y la totalidad de la persona. Por eso mismo, es una aceptación implícita del valor absoluto de la persona humana. La persona amada nos aparece con tal valor, que entendemos que es bueno gastar la vida por ella, vivir para ella. Esta es la revelación básica del amor conyugal.
No se trata entonces de un mero sentimiento, a merced de la inseguridad que engendra la mutabilidad de los estados de ánimo. Tampoco es un simple impulso natural irracional que parecería irrefrenable. Ambas concepciones son ajenas a la libertad humana y, por ello, incapaces de formar una verdadera comunión. Aquí nos encontramos con un amor que es aceptación de una persona en una relación específica cuyo contenido no es arbitrario (Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 60).

En esta revelación del amor, que nos fascina, la luz de la Palabra nos hace ver el amor de Dios que sale a nuestro encuentro, que está de alguna forma presente en el amor que sentimos hacia la otra persona. Nos vemos introducidos en una historia de amor a la que somos invitados personalmente como protagonistas. Dios cuenta con nosotros y con nuestra familia para desvelar y realizar su Misterio de amor.

Este encuentro entre el hombre y la mujer también expresa el anuncio de una nueva búsqueda.
Hombre y mujer no estamos hechos para nosotros mismos, sino que vivimos en la búsqueda de algo más. Queremos algo más que la vida, queremos amar y ser amados para siempre. No hemos recibido el don de la vida para sobrevivir, sino para amar y ser amados, para crecer en ese amor, para ser transformados por ese amor, para ser liberados y encontrar la felicidad. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Génesis 2,24). Será un futuro que llenará nuestras vidas y que ya ahora dirige nuestras acciones para lograr esa plenitud que vislumbramos como una promesa.

El amor nos hace ver en la persona amada –el hombre en la mujer, la mujer en el  hombre- a alguien que, con su presencia, suscita nuevas promesas y horizontes de vida, alguien con quien compartir una vida y un proyecto. La persona amada es una invitación constante a la plenitud que se alcanza formando una comunión de personas. El amor inaugura así un camino en la vida, muy diferente de una mera sucesión de momentos más o menos intensos; camino hacia la plenitud que, sin embargo, sólo se tiene en promesa: se irá recibiendo mientras se avanza guiados por la luz del amor.