descargar PDF: Llamados al amor – Archimadrid

La carta pastoral de nuestro arzobispo La familia: vida y esperanza para la Humanidad nos ayuda a centrar el tema:

“El eje central de cualquier pastoral familiar no consiste en una sucesión de actuaciones, ni en una adecuada interrelación entre las mismas, sino en comprender realmente el plan de Dios sobre cada hombre, un plan que afecta a la historia de amor personal que cada uno ha de saber construir. En definitiva, toda pastoral familiar debe orientarse a descubrir y realizar la vocación al amor de todo hombre y de toda mujer” (p. 20).

Sabemos que Dios nos ha creado por amor y para el amor. Dios nos llama siempre al amor y espera nuestra respuesta: la historia de amor que cada uno de nosotros tenemos que escribir. Comenzó con la llamada de Dios y vamos desarrollándola a lo largo de nuestra existencia. En ello –nunca mejor dicho- nos va la vida. El itinerario fundamental, que recorremos a lo largo de esa historia, se esconde en el ser hijos para poder ser esposos y llegar a ser padres. Ahí  descubrimos el sentido de nuestra vida, que podemos acoger… o frustrar.

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El amor va guiando el desarrollo de nuestra vida, va construyendo nuestro hogar: primero el amor que es propio de hijos y hermanos, luego la amistad, el enamoramiento, y, sobre todo, el amor adulto y maduro de esposos y padres…

Hay un momento en que nos damos más cuenta de lo que verdaderamente queremos en la vida. No nos basta saber que vivimos; necesitamos sobre todo saber para qué vivimos. Se nos impone con fuerza la pregunta: ¿quién quiero ser? La respuesta se nos va aclarando mientras avanzamos en el amor. En nuestro crecimiento personal hacia la madurez y la vida plena, el amor es fuerza que impulsa, ánimo que sostiene, meta que atrae. Es luz que nos guía. El amor se nos revela en la relación con otras personas.

El amor conyugal es, sin duda, expresión sublime del amor humano. En la vocación al amor conyugal se necesita una “ayuda adecuada”; es imprescindible que exista un(a) co-protagonista especial en nuestra vida, a quien “reconozcamos” y que haga posible una tarea común incomparable: construir un hogar.

Nos convertimos en protagonistas porque hemos conocido el amor y hemos creído en él (1 Jn 4, 16). En nuestra historia, ese amor más decisivo siempre tiene un nombre, un rostro, por el que merece la pena entregar la vida. Todo amor verdaderamente humano requiere un nombre para conservar su dignidad.

Si somos capaces de dar un nombre personal a nuestro amor, nos resultará posible  escribir nuestra historia; habrá una persona con quien buscar una vida en comunión, habrá un camino que recorrer hacia esa comunión de personas, y no quedaremos a merced de las circunstancias y de la volubilidad de los estados de ánimo.

No debemos engañarnos y llamar amor verdadero a lo que no es más que una atracción superficial. Es fácil quedarse con lo que más nos gusta, confeccionar un amor a la carta, que no nos  exija demasiado. Pero resultará pasajero, puramente sentimental, y no nos hará felices.

Quien confunde el amor con un mero sentimiento o con un impulso irrefrenable de la pasión, es que no ha descubierto aún a la persona a la que entregarse, en entera libertad, para un amor fecundo. En realidad, está aún inmerso en una angustiosa soledad. Ni ha conocido el amor ni ha creído en él. Hoy son muchos los que, confundidos, llaman amor a lo que no lo es y se  incapacitan para salir de la soledad. Decir: “Te amo, porque te necesito”, es muy distinto de decir: “Te necesito, porque te amo”.

Recordemos cada uno a personas concretas a las que amamos, sobre todo de nuestra  familia.
Mi amor hacia ellos, ¿cómo ha enriquecido mi vida? (Si no las amara, ¿sería yo la misma persona?) El amor que me tienen, ¿cómo me ha hecho crecer? El testimonio de amor de matrimonios que conozco, ¿me estimula y ayuda?