por Martha Morales

“El que un adolescente sea casto es absolutamente esencial para su felicidad”, asegura Patrick Fagan, experto en Antropología de la sexualidad. El también afirma que quisiera con cariño gritar a los jóvenes: “No te dejes engañar y pienses que la mayoría de los jóvenes tienen relaciones sexuales. ¡No las tienen! Hay mucho que saber y que pensar antes de acceder a ellas”.

Las relaciones sexuales entre adolescentes son un riesgo para tu cuerpo, para tus emociones y para tu futuro. Es maravilloso que en Estados Unidos crezca cada vez más la abstinencia sexual entre los jóvenes.

Es cierto que hay jóvenes que deciden tener relaciones sexuales; pero eres tú quien tendrá que vivir con las consecuencias de tu decisión. Hay muchas formas de expresar tu cariño sin tener relaciones íntimas. Trata de evitar las situaciones que intensifiquen las emociones sexuales. Es más difícil “frenar” entonces.

Carlos Beltramo dice que los besos y caricias mueven las hormonas. A veces, tú como joven puedes afirmar:

— Las hormonas son imparables.

— Y ¿dónde estuviste?—, te preguntamos.

— En un parque a las 3 a.m… Bueno, estuve desde las 8 p.m. allí con mi novia.

¿Quién eligió? ¿Quién se puso en esa situación? Es normal que haya impulsividad si nos ponemos en la ocasión: un piquito, otro piquito, un tercer besito. Luego “¡Qué cansados estamos! Vamos a sentarnos en el sillón”. Pregúntate: ¿Por qué te metiste en el departamento con ella? Es subirse al caballo y darle con la espuela.

Hay adolescentes que piensan: “Si ella no cede, no me ama”. Al ser un sentimiento, al enamoramiento lo matan fácilmente las experiencias negativas. El verdadero amor crece, aunque haya experiencias difíciles.

Para vivir la pureza (castidad), mantente ocupado (a) con los deportes y con las actividades en grupo.

Algunos adolescentes ven la sexualidad como una actividad de ocio placentera, por eso hay menos densidad en el enamoramiento, menos pretensión de eternidad. La experiencia del enamoramiento es la más plena de las experiencias. No es electiva, es sorpresiva. Yo me sorprendo enamorado.

Si tú y tu pareja no pueden ponerse de acuerdo, entonces quizás es mejor que busques a otra persona que piense igual que tú. Decir “no” puede ser la mejor manera de decir “te amo de verdad”. La castidad no es rechazo ni menosprecio del amor. Significa más bien defender al amor del egoísmo.

Repito: El que un adolescente sea casto es absolutamente esencial para su felicidad. La masturbación y la pornografía hacen que el hombre busque el placer al ritmo de su sexo. Genera placer, sí, pero no entrena para ser feliz. No entrena para amar.

Las personas necesitan crecer en la paciencia. Este es un déficit muy común en la sociedad moderna, pues se alienta la gratificación instantánea desde la infancia. Para cobrar fuerza en la virtud de la paciencia, la persona no debe darse a la impaciencia, pues al hacerlo debilita la virtud y fortalece el defecto.¡Vale la pena crecer en buenos hábitos y esperar!

DESCARGAR PDF: Prevención del embarazo de adolescentes en una escuela secundaria de Chile
En Chile, 15,6% de los niños nacidos vivos entre 1996 y 1998 tenían madres de 15 a 19 años de edad. La tasa de embarazo en ese grupo de edad es de 40 por 1 000, excluidos los abortos ilegales, que no se registran. Durante el crecimiento físico y emocional de la adolescencia, las niñas a menudo se exponen a comportamientos sexuales que conllevan el riesgo de embarazos involuntarios e infecciones de transmisión sexual. Ambos casos se dan con frecuencia creciente tanto en Chile como en otros países. Las adolescentes no tienen acceso a anticonceptivos eficaces e interesa educarlas para que pospongan su experiencia sexual. Con ese fin, se evaluó el programa TeenSTAR, que se centra en la abstinencia, en una escuela pública de enseñanza secundaria para niñas en Santiago, Chile.

El grupo de estudio comprendió a 1 259 jovencitas, que se distribuyeron en tres cohortes de acuerdo con el año (de 1996 a 1998) en que empezaron su educación secundaria. Las alumnas de la cohorte de 1996 no se sometieron a ninguna intervención.

Las de 1997 y 1998 se distribuyeron aleatoriamente en dos grupos, con permiso escrito de los padres. En un grupo se probó el programa Teen- STAR y en el otro (grupo testigo) no se les ofreció instrucción alguna sobre el comportamiento sexual.

El estudio fue prospectivo, con seguimiento de todas las cohortes durante los cuatro años de instrucción secundaria. Las tasas de embarazo de los grupos de intervención y de referencia se registraron y más tarde se contrastaron y se midieron. Se calculó la razón de riesgos (IC95%) de cada grupo.

Las participantes eran jóvenes de raza blanca, pertenecían a familias con ingresos medianos o bajos y tenían de 15 a 16 años de edad. La intervención abarcó a 210 de las 423 alumnas de la cohorte de 1997 y a 328 de las 411 en la cohorte de 1998. El programa hizo hincapié en la importancia de los aspectos biológicos y fisiológicos de la fecundidad y los aspectos psicológicos y personales de la sexualidad. La instrucción se impartió en 14 unidades semanales durante un año escolar. Se presentaron como temas principales las diferencias entre los sexos; los prejuicios sociales al respecto; anatomía y fisiología de los órganos reproductivos; pubertad en ambos sexos; anotación de los períodos de fecundidad de la mujer; dominio de las emociones y del comportamiento; manipulación de la sexualidad en los medios; control y cumplimiento de decisiones; matrimonio y familia; comienzo y valor de la vida humana; métodos de planificación familiar; y embarazo, parto y lactancia.

Cada unidad se compuso de períodos de discusión y lluvia de ideas; instrucción sobre la fecundidad; asignación de deberes; estudio de videos; y cultivo de la capacidad personal por medio de dramatización, actuación y debates en grupo. En la unidad 12 se les enseñaba la teoría de los métodos anticonceptivos, si bien no se recomendaba su uso, ya que el programa abogaba por la abstinencia. Las estudiantes podían participar voluntariamente en sesiones de orientación confidenciales. Se hizo hincapié sobre todo en estimular en cada adolescente el sentido de su propio valor y en promover su capacidad para tomar decisiones basadas en información confiable. Se capacitaron como monitores del programa maestras regulares de distintas materias, tuvieran o no relación con la educación sexual o la biología.

En la cohorte de 1996 (425 alumnas) se registraron 53 embarazos durante el período de seguimiento, con una tasa anual promedio de 3,86%. En el grupo de intervención de la cohorte de 1997 (210 alumnas) hubo 6 embarazos durante el período de seguimiento y 35 en el grupo testigo (213 alumnas); es decir, las tasas fueron 3,3% y 18,9%,  respectivamente (riesgo relativo [RR]: 0,176; intervalo de confianza de 95% [IC95%]: 0,076-0,408). En la cohorte de 1998, hubo 13 embarazos en el grupo de intervención (328 alumnas) y 17 en el grupo testigo (83 alumnas), con tasas de 4,4% y 22,6%, respectivamente (RR: 0,195; IC95%: 0,099–0,384). El programa claramente se mostró eficaz para  prevenir el embarazo no deseado en adolescentes y su influencia se extendió a los cuatro años de instrucción  secundaria.

La colaboración de las maestras que sirvieron de monitoras fue sumamente importante. Como resultado de esa experiencia, a partir de 1999 el programa TeenSTAR se ha incluido como parte del currículo regular de todas las estudiantes de primer año. (Cabezón C, et al. Adolescent pregnancy prevention: an abstinence-centered randomized controlled intervention in a Chilean public high school.
J Adolesc Health 2005;36(1):64–9.)

La clasificación y definición de las emociones suele ser soslayada por la mayoría de los  autores. Y lo es por interminable, algunos la califican de imposible y añaden: toda  clasificación de las emociones será siempre incompleta ya que puede verse desde tantos ángulos tan distintos y ordenarse desde coordenadas en apariencia tan opuestas, que es  una tarea sin fin. Sin embargo, Santo Tomás divide las emociones en dos grupos: el  primero lo denomina el de las emociones «concupiscibles» o «afectivas», y el segundo, el  de las emociones «irascibles» o «anímicas».

Las primeras representan la relación que tenemos con algo en la medida en que es bueno o malo. Las seis emociones afectivas que manifiestan esta relación son: el amor, el odio, el  deseo, la aversión, el gozo y la tristeza.

Atraídos por algo que nos parece bueno, experimentamos el amor, que es la primera y más importante emoción afectiva. Si amamos algo, nos movemos hacia ello con la  esperanza de hacerlo nuestro, con lo que la segunda emoción experimentada es el deseo. Si a través del deseo llegamos a poseer lo que amamos, entonces sentimos el gozo.

Si por el contrario, algo se nos aparece como malo o dañino, lo odiamos o lo despreciamos y, por eso, no tendemos hacia ello con el deseo, sino que más bien nos apartamos con aversión, y si no podemos escapar de lo que aborrecemos, no conoceremos el gozo, sino la tristeza.

Vemos entonces que hay seis emociones afectivas. Cada una constituye una respuesta frente a algo bueno o malo y la emoción que experimentamos depende de si lo que está ante nosotros es amable u horrible, y cómo es nuestra posición ante ello. Si es bueno, lo amamos, y en consecuencia lo deseamos.

Si es nefasto, lo despreciamos y nos apartamos con aversión. Si nos afecta lo que amamos, encontramos la alegría, pero si no escapamos del mal experimentamos la tristeza. Está  claro que estas emociones están agrupadas en tres pares. El amor es contrario al odio, el  deseo a la aversión y el gozo a la tristeza.

El amor es lo primero porque sólo empezamos a actuar después de ser atraídos por algún bien y sentir una afinidad con ello; sin embargo, el odio es la reacción a un mal  reconocido, especialmente si supone una amenaza para nuestro bien. En segundo lugar, existe el deseo que es la emoción por la que nos movemos a hacer lo que amamos; la  aversión es lo que sentimos ante algo malo. Finalmente, cuando poseemos lo que amamos y satisface nuestro deseo, la emoción que experimentamos es el gozo; pero la tristeza nos abruma si en vez de unirnos a nuestro  bien, nos vemos envueltos en el mal. Así pues, nos acercamos a lo que amamos y nos alejamos de lo que tememos o despreciamos. Odiamos  lo que amenaza a nuestro bien y, por ello, intentamos evitarlo.

Si llegamos al bien, gozamos, pero si prevalece el mal, sentimos tristeza. Cada una de las  emociones afectivas representa nuestra posición en relación a lo que amamos.

Esta descripción nos recuerda la importancia de una formación apropiada para nuestro crecimiento interior.

La integridad interior requiere que aprendamos a amar lo que es realmente bueno y a odiar el verdadero mal, y hacer ambas cosas con entusiasmo.

Las personas con una conciencia bien formada sienten fervor para lo realmente bueno; del mismo modo que aborrecen con fuerza el mal y la falsedad. Su proceder no es insulso, sino inspirado. No hacen el bien por un sentido del deber ni por temor, sino porque realmente aman el bien de la misma manera que evitan el mal porque lo desprecian.

Con un amor auténtico sólo podemos ser buenos cuando hacemos el bien por amor al bien mismo. Crecer en bondad requiere aprender a amar lo bueno y odiar lo malo, dado que  existen cosas que deberían atraernos y otras que nos deberían repeler. Algunas cosas  deben ser siempre motivo de escándalo para nosotros, algo que nunca consideraremos admisible porque nos horroriza: es el caso de la crueldad, del abuso, de la explotación y de la traición, ya que, si empezamos a considerarlas como posibles, paulatinamente iremos perdiendo el aborrecimiento a lo que nos separa del buen camino.

La visión de la vida como un movimiento hacia lo bueno y un alejamiento del mal parece  bastante sencilla; en verdad, demasiado sencilla porque la vida raramente es lo bastante tranquila como para permitirnos alcanzar nuestro bien cuando lo descubrimos.

Son muy numerosos los estorbos que impiden nuestro progreso hacia el bien. Hay muchas cosas dentro y fuera de nosotros que frustran nuestro amor; hay muchos elementos que operan contra nosotros, ya sea a causa de nuestra propia debilidad, o de tener el corazón dividido que van minando la creencia de que realmente podemos conseguir lo que  amamos.

Pero por eso, Santo Tomás nos dice que necesitamos un segundo grupo de emociones, las “irascibles” o “anímicas”, que nos ayudan cuando encontramos dificultades en la  búsqueda del bien y nos resulta difícil evitar el mal. Hay períodos de extrema dureza en nuestras vidas en los que necesitamos encontrar la fortaleza para continuar. Es entonces precisamente cuando entran en juego las emociones irascibles.

Como sugi e re el t é rmi no “anímico”, empiezan a actuar cuando estamos desanimados, ya sea por un disgusto extremo o simplemente por estar cansados de nuestro deseo de ser buenos.

Hay, pues, cinco emociones irascibles que son: la esperanza, la desesperación, el temor, la audacia y la ira.

Estas emociones describen nuestra relación con el bien cuando su adquisición resulta  compleja, o cuando parece imposible evitar el mal.

Si deseamos algo difícil de conseguir, surge la emoción de la esperanza; sin embargo,  sentimos desesperación cuando la dificultad parece insuperable. Experimentamos temor  ante el mal que nos acecha; pero surge la audacia para hacerle frente. La última emoción  irascible es la ira, que brota cuando vemos amenazado el bien que queremos.

Sin embargo, las emociones más irascibles están subordinadas a las afectivas, porque  cobran sentido cuando la adversidad o el desaliento hacen peligrar nuestra búsqueda del  bien. Si nuestro amor al bien no estuviera amenazado, las emociones irascibles permanecerían dormidas; existe, pues, en consideración a las emociones afectivas; están  para servir a nuestro bien y nos ayudan a conseguirlo en circunstancias difíciles. Por  ejemplo, cuando aparecen el desánimo y la tentación, la emoción irascible de la esperanza surge para fortalecernos y hacernos continuar en la búsqueda; cuando es difícil buscar lo que amamos porque muchas cosas se nos oponen, aparece la emoción de la audacia que  nos hace capaces de resistir y encontrar los recursos para seguir adelante; cuando algo  que esperábamos evitar nos cerca y amenaza nuestro bien, sentimos la emoción  de la ira.

Así pues, como nos indica la explicación de Santo Tomás de Aquino, tenemos las  emociones irascibles sólo porque existen las afectivas, dado que la esperanza, la audacia y la ira son necesarias para conseguir el bien amado, ya que, si hay algo que deseamos, también hay cosas que tememos y otras que nos tientan con la desesperación. Las  emociones irascibles toman su sentido de las afectivas porque sin amor no existiría  ninguna razón para esperar, tener audacia o enojarse. El cometido de las emociones  irascibles es salvaguardar el bien amado.

Eliminado el objeto de nuestro amor, queda eliminada la razón de la esperanza, de la  audacia y también del temor o de la desesperación. Sin un amor en el centro de la vida, la esperanza no tiene sentido, ya que no sabemos qué esperar o qué hemos de evitar como causa de desesperación; la audacia tampoco tiene sentido porque no hay razón para aguantar. Las emociones irascibles no tienen razón de ser sin las emociones afectivas.

Santo Tomás precisa: “Las pasiones irascibles están a medio camino entre las pasiones  concupiscibles, que implican un movimiento hacia el bien o el mal, y las que implican un descanso en uno u otro. Y así se muestra que las pasiones irascibles tienen su principio y  su fin en las concupiscibles”.